Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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09
Natalie volvió a Valthoria antes de que amaneciera.
No por orgullo ni por imprudencia, sino porque el miedo siempre llegaba primero a los lugares que creían estar a salvo. Y Valthoria, envuelta en su falsa calma diplomática, olía a miedo contenido.
Entró con un nombre prestado y un rostro apenas distinto: el cabello recogido de otro modo, una cicatriz falsa trazada con alquimia barata, la postura ligeramente encorvada de quien no espera ser mirado. Nadie presta atención a lo que no desafía.
Desde dentro, el palacio era distinto. Más estrecho. Más vigilado. Como si sus muros hubieran aprendido a desconfiar de sí mismos.
Natalie no fue a los salones nobles ni a las galerías abiertas. Descendió. Siempre abajo era donde se acumulaban las verdades: cocinas, almacenes, corredores de servicio donde las palabras se decían sin pulir.
El rumor ya estaba allí.
—Dicen que alguien entró en los aposentos de Lady Anya.
—Dicen que fue un espía de Ylirion.
—Dicen que no se llevaron nada.
Natalie escuchó sin intervenir, contando mentalmente los errores en cada frase. Anya estaba controlando la narrativa, pero demasiado rápido. Eso siempre dejaba grietas.
Se detuvo en la antesala del archivo menor, fingiendo revisar un inventario. Desde allí podía ver la puerta del despacho de Anya, cerrada, con dos guardias nuevos. No eran los habituales. Demasiado atentos. Demasiado nerviosos.
Algo había cambiado.
Natalie se movió cuando la campana de la tercera hora sonó. El cambio de turno siempre traía confusión: nombres mal pronunciados, órdenes repetidas, miradas que se cruzaban sin entenderse.
Fue entonces cuando dejó caer la primera ficha.
Un sobre sellado, deslizado en manos correctas. No a un noble. No a un capitán. A un escribiente secundario con deudas y una amante escondida. El mensaje era simple, casi banal:
El cuaderno no estaba completo.
Nada más.
No necesitaba explicar a quién se refería. En palacio, todos sabían qué cuaderno no debía existir.
Natalie se retiró antes de ver el efecto, pero lo sintió igual. Como una vibración leve bajo los pies. El tipo de tensión que no explota, pero se filtra.
Esa noche, provocó el segundo movimiento.
Esta vez fue más arriesgado.
Entró en la capilla lateral durante la oración nocturna. No para rezar, sino para ser vista. Lo justo. Una silueta equivocada en el reflejo de un candelabro. Un murmullo en un idioma que no se usaba allí.
—For idhra—
Se interrumpió a propósito.
Dos cabezas se giraron. Un suspiro. Un gesto de la mano demasiado rápido para ser casual.
Perfecto.
Natalie se retiró antes de que nadie pudiera identificarla, pero dejó atrás algo peor que una prueba: una duda compartida.
Al amanecer, el palacio ya no susurraba. Murmuraba.
Lady Anya convocó a tres consejeros. Luego a cinco. Luego cerró puertas que nunca cerraba. Ordenó registros discretos. Cambió rutas de mensajeros. Preguntó por nombres que no figuraban en ningún informe reciente.
Natalie observaba desde la distancia, contando.
Uno.
Dos.
Tres errores.
El cuarto llegó solo.
Anya mandó traer a Sonya.
Natalie lo supo antes de oírlo. Lo sintió en el estómago, como se sienten las decisiones irreversibles. Sonya era la criada. La insignificante. La invisible. Y, precisamente por eso, la más peligrosa de perder.
Anya no gritó. No golpeó. No amenazó.
Preguntó.
Eso era peor.
Natalie se deslizó por los corredores mientras el interrogatorio tenía lugar. No podía oír las palabras, pero conocía el ritmo. La pausa larga. La repetición. El silencio calculado.
Cuando Sonya salió, lo hizo con los ojos bajos y las manos limpias. Demasiado limpias.
Esa misma noche, Natalie actuó.
No rescató a Sonya. No todavía. Eso habría sido demasiado evidente. En lugar de eso, dejó que Anya creyera que la presión había funcionado.
El mensaje llegó al despacho de la noble al amanecer, cuidadosamente doblado, sin sello:
Confiaste en la persona equivocada.
Anya leyó la nota tres veces.
Natalie lo supo porque la cuarta reacción fue el error definitivo: Anya ordenó mover a su hijo. Cambiar de escondite. Acelerar.
