Después de sobrevivir a la masacre de Buena Suerte, Lía y Dikeet intentan encontrar un lugar en un mundo que las teme y las necesita al mismo tiempo. Pero cuando una nueva amenaza surge de las sombras de BioKal —más antigua, más poderosa y capaz de desafiar al cielo mismo—, las hermanas se ven obligadas a salir de las sombras.
Junto a antiguas enemigas y aliados inesperados, deberán enfrentar una fuerza que no solo quiere destruirlas, sino reescribir lo que significa ser humana… o algo más.
En una carrera contra el tiempo, entre selvas que devoran y ciudades que se apagan, descubrirán que la verdadera batalla no es contra una empresa cruel, sino contra lo que el poder hace con quienes lo persiguen… y con quienes lo rechazan.
Una historia de hermanas, traiciones, rabia y la pregunta que nunca desaparece:
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger lo que cres que es tuyo?
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Capitulo 13. La llama que aún arde
El humo de las naves destruidas aún flotaba en el cielo. Las llamas ardían sobre los restos de metal fundido. En el centro del cráter, Ayura renacida se mantenía firme, su figura serpentina reluciendo con descargas constantes de electricidad que chispeaban a cada paso.
A lo lejos, entre la maleza derretida, Hera se mantenía arrodillada. Su cabello largo y morado cubría parte de su rostro… pero sus ojos lila, vidriosos, estaban fijos en la destrucción frente a ella. Su pecho subía y bajaba con dificultad. Las garras temblaban. Sus piernas no respondían. Por primera vez desde que fue creada, modificada, entrenada... sentía algo que no conocía:
Impotencia.
—No tiene sentido… —susurró con voz apagada—. ¿De qué sirvió todo…? Fuerza, disciplina, rabia… ¡¿para qué… si no puedo hacer nada contra algo así?!
A su lado, Lía cayó de rodillas.
La valiente y energética mujer felina, la hermana pequeña de Dikeet, con los labios apretados y los ojos vidriosos, no pudo evitarlo.
—Fue… fue mi culpa… —murmuró—. Yo la traje aquí… a mi hermana… a todos. Solo… solo quería ayudar. Quería probar que podía pelear junto a ella… y ahora…
Sus palabras se quebraron. Lágrimas calladas rodaron por sus mejillas mientras se tapaba los ojos con las manos, como si pudiese tapar el mundo con ellas.
Pero Dikeet, aún con rasguños en el rostro y sangre seca en sus cejas, se mantuvo firme.
Estaba de pie.
Y no pensaba rendirse.
Miró a sus compañeras, dolida, sí… pero con fuego aún en su pecho.
—¿De verdad van a quedarse así…? —dijo con voz baja, pero cargada de rabia contenida—. ¿No lo entienden? Ella no ganó. Todavía no.
Hera no respondió.
Lía miró con los ojos empañados.
—¡No necesitamos tener esperanza! —gritó Dikeet con fuerza—. ¡Solo tenemos que seguir peleando! ¡Aunque no tengamos ninguna maldita posibilidad!
Y sin esperar respuesta, Dikeet se lanzó sola.
Sus piernas la impulsaron a velocidad felina. Sus garras estaban listas. Su mirada clavada en ese dios serpiente que se reía del mundo.
Ayura, en su nueva forma imponente, notó su aproximación sin siquiera voltear. Sonrió con arrogancia.
—Tú otra vez… —murmuró con tono divertido—. Qué persistente eres.
Dikeet se abalanzó con furia. Un giro veloz, salto con zarpas al frente… pero en el aire, un rayo zigzagueante salió disparado desde una de las anguilas de Ayura. El impacto la atravesó como un látigo de fuego. Gritó, pero no cayó. Otra descarga. Dikeet rodó por el suelo. Su cuerpo temblaba, sus huesos vibraban, pero no se rindió.
Con las piernas tambaleantes, se levantó y corrió otra vez. Saltó, esquivó, se acercó por el lado, pero otro rayo la empujó como un proyectil hacia atrás. Se estrelló contra una roca. Sangre salió de su boca.
Ayura alzó una ceja.
—A veces me pregunto… ¿por qué siguen intentando? No pueden detenerme. No pueden tocarme.
Dikeet cayó de rodillas. Respiraba con dificultad. Se había roto una costilla, o varias. Pero sus ojos, aunque empañados, no perdían el brillo.
—Porque… no voy a dejarte… destruir todo lo que me queda.
Silencio.
Y entonces, una sombra morada pasó a su lado como un relámpago.
Hera.
Con los ojos encendidos, los colmillos expuestos y su forma de mujer lobo activa, corrió a cuatro patas, lanzando una gran roca con una sola mano para distraer a Ayura y luego saltar con las garras por delante.
Ayura giró la cabeza con desdén, pero esta vez Hera sí llegó a rozarla.
Las garras dejaron tres cortes brillantes en el hombro eléctrico de la diosa renacida.
Ayura dio un paso atrás, sorprendida.
—Oh… interesante. Parece que la ira te hizo más útil.
Pero antes de que pudiera contraatacar, otra figura se lanzó en picada.
—¡HIYAAAH! —gritó Lía, cayendo desde un árbol como una cometa salvaje, usando su cola felina como ancla y sus zarpas para arañar las extremidades inferiores de Ayura.
Los tres pelearon juntos. Dikeet se levantó, aunque tambaleante, y se unió al ataque. Hera y Lía la siguieron con sincronía salvaje.
Ayura comenzaba a usar más energía.
—¿Así que esto es una pelea real? Bien. ¡Bien!
