Cuando Isabel muere debido a una enfermedad, su alma se transporta al mundo de la última novela que leyó: "La Duquesa Libertina". Ahora, con una segunda oportunidad, Isabel decide tomar control de su destino y cambiar el curso de la historia. Pero lo que no esperaba era que sus padres la obligaran a casarse con un duque sanguinario, misterioso y posesivo. Sin embargo, ella tratará de hacer la suya y no molestarlo, pero él desea otra cosa...
¿Podrá Isabel equilibrar su deseo de libertad con la pasión que la consume?
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Capitulo 12
Totalmente nerviosa, ella se recuesta en la cama a su lado, tiesa.
Le había gustado provocar a ambos hombres, pero ahora en la práctica y sola en la cama de Cedric estaba sumamente asustada, no sabía que esperar de él, no sabía si sería rudo o suave con ella. Después de todo no se habían casado por amor o algo así.
Cedric la veía de reojo, había notado los nervios de la chica apenas entraron al cuarto, no quería molestarla mucho, sólo vengarse por lo que ella le había hecho hacía un rato junto al otro chico.
Aún no podía creer que fuera la misma jóven.
Sonrió, se iba a divertir molestándola un rato.
—¡De acuerdo, ya estoy lista! – exclamó de repente Isabel firme, sentada frente a él, totalmente desnuda.
Él no se había dado cuenta de eso pensando en las formas en que iba a molestarla, ¿En qué momento se sentó frente a él?, era rápida sin duda.
—¿Lista para qué? Si se puede saber – preguntó él con voz sutilmente sarcástica y una ceja levantada.
Necesitaba ocultar un poco la gran excitación que la joven le había causado, apenas sí se podía contener.
—Lista para entregarme a usted, Duque... – respondió ella con el rostro completamente rojo, mirando a su miembro.
Cedric se quedó de piedra, su amigo se hizo presente súper emocionado, tanto, que Isabel abrió enormes los ojos por la sorpresa.
Isabel pensaba muy seriamente sí todo eso cabría en su boca, sabía que no era algo muy propio de la época, pero en su vida pasada había leído mucho acerca de la felación y ahora que tenía la oportunidad quería probarlo.
Sin pensarlo mucho, movió su cabello para atrás y se inclinó para meterlo en su boca.
Cedric reaccionó por fin en ese momento.
La tomó de ambas muñecas, colocándolas a los lados de su cabeza contra la cama, quedando él encima de ella.
Ella sentía como su miembro rozaba por debajo de su ombligo, totalmente duro. Jadeó.
Él estando ahora encima de ella aprovechó de repasar su cuerpo con descaro, sus ojos se detuvieron en sus rosados y apetecibles pezones, los cuales ya estaban endurecidos por la excitación.
Subió los ojos a su rostro, ella lo miraba con los ojos entrecerrados, con la cabeza echada ligeramente hacia atrás y mordiendo suavemente sus labios. Parecía una escena sacada de sus más sucias fantasías.
Sin pensarlo dos veces, se echó sobre ella, apretando su cuerpo contra el suyo, devorando sus labios con gran deleite.
Cedric sostuvo sus dos muñecas con una sola mano sobre su cabeza, mientras que con la otra la hizo recorrer su cuerpo.
Bajo con la lengua por su delicado cuello, tomó un seno y lo degustó con gran placer mientras ella jadeaba eufórica.
Bajo más y más, liberando sus manos. Llegó a su centro de placer, lo toqueteo, jugando con él.
Ella arqueo la espalda y cerró las piernas por instinto, pero él las mantuvo abiertas.
—Ábrete para mí – pidió él con voz extremadamente ronca.
No sé lo tuvo que decir dos veces, pues de sólo escucharlo, sus piernas se abrieron por sí solas.
Él pasó la lengua, provocando espasmos en ella.
De repente usó un dedo, con mucha gentileza al comienzo, dejándola adaptarse a la intrusión y nuevas sensaciones, las cuales ella disfrutó como loca.
—Muévelo, muévelo más – pedía ella entre jadeos
Él como respuesta comenzó a entrar y salir con el dedo, cada vez aumentando más y más la velocidad.