Desesperación.
Natalie cerró los ojos un instante, apoyada contra una columna fría.
Ahí estaba.
La acción desesperada que Raoul había pedido. El movimiento visible. El hilo del que tirar.
Ahora ya no era solo una ladrona ni una espía.
Era la tormenta que obligaba al enemigo a mostrar el refugio.
Y esta vez, cuando cayera, no lo haría en silencio.
La cacería no empezó con gritos ni con órdenes.
Empezó con ausencias.
Natalie lo notó al amanecer, cuando regresó a los niveles bajos del palacio usando las rutas que ya no figuraban en los planos. El pasillo junto a la sala de calderas olía distinto. No a carbón ni a humedad, sino a jabón fuerte. Alguien había limpiado sangre. Poca, pero reciente.
Se detuvo antes de cruzar la esquina.
Escuchó pasos. Dos. Ritmo de guardia entrenado, no de ronda habitual. Esperó a que pasaran, contó hasta cinco, y siguió avanzando.
El escribiente joven que solía copiar informes para Lady Anya no estaba en su puesto. El banco de madera seguía caliente, como si hubiera sido levantado de allí hacía minutos. Sobre la mesa, un tintero volcado, mal limpiado. Nadie ordenado dejaba un tintero así.
Natalie no preguntó. Preguntar era morir.
Siguió descendiendo, hacia la zona donde los criados comían cuando nadie los miraba. Allí encontró el segundo indicio: una bandeja intacta, pan duro y sopa fría. Nadie había tocado nada. No por disciplina. Por miedo.
Se sentó un instante, apoyando los antebrazos en la mesa. Cerró los ojos y respiró hondo. Anya no estaba buscando una ladrona. Estaba barriendo el palacio. Quitando piezas sueltas. Ecos.
—Ya vas tarde —murmuró para sí misma.
Se levantó y cambió de plan.
La cocinera vieja, Marwen, siempre llegaba antes del alba. Demasiado vieja para conspirar, demasiado invisible para ser sospechosa. Natalie la encontró donde esperaba: junto al horno apagado, removiendo una olla que no hervía.
—Han empezado —dijo Natalie sin preámbulos.
Marwen no se sobresaltó. Eso fue lo peor.
—Se han llevado a dos —respondió, sin mirarla—. Un paje y una costurera. No gritaban. Eso es lo que más miedo da.
—¿Quién dio la orden?
La mujer dudó.
—No vino de la capitana. Ni del consejo. Vino… de arriba.
Natalie cerró los dedos con lentitud.
Lady Anya había dejado de esconderse.
Se alejó antes de que la vieran hablar demasiado. Cada paso ahora tenía peso. Cada rostro era un riesgo. El palacio ya no era un tablero neutral: era territorio hostil.
En el tercer nivel, cerca de los archivos menores, escuchó el golpe seco. Un cuerpo contra la pared. Un susurro ahogado. Natalie se deslizó entre las columnas y miró.
Era el mensajero del ala norte. El que llevaba notas sin saber leerlas.
Dos hombres lo sostenían. No guardias reales. Demasiado silenciosos. Demasiado eficaces.
—Dinos a quién viste —decía uno—. Solo eso.
El chico negaba con la cabeza, los ojos desorbitados.
Natalie no tenía tiempo para pensar. Actuó.
Una piedra pequeña, lanzada con precisión, golpeó la lámpara del pasillo. Oscuridad. Un grito de sorpresa. Natalie se movió rápido, golpe corto a la garganta del más cercano, rodilla al segundo. No mató. No era el momento.
Agarró al mensajero y lo arrastró a un hueco entre muros.
—Escúchame —susurró—. Vete ahora. No mires atrás. Di que no viste nada. Di que estabas borracho. Y si alguien pregunta por mí, no existo.
El chico asintió frenéticamente y corrió.
Natalie se quedó sola, el pulso acelerado.
Ya no era una investigación. Era una caza abierta. Y ella era el animal más peligroso del palacio.
Subió hasta un balcón alto desde el que se veía el ala privada de Lady Anya. Antorchas encendidas a plena luz del día. Guardias nuevos. Demasiados.
—Has cometido un error —pensó Natalie—. Has tenido miedo.
Y el miedo, en personas como Anya, siempre llevaba a la misma cosa: exceso.
Sacó del interior de su abrigo la copia parcial del diario. Lo hojeó con rapidez. Nombres marcados. Pagos incompletos. Bastaba un empujón.
