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CENIZAS DEL PECADO

CENIZAS DEL PECADO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Diferencia de edad / Mujer despreciada / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La reina de la pirámide

...19 ...

...ANNE MOTETTI ...

Tres años. Tres malditos años desde que apreté aquel gatillo en la oficina del Consigliere y puse el mundo boca abajo. He escalado sobre los cadáveres de mis enemigos y las cenizas de mis alianzas, pero la vista desde la cima es mucho más fría de lo que pensaba.

Los Calderone no se quedaron de brazos cruzados. Su venganza fue quirúrgica y cruel: asesinaron a la esposa de Dominik, mi primo. Ese error —si es que se puede llamar así a un daño colateral de mi ambición— fracturó a la familia. Dominik me mira como si yo fuera la peste, y el resto de los Moretti susurran mi nombre con un rencor que se puede masticar. No me importa. El respeto basado en el miedo es más duradero que el basado en el cariño.

He estado intentando expandir mis horizontes hacia los Russo. Esos idiotas se han posicionado como "empresarios legítimos", bañados en oro y alejados de la mafia. Son la fachada perfecta que necesito, pero Alessandro Russo es un hueso duro de roer. Me ignora con una arrogancia que me fascina y me enfurece a partes iguales. Cree que puede mantenerse limpio en un mundo que yo controlo. Pobre iluso.

Con Nathaniel, las cosas se enfriaron. Ahora es una estrella de las pistas, un corredor famoso que apenas pisa Milán. He perdido el contacto diario, pero mis ojos siguen sobre él. Me entero de sus "aventuras"; mujeres que aparecen y desaparecen. Algunas, las que se ponen demasiado cómodas, se alejan con una rapidez asombrosa después de mis "sutiles" advertencias. Nate cree que puede manejar su vida, pero cuando se trata de faldas, pierde el cerebro. Alguien tiene que proteger el linaje, aunque él me odie por ello.

Pero hoy... hoy el precio de mi ambición se cobró una factura pública.

—¡Fuera de mi vista, rata traicionera! —el grito del abuelo Manuelle resonó en las paredes de la mansión, vibrando en el mármol como un trueno.

La disputa por el control de la ruta del norte fue la gota que colmó el vaso. El abuelo, envejecido y amargado, me miraba con un desprecio que quemaba. Me echó de la mansión frente a todos. Los empleados bajaron la cabeza, pero mi familia no tuvo esa decencia.

Caminé hacia la salida con la espalda recta, sosteniendo mi bolso de diseñador como si fuera un escudo, mientras sentía las risas de Gianna y los demás primos a mis espaldas. Gianna, esa pequeña mosca muerta, se cubría la boca con la mano mientras soltaba una carcajada hirviente. Disfrutaban de mi caída, de ver cómo el patriarca me trataba como a un animal callejero.

—Mírala, la gran jefa —se burló Gianna lo suficientemente alto para que la oyera—. Al final, el abuelo se dio cuenta de lo que eres: basura.

Me detuve un segundo en el umbral, con la vergüenza subiéndome por el cuello como un sarpullido, pero no les di el gusto de verme llorar. Giré levemente la cabeza, dedicándoles una sonrisa gélida que les borró la diversión a medias.

—Ríanse ahora —dije con voz calmada, pero letal—. Porque cuando yo regrese a esta casa, no será para reírme y compartir con ustedes. Será para decidir a quién de ustedes le pasará lo mismo que a la pobre esposa de Dominik.

Salí a la lluvia de Milán, escuchando cómo el portón pesado se cerraba tras de mí. Ya no tengo a el abuelo para protegerme, ni la mansión, ni la alianza con los D'Amato. Solo me tengo a mí misma y el caos que he sembrado. Pero en este mundo, el caos es una escalera, y yo ya sé cómo subirla sin ayuda de nadie.

...----------------...

Crucé el umbral de las oficinas de Dorian sin que nadie se atreviera a pedirme una identificación. La seguridad del edificio se apartaba a mi paso como si fuera una aparición; me llaman "La Serpiente" por los pasillos de Milán, y ese apodo me gusta. El abuelo Manuelle está senil si cree que echarme de la mansión me quita el poder. Lo que le carcome las entrañas es que ya no tiene el control: yo le vacié las cuentas, le robé los contactos y le dejé solo el cascarón de un imperio que ahora me pertenece.

