En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 16
El rugido del ferry de alta velocidad que cruzaba el Delta del Río de las Perlas era un eco sordo en la cabeza de Shu Yan. Macao se alzaba ante ellos no como un refugio, sino como una alucinación de neón y codicia. Si Shanghái era el corazón financiero de la oscuridad, Macao era su patio de recreo, un lugar donde el dinero se lavaba con la misma facilidad con la que se derramaba la sangre en los callejones traseros de los grandes casinos.
Qi conducía una furgoneta destartalada por las estrechas calles de la península, esquivando hordas de turistas que buscaban su fortuna en el Grand Lisboa. Yan, sentada en el asiento del copiloto, sentía un vacío punzante en el pecho. No era solo el trauma del escape de Suzhou o el incendio de la mansión; era el vínculo. La marca de la luna negra en su muñeca palpitaba con un frío rítmico, una señal de que Zixuan estaba vivo, pero también de que estaba sufriendo.
—Deja de tocarte eso —dijo Qi, su voz cortante como un bisturí. No apartaba la vista del tráfico—. Sé que lo sientes. Sé que esa cosa te reclama. Pero aquí, en Macao, el ruido de la ciudad te ayudará a ahogarlo.
—No es tan fácil, Qi —respondió Yan, bajando la manga de su chaqueta para cubrirse la marca—. No es algo que pueda apagar con voluntad. Es como tener un cable de alta tensión conectado directamente a mi sistema nervioso. ¿Cómo estás vivo? Realmente... ¿cómo sobreviviste a ese accidente?
Qi apretó el volante hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Un semáforo en rojo proyectó una luz carmesí sobre su rostro, resaltando la cicatriz que le cruzaba la sien.
—Los cazadores me encontraron antes que el agua me llenara los pulmones. Un grupo llamado "El Círculo de Ceniza". Me sacaron del río, me reconstruyeron y me enseñaron que nuestro padre no era más que un peón en un tablero que no podíamos ver. Me dieron un propósito, Yan. La venganza no es un sentimiento para nosotros, es una disciplina.
—Estás usando los mismos métodos que ellos —replicó Yan, recordando la explosión en la mansión—. Había gente inocente allí. Criadas que no tenían elección, humanos que solo buscaban un sueldo...
—En una guerra contra demonios, no hay espectadores, solo víctimas o cómplices —sentenció Qi mientras giraba hacia un almacén abandonado cerca de los muelles de carga de Cotai—. Prepárate. Esta noche, los Li y los Si tienen una cumbre en el Casino Lótus Vermelho. Van a intentar negociar un armisticio por la pérdida de los suministros en el puerto.
—¿Y qué pintamos nosotros en un casino privado? —preguntó Yan, sintiendo una punzada de miedo.
—Tú vas a hacer lo que mejor sabes hacer: entrar en su red. El Lótus Vermelho no es un casino cualquiera; es el centro neurálgico de las comunicaciones de la mafia Wang en el sur. Si logras infectar su servidor principal, tendremos los nombres de todos los políticos que los Li han comprado en la última década. Y mientras tú hackeas, yo me encargaré de que la reunión termine en un funeral masivo.
La base de los cazadores era un espacio frío, lleno de monitores, armas de precisión y un olor penetrante a ozono y pólvora. No había calidez en el reencuentro. Qi la trataba como a una recluta, no como a su hermana pequeña. Yan se sentía más sola que nunca, atrapada entre un hermano que se había convertido en un arma y un amante-monstruo que la veía como una posesión.
Horas más tarde, Yan se encontraba frente a una terminal en la sala de mantenimiento del Casino Lótus Vermelho. Vestía un uniforme de técnica de sistemas, el pelo recogido y gafas de pasta. El ruido del casino —el tintineo de las fichas, las risas histéricas de los ganadores y el murmullo constante de la música lounge— se filtraba por las rejillas de ventilación.
—Estoy dentro del nodo secundario —susurró Yan por el intercomunicador—. Qi, la seguridad aquí es de grado militar. No es solo software; hay sensores biométricos que detectan el pulso cardíaco. Si alguien entra en la sala de juntas y no tiene el patrón registrado, los sistemas de defensa se activan.
—Anúlalos, Yan —la voz de Qi sonaba tranquila, letal—. Tengo a tres hombres en posición en los conductos. Solo necesitamos diez segundos de oscuridad.
—Dame un momento... estoy saltando el firewall de la familia Wang. ¡Espera! Hay algo raro... hay una firma de datos que reconozco.
Yan sintió un escalofrío. En la pantalla, un flujo de datos encriptados mostraba una dirección de origen: la Torre Li en Shanghái. Zixuan estaba monitoreando la reunión de forma remota, o algo peor.
—Qi, Zixuan está aquí. O al menos su equipo de seguridad activa está conectado. Esto es una trampa.