Si Anya estaba limpiando el palacio, era porque creía que el veneno seguía funcionando. Que aún tenía tiempo.
Natalie sonrió, sin humor.
—Entonces te voy a quitar el tiempo.
Guardó el cuaderno y se giró.
Tenía que provocar un movimiento. Uno visible. Uno imposible de ignorar.
Y para eso, iba a usar lo único que Anya no había previsto:
que Natalie no pensaba sobrevivir intacta.
La nota no llevaba sello.
Eso fue lo primero que le heló la sangre.
Natalie la encontró doblada con cuidado sobre la mesa de piedra del pasillo sur, justo donde debía recoger el pan para los establos. Nadie dejaba mensajes allí. Nadie, salvo alguien que sabía exactamente por dónde se movía.
No la tocó de inmediato. Observó alrededor. Ningún ruido. Ninguna sombra fuera de lugar. Tomó la nota entre dos dedos y la leyó sin mover los labios.
Sabemos quién eres.
Sabemos a quién proteges.
Esta noche, ven sola.
Abajo, una marca trazada en tinta gris: un círculo incompleto atravesado por una línea. No era un símbolo de Valthoria. Era más antiguo. Ylirion.
El primer golpe no fue una emboscada. Fue algo peor: una elección forzada.
Natalie dobló la nota y la quemó en la llama de una antorcha. Observó cómo el papel se consumía hasta no ser nada. Luego respiró hondo y siguió caminando como si nada hubiera ocurrido.
No podía avisar a nadie. No sin confirmar a quién se refería Anya con a quién proteges.
Lo supo una hora después.
El cuerpo estaba en el patio de los naranjos.
No cubierto. No oculto. Colocado.
Era Marwen.
La vieja cocinera yacía sentada contra la fuente seca, los ojos abiertos, las manos cruzadas sobre el regazo. No había sangre. No había señales visibles de lucha. Solo una pequeña mancha violácea en el cuello, del tamaño de una uña.
Veneno. Rápido. Limpio.
Natalie se detuvo a tres pasos. No se arrodilló. No tocó el cuerpo. Aprendió hacía tiempo que el dolor mal medido te delataba.
En la piedra, junto a Marwen, alguien había dejado un objeto: un anillo de cobre, deformado por el uso. Natalie lo reconoció al instante. Lo había visto cientos de veces girar entre los dedos nudosos de la mujer cuando pensaba.
Sabemos a quién proteges.
El mensaje era claro.
—Cobarde —murmuró Natalie, sin saber si hablaba de Anya o de sí misma.
Al levantarse, sintió algo distinto. No miedo. Precisión.
Esa noche, el palacio se llenó de rumores. Una cocinera muerta. Un castigo ejemplar por robar especias, decían. Por hablar más de la cuenta, decían otros. Anya no negó nada. No confirmó nada. Eso también era un golpe.
Natalie llegó al punto indicado cuando la luna estaba alta.
La antigua galería de tapices, cerrada desde hacía años. Entró sola, como le habían ordenado.
No hubo sorpresa. Anya estaba allí, sentada con una calma impecable. Vestida de negro. A su espalda, dos figuras inmóviles.
—Has tardado —dijo Lady Anya—. Creí que huirías.
—Nunca huyo cuando me dejan un rastro —respondió Natalie.
Anya sonrió con una cortesía casi afectuosa.
—Maté a esa mujer para ver si eras sentimental o estratégica.
Natalie no apartó la mirada.
—¿Y qué has decidido?
—Que eres ambas cosas. Eso te hace peligrosa… y predecible.
Anya se levantó y dio un paso hacia ella.
—Te propongo un trato, Natalie de Ylirion. Deja lo que has tomado. Desaparece. Yo haré que el rey muera sin dolor y que la guerra no estalle.
Natalie sintió el impulso de atacar. Lo contuvo.
—Ya has cruzado demasiadas líneas —dijo—. Y has cometido tu error.
—¿Ah, sí?
Natalie dio un paso atrás. Sonrió, por primera vez de verdad.
—Me has matado a alguien que no debía morir. Eso ya no es política. Es personal.
Durante un instante, el aire se tensó como una cuerda a punto de romperse.
Anya alzó la mano.
—Entonces termina esto.
Las dos figuras avanzaron.
Y Natalie comprendió que el juego había cambiado:
ya no se trataba de desenmascarar a Anya, sino de sobrevivir lo suficiente para verla caer.