Entré en el despacho de Dorian sin llamar, haciendo que el sonido de mis tacones resonara contra el cristal y el acero.

—¡Mujer, avisa si vienes a mi oficina! —Dorian saltó de su silla, con el rostro pálido y los ojos desencajados—. No puedes aparecerte así en el lobby sin avisar. Mi esposa salió de aquí hace quince minutos.

Torcí la boca, dejando escapar una risa seca mientras dejaba mi bolso sobre su escritorio de nogal.

—¿Y eso qué? —pregunté, arqueando una ceja con fingida inocencia—. ¿Acaso vendría a hacer algo malo? ¿Tan poca fe me tienes, Dorian?

Me acerqué a él con paso felino, disfrutando de cómo su respiración se aceleraba. Deslicé mis dedos por su brazo, acariciando la tela costosa de su traje, sintiendo la tensión en sus músculos. Él se alejó un poco, mirando nervioso hacia la puerta doble.

—Aquí no, Anne —masculló entre dientes.

Lancé un resoplido de fastidio y me desplomé en el sillón de cuero frente a él, cruzando mis piernas con una parsimonia insultante.

—Estaré buscando un lugar estos días —solté, mirando mis uñas—. El abuelo por fin descubrió todo lo que he estado haciendo a sus espaldas. Oficialmente, no tengo casa. Me trató como a una rata frente a toda la familia, así que... ¿qué tal si me quedo en uno de tus apartamentos? Sobre todo en ese que siempre usamos para "consentirnos".

Dorian cerró los ojos y soltó un suspiro cargado de derrota. Sabe que decirme que no es solo retrasar lo inevitable; sabe que si me encapricho con algo, termino quemando el edificio con tal de conseguirlo. Metió la mano en su bolsillo, sacó su manojo de llaves y, tras dudar un segundo, desprendió la del ático y la lanzó hacia mí.

Atrapé la llave en el aire con un movimiento rápido y le dediqué mi sonrisa más depredadora.

—Qué bueno... —ronroneé, guardando el metal frío en mi bolso—. Ahora al menos podremos vernos más seguido. Sabes que puedes ir a consentirme cuando quieras, Dorian. No aceptaré excusas sobre el trabajo o tu "vida familiar". Y no te vayas a enojar.

Dorian se quedó en silencio, pero su mirada cambió. La irritación fue reemplazada por ese brillo lujurioso que siempre lo delata cuando estamos a solas. Se olvidó de la esposa, de la oficina y del riesgo. Caminó hacia mí con pasos pesados, me agarró de los hombros con una fuerza que me hizo jadear y me estampó un beso violento, reclamando mi boca con una urgencia que me recordó por qué lo mantenía cerca.

Dorian me empujó contra el escritorio, barriendo de un manotazo los papeles y la computadora que estorbaban. El estruendo del metal chocando contra el suelo fue la señal de inicio. No hubo palabras suaves, ni caricias previas; solo el sonido errático de nuestras respiraciones y el roce violento de la tela.

Sentí sus manos pesadas desgarrando mis medias mientras me abría las piernas con una urgencia impaciente. Me giró con brusquedad, obligándome a apoyar las palmas sobre la madera fría del escritorio, dejándome de espaldas a él. Escuché el siseo de su cinturón al soltarse y el metal de su cremallera.

—Creo que ya me hiciste enojar, Anne—gruñó él cerca de mi oído.

Me penetró de un solo golpe, seco y profundo, arrancándome un gemido que ahogué contra mis propios nudillos. No buscaba ternura y él tampoco pretendía darla. Era poder puro, una descarga de adrenalina que me hacía olvidar por un segundo el desprecio de mi abuelo y el rencor de mi familia. Dorian embestía con una fuerza rítmica y brutal, sus manos apretando mis caderas con tanta presión que supe que dejaría marcas moradas para las horas siguientes.

Cerré los ojos, disfrutando de la fricción y del dolor sordo que subía por mi columna. Cada estocada me recordaba que, seguía teniendo el control sobre los hombres que movían el dinero en esta ciudad. El sudor de su pecho se pegaba a mi espalda mientras él aceleraba el ritmo, perdiendo cualquier rastro de decoro.

Me agarró del cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás para exponerme el cuello, y me mordió la piel con saña justo cuando soltaba un gruñido gutural. Sentí su espasmo final dentro de mí, pesado y caliente. Dorian se quedó apoyado sobre mi espalda unos segundos, recuperando el aire, mientras yo recuperaba la compostura con una frialdad mecánica.