De sus tentáculos salieron rayos dirigidos, pero Hera saltó en zigzag, haciendo que los rayos impactaran árboles. Lía subía por el cuerpo de Ayura y golpeaba con todas sus fuerzas. Dikeet usaba su velocidad para golpear los puntos ciegos.
Por unos segundos, el campo de batalla volvió a ser suyo.
No porque pudieran ganar…
Sino porque se negaban a rendirse.
El cielo era un océano eléctrico.
Nubes negras giraban sobre ellas, iluminadas por el caos azul y rojo de relámpagos interminables. Ayura, la diosa renacida, se alzaba como un faro de energía pura, su cuerpo resplandeciente y serpenteante, los tentáculos de su espalda danzando con cada sacudida.
—¡Yo soy más que vida, más que muerte! Soy el renacimiento eléctrico de este mundo podrido! —gritó, extendiendo los brazos al cielo. —¡Plagas como ustedes deben arrodillarse y reconocer su lugar!
Una tormenta de rayos descendió.
Dikeet, Hera y Lía fueron lanzadas como muñecas de trapo contra el barro, árboles y escombros. El aire vibraba. El suelo temblaba. Parecía que el mundo mismo la escuchaba.
Hera escupió sangre. Su brazo temblaba y su pelaje humeaba.
—Así no le vamos a ganar... —gruñó con rabia.
Lía, con la cara empapada de sudor, asintió, jadeante.
—Es cierto. Ella… nos supera en todo. Fuerza, velocidad… incluso regeneración…
Pero entonces, Dikeet se incorporó lentamente. Con una sonrisa.
—No necesitamos ganarle… —dijo.
Ambas la miraron con sorpresa.
—¿Qué…? —balbuceó Lía.
—¿Estás diciendo que...?
—La reliquia. —interrumpió Dikeet—. La absorbió… pero debe seguir ahí dentro. Como una batería. Sin ella, no habrá diosa psicópata. Solo... otra máquina rota.
Hera entrecerró los ojos.
—Entonces... ¿la vamos a sacar?
—¿Y si no se puede? —preguntó Lía con preocupación.
—No hay más opciones —dijo Dikeet. Su mirada estaba fija. No en Ayura… sino en la grieta invisible que aún sentía en su pecho. Aquella que solo podía cerrarse peleando por algo real.
Frente a ellas, Ayura avanzaba lentamente, serpenteando sobre el suelo, sus ojos blancos brillando con soberbia infinita. Descargas de energía chispeaban por sus cabellos vivos. Sonreía… una sonrisa retorcida.
Las tres se pusieron en formación.
—Tengo un plan —dijo Dikeet, en voz baja.
—Cuenta conmigo —respondió Lía.
—No hay tiempo para restregar fallos —añadió Hera—. Vamos.
Las tres corrieron. A cuatro patas. Como bestias. Como guerreras. Como hermanas.
Destello verde. Destello morado. Destello negro.
Una lluvia de rayos cayó.
Pero ellas no se detuvieron. Saltaron. Rodaron. Rebotaron. Aullaron.
Ayura abrió los ojos. Sorprendida. Por primera vez.
—¡INSENSATAS! —gritó—. ¡BASTARÁS CON VER SU DESTINO!
De un golpe, levantó los escombros como si fueran hojas secas. Los lanzó como peñascos. Hera, con un rugido brutal, los atravesó con sus puños, volando entre ellos.
Las anguilas de energía del cabello de Ayura se lanzaron.Pero Dikeet, desde abajo, surgió excavando el suelo, lanzando dos enormes piedras con precisión quirúrgica, desviando las serpientes eléctricas al cielo.
Lía apareció al lado de Ayura. De un salto, sus garras marcaron el abdomen de la diosa.
—¡¿TE DUELE, EH?! —gritó entre dientes, con furia, mientras su cola felina le daba equilibrio.
Ayura rugió.
Las atrapó a ambas con sus brazos eléctricos y descargó una tormenta contenida. Hera y Lía gritaron en sincronía, siendo arrojadas como truenos en direcciones opuestas.
—¡¿Cómo se atreven a tocar a su diosa?! —vociferó.
Pero de inmediato, su sonrisa se congeló.
Algo no cuadraba.
Faltaba una.
El aire… vibraba detrás de ella.
El destello negro.
Ayura giró justo a tiempo para ver a Dikeet girando a máxima velocidad, como un proyectil felino, cubierta en sombras. Su puño estaba extendido.
Y golpeó.
Una explosión resonó en el pecho de la diosa. La atravesó.
El impacto fue tan poderoso que el suelo se quebró en líneas radiales. Ayura soltó un alarido distorsionado. Su cuerpo tembló… y comenzó a contraerse.
Su forma colosal… se desintegraba. La electricidad se disipaba. Su tamaño se reducía. Su brillo se apagaba lentamente como una vela atrapada en el viento.
Quedó de pie, jadeante, del tamaño de una humana alta, con piernas nuevamente… pero sus ojos aún eran blancos. Su rostro, en lugar de dolor, reflejaba furia pura.
—¡¿QUÉ ME HAN HECHO?! —rugió.
Dikeet, aún arrodillada, levantó la cabeza con una sonrisa rota.
—Te quitamos la corona, Ayura… Ahora solo eres otra de nosotras.
Hera se reincorporó. Lía también. Con esfuerzo. Pero sonrientes.
Las tres, exhaustas. Quemadas. Magulladas.
Pero juntas.
Ayura flotó unos centímetros, su cuerpo emanando vapor eléctrico, sus tentáculos debilitados, su energía inestable… una diosa herida.