En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capítulo 8: El Beso de la Traición y el Acero
El estruendo de los disparos rebotaba contra el metal del deportivo de Enzo, creando una sinfonía de muerte que ensordecía los sentidos. Dante sentía el calor de la pólvora quemándole las manos mientras devolvía el fuego, cubriendo a un Valerius que, a pesar de tener la pierna destrozada, se movía con la determinación de un demonio que se niega a volver al abismo.
—¡En el momento en que deje de disparar, corre hacia el asiento del conductor! —gritó Dante, su voz apenas audible sobre el caos.
—¡No voy a dejar que tú hagas el trabajo sucio mientras yo me escondo! —gruñó Valerius, apoyando su espalda contra la rueda trasera, su rostro bañado en sudor frío—. ¡Soy un Volkov, no una carga!
—¡Ahora eres un Volkov herido y bajo mi protección! —le espetó Dante, lanzando una mirada cargada de una posesividad feroz—. ¡Muévete o te juro que yo mismo te pego un tiro para que dejes de estorbar!
Esa chispa de odio y deseo, esa tensión tóxica que los mantenía unidos, fue lo que le dio a Valerius la fuerza para arrastrarse. Dante lanzó una granada de humo que llevaba en el chaleco táctico de los mercenarios caídos, creando una cortina grisácea. En medio de la confusión, Dante se lanzó sobre uno de los guardias de Enzo, hundiendo su daga en el cuello del hombre con una precisión salvaje, mientras con la otra mano arrebataba las llaves que colgaban del cinturón de un segundo soldado aturdido.
—¡Sube! —rugió Dante.
Valerius se lanzó al asiento del copiloto con un rugido de dolor, mientras Dante derrapaba el motor del deportivo. Enzo, fuera de sí, disparaba su arma hacia el parabrisas blindado mientras el coche salía disparado, rompiendo el cerco y dejando atrás los gritos de rabia del hermano traidor.
El silencio que siguió dentro del vehículo era espeso, interrumpido solo por el jadeo pesado de Valerius y el sonido del viento golpeando los cristales agrietados. El aroma a roble quemado del Alfa estaba ahora mezclado con el olor metálico de la sangre y el aroma amargo de la traición de los Moretti.
—Tu hermano... —empezó Valerius, apretando su herida con ambas manos—, es un hombre muerto. Nadie intenta cazar a un Volkov y vive para contarlo.
—Mi hermano es un cadáver que camina, eso lo sé —respondió Dante, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos crujieron—. Pero ahora tenemos un problema mayor. Estamos en el límite del territorio del Norte. Si cruzamos ese puente, estaremos en las garras de tu padre, Mikhail.
Dante miró de reojo a Valerius. El Alfa lo observaba con una mezcla de gratitud y una desconfianza instintiva que no podía borrar. En el mundo de la mafia, salvar la vida de un enemigo era una debilidad, pero poseerlo era un triunfo.
—Mikhail no tendrá piedad contigo, Dante —dijo Valerius, su voz volviéndose sombría—. Para él, eres el Omega que me "secuestró" o el que me "corrompió". Si te entrego, mi honor queda restaurado. Si te protejo... estaré declarando la guerra a mi propia sangre.
Dante detuvo el coche bruscamente justo antes de llegar al puesto de control ruso. El puente levadizo sobre el río Chicago se alzaba ante ellos como una guillotina de acero. Se giró hacia Valerius, invadiendo su espacio, sus feromonas de vainilla negra volviéndose intensas, casi suplicantes pero cargadas de orgullo.
—Entonces, ¿qué vas a hacer, Valerius? —Dante acercó su rostro al del Alfa, sus labios a milímetros de los suyos—. ¿Vas a ser el hijo leal que entrega su trofeo para salvar su corona? ¿O vas a aceptar que lo que pasó en esa cabaña nos marcó a ambos de una forma que ni tu padre ni el mío pueden entender?
Valerius extendió una mano ensangrentada y agarró el cabello de Dante, tirando de él con esa violencia posesiva que era su único lenguaje. Lo besó con una furia desesperada, un beso que sabía a despedida y a promesa a la vez.
—No te voy a entregar —susurró Valerius contra sus labios—. Pero no creas que esto es por amor, Moretti. Es porque no soporto la idea de que alguien más, incluso mi padre, decida tu destino. Eres mi deuda, eres mi castigo... y eres mío.
Valerius tomó la radio del coche y sintonizó la frecuencia privada de la Bratva. —Aquí Valerius Volkov. Código Negro. Traigo un prisionero de alto valor, el heredero Moretti. Abran las puertas, pero que nadie se acerque al vehículo sin mi permiso. El que toque al Omega, muere por mi mano.
Dante sintió un escalofrío. Sabía que entrar en el territorio de los Volkov era meterse en la boca del lobo, pero al mirar los ojos grises y posesivos de Valerius, supo que prefería arder en el infierno ruso que volver a la "seguridad" de su familia traidora.
El puente empezó a bajar. El destino de ambos estaba sellado.