Me soltó y dio un paso atrás, acomodándose la ropa con manos temblorosas, evitando mirarme a los ojos. Yo me erguí, me alisé la falda y me acomodé el cabello frente al espejo del despacho como si acabara de salir de una reunión de negocios.

—Gracias por la llave, Dorian —dije, limpiándome la comisura de los labios con el pulgar—. Nos vemos en el apartamento. No llegues tarde.

Salí de la oficina sin mirar atrás, sintiendo el eco de sus pasos nerviosos volviendo a su escritorio. El sexo con él era como un contrato: rápido, efectivo y sin cláusulas sentimentales.

...----------------...

...NATHANIEL DEVERAUX ...

El sonido de la lluvia de Marsella contra el cristal era el único ruido que competía con nuestros jadeos erráticos. El nuevo apartamento de Eliana era pequeño, olía a pintura fresca y a ese perfume de vainilla que siempre me revolvía el instinto. No había lujo, solo nosotros dos enredados en unas sábanas baratas que se pegaban a nuestra piel sudada.

La embestí con una urgencia que no lograba saciar, buscando en su cuerpo esa desconexión que Milán me robaba cada día. Eliana apretaba los dientes, enterrando sus uñas en mis hombros, entregándose con esa hambre que me volvía loco. Sentí el espasmo final recorriéndome la columna, un estallido sordo que me dejó sin aire, hundiéndome en ella una última vez antes de dejarme caer a su lado.

Me quedé unos segundos con la frente apoyada en su hombro, recuperando el pulso. Cuando finalmente me incorporé para retirarme, un escalofrío seco me recorrió la nuca.

—Maldita sea... —mascullé, mirando el látex desgarrado.

El preservativo se había roto. No era una fisura pequeña; estaba prácticamente inservible. Me quedé estático, con la mano suspendida en el aire. En mi mundo, un error así no era solo un descuido, era una sentencia de complicaciones que no me podía permitir, y mucho menos con ella, con quien todo pendía de un hilo tan fino.

—Eliana —dije, mi voz sonando más dura de lo que pretendía por puro nerviosismo—. Se rompió. El preservativo se rompió mientras lo hacíamos.

Ella abrió los ojos, mirándome con una expresión vacía, casi plana. No hubo drama, ni reproches. El luto por su madre y los meses que tuvimos de distancia la habían vuelto alguien mucho más difícil de leer. Simplemente se sentó en la cama, se apartó el cabello de la cara y se puso de pie sin decir una sola palabra.

La vi caminar hacia el baño con una parsimonia que me puso los pelos de punta. El sonido del agua de la ducha comenzó a correr casi de inmediato.

—¿No vas a decir nada? —le grité por encima del ruido del agua, pero no hubo respuesta.

Me pasé las manos por la cara, frustrado. Me vestí en un tiempo récord, abrochándome los pantalones con movimientos bruscos. La idea de un hijo creciendo en un apartamento de Marsella, fuera de mi control y en manos de una mujer que me odia la mitad del tiempo, me revolvía las tripas.

—Voy por una Post Day —anuncié, pegándome a la puerta del baño—No tardo.

Salí del apartamento dando un portazo, sintiendo el frío de la noche golpearme la cara. Caminé hacia la farmacia de guardia más cercana, con la mandíbula apretada. Había vuelto a Marsella buscando una tregua, una forma de poseer lo que creía mío, pero el destino parecía empeñado en recordarme que, con Eliana, nada salía nunca según el plan.

Regresé al apartamento con los pulmones ardiendo por la carrera bajo la lluvia y la caja de la pastilla apretada en el puño. Cuando entré, el vapor del baño aún flotaba en el aire, pero Eliana ya estaba frente al espejo, vistiéndose con una parsimonia que me ponía los nervios de punta.

—No te preocupes —soltó ella sin mirarme, ajustándose el cierre de la falda—. De todas formas estoy planificando.

Me quedé helado a mitad de la estancia. ¿Planificando? Esa palabra debería haberme aliviado, pero solo me recordó lo poco que sabía de su vida diaria en estos tres años de idas y venidas. Me acerqué, le serví un vaso de agua y le puse la pastilla delante con un gesto seco.