—Mejor. Así los quemaremos a todos juntos.
De repente, la pantalla de Yan se volvió roja. Un mensaje apareció en el centro del monitor: *“Te encontré, pequeña golondrina”*.
El corazón de Yan se detuvo. El vínculo en su muñeca se calentó repentinamente, quemándola bajo la ropa.
—¡Qi, aborta! ¡Saben que estamos aquí! —gritó ella.
Pero ya era demasiado tarde. Una explosión sacudió el piso superior, el de la zona VIP. El sonido de los cristales rompiéndose fue seguido por ráfagas de disparos automáticos. Yan salió de la sala de servidores justo cuando el pánico se desataba en el casino. La gente corría hacia las salidas, gritando mientras los guardias de seguridad de la mafia Wang —vampiros menores y humanos mejorados— empezaban a cerrar las puertas de acero.
Yan corrió hacia las escaleras de emergencia, tratando de llegar al nivel VIP. Tenía que detener a Qi antes de que cometiera un suicidio colectivo. Al llegar a la gran sala de juegos de alta apuesta, la escena era dantesca. Las alfombras de terciopelo rojo estaban empapadas de una sangre demasiado oscura.
En el centro de la sala, bajo una lámpara de araña de cristal que colgaba peligrosamente, Qi estaba intercambiando disparos con una figura sombría. Yan reconoció a Si Long, el heredero de los Si, moviéndose con una velocidad inhumana, esquivando las balas de plata de Qi mientras reía con una demencia maníaca.
—¡Tú otra vez, cazador! —rugió Si Long, saltando sobre una mesa de baccarat—. ¡Esta vez me beberé hasta tu médula!
Qi rodó por el suelo, disparando su ballesta de repetición. La saeta de plata le dio a Si Long en el hombro, pero el vampiro apenas se inmutó, arrancándola con un gruñido.
—¡Yan, sal de aquí! —gritó Qi al verla.
Pero antes de que pudiera moverse, la puerta principal de la sala VIP se derrumbó. No fue una explosión; fue una fuerza física bruta. Zixuan entró, rodeado de una neblina de sombras que parecía devorar la luz de los neones. Su rostro era una máscara de furia contenida. No miró a Si Long, no miró a Qi. Sus ojos se clavaron directamente en Yan.
—Danza de muerte —murmuró Yan, paralizada.
Zixuan se movió. No era una carrera, era una transposición de espacio. En un segundo estaba en la entrada, al siguiente estaba frente a Si Long. Con un movimiento elegante y brutal, hundió su mano en el pecho del heredero de los Si y le arrancó el corazón muerto antes de que este pudiera siquiera levantar su arma.
El cuerpo de Si Long cayó como un fardo de ropa vieja. Zixuan soltó el corazón y lo aplastó bajo su bota de cuero, sin apartar la mirada de Yan.
—Te dije que no podías escapar —dijo Zixuan, su voz resonando por encima del caos.
—¡Déjala, monstruo! —Qi apuntó su rifle de precisión a la cabeza de Zixuan.
—No lo hagas, Qi —suplicó Yan, interponiéndose entre ambos—. Nos matará a todos.
—Él ya nos mató hace años, Yan —respondió Qi, con el dedo apretando el gatillo.
El disparo resonó en la sala. Pero no fue una bala normal. Fue un proyectil de fósforo blanco diseñado para quemar la carne inmortal. Zixuan lo esquivó parcialmente, pero la llamarada le alcanzó el brazo derecho, prendiendo fuego a su túnica de seda. Él ni siquiera parpadeó. Con un gesto de la mano, una ráfaga de energía cinética lanzó a Qi contra la pared, dejándolo inconsciente al instante.
Zixuan caminó hacia Yan. El humo del incendio que empezaba a devorar el casino rodeaba su figura.
—Vienes conmigo —dijo él, extendiendo su mano quemada—. Ahora mismo, los cazadores de tu hermano están siendo masacrados fuera por mis hombres. Este lugar va a arder hasta los cimientos. Elige, Yan: ¿mueres aquí con el fantasma de tu pasado, o vives en la realidad de mi presente?
Yan miró a su hermano caído y luego a Zixuan. El vínculo la atraía hacia él con una fuerza gravitatoria. Podía sentir el dolor de la quemadura de Zixuan en su propio brazo, un ardor insoportable que solo se calmaba cuando estaba cerca de él.
—Eres un demonio, Zixuan —dijo ella, con lágrimas en los ojos mientras tomaba su mano—. Pero parece que mi infierno está a tu lado.
Zixuan la atrajo hacia sí, protegiéndola con su capa mientras las llamas del Lótus Vermelho empezaban a lamer el techo, convirtiendo el casino de Macao en una pira funeraria para las ambiciones de los clanes y la inocencia que a Yan ya no le quedaba.