—¿Te habría gustado que el jóven Tristan estuviera acá con nosotros? – preguntó de pronto Cedric, mirándola atentamente, aún en ella.
Isabel no lo pensó mucho, y debido al éxtasis del momento, respondió lo que realmente pensaba.
—Los quiero a los dos para mí – dijo ella arqueandose más – pero me encanta lo que mí esposo me hace.
A Cedric le gustó la respuesta, al menos la segunda parte.
Justo cuando ella se estaba por venir, él sacó el dedo y se alejó de ella.
—¡No, ahora no! – exclamó sintiéndose vacía.
—Eso es exactamente lo mismo que me hiciste sentir allá afuera – comentó Cedric con media sonrisa de triunfo y totalmente duro.
—No lo dirás en serio – advirtió ella molesta y sintiéndose defraudada.
—Completamente en serio – respondió ahora más serio – si no te gusta, dile a Tristan que te ayude.
—¿Y sí lo hago? – amenazó ella envalentonada.
A Cedric se le oscureció la mirada. Sus ojos rojos se hicieron aún más intensos.
—Si te vuelve a tocar, le corto los dedos – advirtió furioso – nunca jamás fuera de mi presencia.
Luego de decir aquello, salió como vendaval del cuarto, necesitaba calmar a su amigo y no le quedaría de otra que hacerlo por sí mismo.
Isabel no podía creer lo que había dicho y todo lo que acababa de suceder. Tenía un mundo de sentimientos y sensaciones nuevas. Estaba entre contenta y enojada.
Meditó todo lo que había sucedido hasta quedarse totalmente dormida.
A la mañana siguiente, Isabel se despertó completamente sola en la habitación, y totalmente desnuda.
De sólo recordar lo que había sucedido, su pelo se erizaba, estaba furiosa con Cedric por como la había dejado.
—Buenos días mí señora – saludó una jóven sirvienta, entrando al cuarto. Estaba acompañada por otra más de gesto agrio, ni siquiera saludó al entrar.
—Buenos días – saludó Isabel con una sonrisa, cubriendo su cuerpo desnudo con las sábanas.
—Acá le hemos traído varias prendas para ponerse el día de hoy – explicó la jóven – ¿desea que la ayudemos a vestirse señora?
—Estaria muy bien, gracias... – la miró, dándose cuenta que no le había preguntado el nombre.
—Me presentó, me llamo Dalia y voy a ser su sirvienta personal – se presentó con una enorme sonrisa y mucha gentileza.
—Te agradezco mucho Dalia – sonrió Isabel, mirando a la otra jóven que la miraba con desagrado.
—Soy Yanina – dijo simplemente, mirando hacía otro lado – dese prisa en alistarse señorita que tengo otros asuntos que atender – la apuró con mala gana.
Dalia miró hacía otro lado, avergonzada por la actitud de su compañera.
Isabel abrió grande los ojos por la sorpresa, se acercó dos pasos más hacía Yanina, ya dentro de su espacio personal y con una sonrisa de suficiencia le respondió.
—Cuando te dirijas a mí, lo harás con respeto, yo soy tu señora, la señora de esta casa y de estas tierras – exclamó Isabel agachándose hasta su altura, mirándola fijamente a los ojos – o ¿acaso también le hablas así a mí esposo ?, tal vez deba decirle a Cedric que se necesita cambio de sirvienta – rió con burla Isabel.
Notaba la cara de sorpresa de la jóven.
—El señor Cedric no me echará – advirtió con soberbia la muchacha – mis padres le servían a sus padres, prácticamente somos familia.
—¡Cuánta confianza! – rio aún más fuerte Isabel – ¿ahora lo llamas por su nombre?.
Las cosas se iban saliendo cada vez más de control, y ninguna de las dos quería bajar las armas. Y cómo si fuera poco, Isabel aún estaba completamente desnuda, parada frente a la muchacha, discutiendo.
De repente la puerta se abrió y un Cedric muy cansado entró.
—¿Qué demonios está sucediendo aquí? – preguntó, viendo la situación.