—Tómala. Por si las dudas —le ordené—. Es mejor prevenir. No quiero sorpresas, y tú tampoco.

Ella la tomó sin rechistar, tragándosela de un golpe. La vi maquillarse, remarcando sus ojos con esa mirada de gata que usaba para el escenario. El instinto posesivo me subió por la garganta como ácido.

—¿Vas a ir a ese maldito club? —pregunté, mi voz volviéndose peligrosa—. Ya te dije que dejes ese lugar, Eliana. No soporto que esos hombres te vean bailar, que te deseen, que imaginen lo que yo tengo. Búscate otro trabajo. Si es por dinero, ¿lo que te doy cada vez que vengo no te basta? Puedo mantenerte, carajo. Solo tienes que recibirme a mí y dejar de exhibirte.

Eliana dejó el labial sobre la mesa y se giró, mirándome con una frialdad que me caló los huesos.

—¿Y quieres que sea tu puta de por vida? —soltó con una calma aterradora.

—No lo digas así, Eliana —gruñí, dando un paso hacia ella—. Me haces ver como si fuera el malo de la historia y no lo soy. Tú no te niegas a recibir el dinero que te doy, y yo no te estoy obligando a nada. Solo te estoy cuidando.

Ella caminó hacia la cocina, se sirvió un trago de whisky puro y lo bebió de un golpe antes de volver a mirarme. Sus ojos brillaban, pero de una mezcla de agotamiento y pavor.

—Aunque no lo creas, te tengo miedo, Nate —confesó, y sentí un golpe en el estómago—. En estos tres años, en esta especie de relación extraña que parece más de cliente y prostituta, solo me has demostrado que cometí un error al aceptar ser tu "dama de compañía". Tienes problemas serios de ira, Nate. Deberías hacértelos tratar. Me ves como un objeto.

Se acercó a mí, señalándome con el dedo, su voz temblando ligeramente.

—¿Crees que no me di cuenta? Hace meses iba a empezar a salir con alguien, un hombre común, y de la nada desistió. Desapareció muerto de miedo. Sé que fuiste tú. No sé si me tienes vigilada o qué, pero no insistí más para no meter en problemas a gente inocente. Eres el único hombre con el que he estado en mi vida, ¿eso es lo que quieres seguir escuchando? Pues es la verdad. Pero no voy a dejar mi trabajo solo porque se te dé la gana. Es lo único que me hace sentir menos manipulada por ti. Soy buena en lo que hago y me gusta bailar.

Me quedé en silencio, con la mandíbula apretada hasta que me dolieron los dientes. Escuchar de su boca que me tenía miedo, que sabía lo de mis "intervenciones" con sus pretendientes, me provocó una punzada de satisfacción retorcida mezclada con una culpa que no sabía dónde meter.

Ella tenía razón: la vigilaba, la controlaba y alejaba a cualquiera que osara respirar su aire.

—Si te gusta bailar, te compraré un maldito teatro —le dije, mi voz sonando como un rugido bajo—. Pero no vas a volver a ese antro donde cualquiera puede pagar por verte.

Ella me ignoró, agarró su bolso y caminó hacia la puerta, dejándome allí solo, con el sabor amargo de la discusión y la certeza de que, aunque la tuviera bajo mi bota, Eliana se me escapaba entre los dedos cada vez que intentaba apretar más fuerte.

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...ANNE MORETTI ...

Me quedé contemplando el perfil de Milán desde el ventanal del ático de Dorian. Ser "La Serpiente" no es solo un apodo; es una declaraciób de todo lo que vendrá. El abuelo cree que me ha quitado todo al echarme de la finca, pero lo único que ha hecho es soltarle la correa a un depredador que ya no tiene que guardar las apariencias en la cena del domingo.

Sin embargo, para ser intocable, el miedo no es suficiente. El miedo es volátil; la dependencia, en cambio, es eterna.

—Necesito algo más que rutas de droga y apuestas —susurré para mí misma, viendo el reflejo de mi propia sonrisa en el cristal—. Necesito el control de la infraestructura legal de esta ciudad.

Si logro que los Russo dejen de ignorarme y se conviertan en mis socios, no solo lavaré mi dinero, sino que me infiltraré en el tejido político del país. Alessandro Russo cree que su "buena moral" lo protege, pero no sabe que lo podrido del mundo es lo que mantiene los cimientos de sus edificios en pie. Si consigo unir mi fuerza con su prestigio, ni siquiera el abuelo Manuelle podrá toser en mi dirección sin pedir permiso.

Pero hay un cabo suelto que me irrita: Nathaniel.

Él está en Marsella, perdiendo el tiempo con no se sabe quién, dejando que sus instintos más bajos lo distraigan de la nueva era que se avecina.

Nate es mi brazo ejecutor, mi único aliado real de sangre, y no puedo permitir que se ablande por estupideces banales. Si él no vuelve por su cuenta, tendré que darle un motivo para que regrese corriendo... o quizás, tendré que recordarle a ese idiota su lugar.

Caminé hacia el escritorio de Dorian y abrí mi computadora. Empecé a redactar un mensaje cifrado para mis contactos en la unidad antimafia. Voy a entregarles a un par de capitanes de los Calderone en bandeja de plata. Eso calmará a la policía, me dará crédito con el estado y dejará a mis enemigos directos decapitados.

La pirámide está tambaleándose, y yo soy la única que sabe exactamente qué piedra quitar para que todo caiga... excepto mi trono.

—Primero los Russo —sentencié,—. Luego, la perdición total de mi familia.

Al cabo de unas horas, me encontraba rodeada de carpetas y pantallas en la mesa de cristal del ático, con la ciudad de Milán extendiéndose ante mí.

El sonido de la puerta abriéndose no me hizo levantar la vista; conocía el paso pesado de Dorian.

Él dejó una bolsa de papel sobre la mesa, inundando el aire con el olor a focaccia caliente y café cargado. Se quedó de pie, observando el desorden de documentos financieros y planos de propiedades de los Russo que yo había desplegado como si fueran planos de guerra.

—Tienes que comer algo, Anne —dijo Dorian, dejando la comida a un lado—. Llevas encerrada aquí desde que salí de la oficina.

Me estiré, sintiendo cómo mis vértebras crujían, y lo miré con una sonrisa de suficiencia. Él me estudiaba con esa fascinación que tanto me divierte. Se aflojó la corbata y se sentó en el borde de la mesa, justo encima de un informe sobre las exportaciones de Alessandro Russo.

—¿Qué estás planeando ahora? —preguntó con voz baja, casi en un susurro—. Esa mirada tuya nunca trae nada bueno. ¿Vas a ir tras tu abuelo? ¿O es por los Russo?

Le di un mordisco a la focaccia, saboreando el aceite de oliva antes de responder.

—El abuelo ya está muerto para mí, Dorian, aunque su corazón siga latiendo. Se enterró solo el día que me echó de la mansión frente a esa horda de hienas —le dije, señalando con el mentón los perfiles bancarios—. Lo que estoy planeando es una cirugía estética para esta ciudad. Voy a extirparle el prestigio a los Russo y lo voy a coser a mi nombre.

Dorian soltó un suspiro pesado, pasando su mano por su nuca.

—Alessandro Russo no es como los Calderone, Anne. No puedes simplemente meterle una bala en la cabeza a su mano derecha y esperar que el imperio sea tuyo. Él tiene el apoyo del gobierno, tiene una imagen pública impecable...

—Por eso no voy a usar la fuerza bruta —lo interrumpí, levantándome para quedar frente a él, atrapándolo entre mis brazos mientras jugaba con el cuello de su camisa—. Voy a usar su propia virtud contra él. Nadie es tan limpio como aparenta, Dorian. Todos tienen un sótano lleno de cadáveres, y yo soy experta en exhumaciones. Si logro que Alessandro me necesite para salvar su reputación, me habrá entregado las llaves de la ciudad de rodillas.

Él me agarró de la cintura, atrayéndome hacia él con una fuerza que buscaba reclamar un poco de control en medio de mi caos.

—Estás loca —murmuró, su mirada perdiéndose en la mía—. Pero eres la única loca que parece saber exactamente hacia dónde va este mundo.

—Voy hacia arriba, Dorian —le susurré al oído, mordiendo su lóbulo con suavidad—. Y tú vas a asegurarte de que mis cuentas sigan siendo invisibles mientras yo quemo el jardín de los Russo.

Me alejé de él, volviendo a mi silla con una elegancia glacial. El plan estaba trazado. Solo necesitaba un evento, un momento de debilidad, y Alessandro Russo descubriría por qué me llaman "La Serpiente".

...----------------...

Dorian cumplió. Usó sus hilos en el sector financiero para venderme como una "consultora de inversiones independiente", omitiendo convenientemente el hecho de que mi abuelo me considera una paria y que mis métodos suelen incluir pólvora.

Alessandro Russo aceptó la reunión en una de sus oficinas privadas. Debo admitir que el hombre es impecable; tiene ese carisma magnético de los que nunca han tenido que ensuciarse las manos porque otros lo hacen por ellos. La conversación fluyó con una elegancia casi coreografiada. Yo fui la profesional perfecta, la mujer de negocios que Milán admira, hasta que él decidió cambiar el rumbo del viento.

—Tienes una visión fascinante, Anne —dijo Alessandro, inclinándose hacia adelante mientras cruzaba sus dedos largos—. Pero me genera curiosidad algo... Tu apellido es Moretti, y aunque te mueves con independencia, la sombra de tu familia es alargada. ¿Cómo es tu relación actual con el patriarca? ¿O con tu hermano Nathaniel?

Sentí el frío recorriéndome la nuca, pero mi rostro no traicionó ni un músculo. Le dediqué mi sonrisa más ensayada, esa que practico frente al espejo todos los días.

—Mi familia es... tradicional, Alessandro —respondí con una evasiva líquida—. Manuelle tiene sus formas, y yo tengo las mías. Nathaniel está más interesado en el asfalto de las pistas que en los libros de contabilidad. Digamos que operamos en frecuencias distintas, pero siempre bajo el mismo escudo.

Alessandro asintió, aunque sus ojos me estudiaban como si estuviera buscando la grieta en mi armadura.

—Entiendo. Bueno, precisamente por eso —continuó él con una amabilidad que me pareció sospechosamente afilada—, creo que es el momento perfecto para formalizar este acercamiento. Los Russo organizamos una gala benéfica este fin de semana. Me he enterado de que el famoso doctor Gabriel Moretti ya confirmó su asistencia.

Apreté los dedos bajo la mesa. Gabriel, mi tío, el hombre que prefiere mantenerse al margen de todo y se dedicó en algo totalmente diferente y opuesto al negocio familiar.

—Deberías aprovechar la ocasión para que todos los Moretti asistan —propuso Alessandro con una naturalidad insultante—. Me encantaría conocerlos a todos en conjunto. Ver la dinámica de la familia me ayudaría a decidir si nuestra futura alianza tiene los cimientos de roca que busco.

Maldito seas, Alessandro. Me estaba poniendo en una trampa de terciopelo. Si aparezco con la familia, el abuelo podría humillarme en público o ignorarme, revelando que ya no soy nadie. Si no asisten, Alessandro pensará que no tengo peso real sobre mi propia sangre.

—Me parece una idea excelente —mentí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. A los Moretti nos encanta apoyar las buenas causas. Será una noche reveladora para todos, te lo aseguro.

Salí de la reunión con el pulso a mil. Alessandro no quiere una socia, quiere un espectáculo. Quiere ver si la "Serpiente" todavía tiene veneno o si solo es un pellejo vacío que el abuelo Manuelle desechó. Ahora tengo tres días para forzar a Nathaniel a volver de Marsella y obligar al abuelo y al resto de la familia a fingir que somos una unidad perfecta frente a la élite de Milán.

—Vas a jugar a la familia feliz, abuelo —susurré mientras subía a mi coche—, aunque tenga que quemar tu mansión con todos adentro para que te pongas el esmoquin.

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Rocio Raymundo
me encantó de principio a fin la novela , muchos éxitos escritora.
Rocio Raymundo
me encantó me encantó la novela cual sería la primera de la saga me dise mi querida autora
Rocio Raymundo: gracias iré a su perfil 😃
total 2 replies
Patricia Enríquez
esta muy bien la historia pero no hay mas capitulos o segunda parte
Yazz: Falta el capítulo final que lo estaré subiendo ahora. (Porque está novela es como una historia alterna de la secuencia original de la saga) La segunda parte después del capítulo de “la reina de la pirámide” es la novela “Dinastía de la serpiente” que está en mi perfil, ahí continúan los acontecimientos.
total 1 replies
Teresa Guardoni
pero fue bárbara l a historia de estos mafiosos tambien eran adicto al sexso👏
Teresa Guardoni
Muy buena la reina
Teresa Guardoni
👏🥰
Teresa Guardoni
Que brava la chiquilla los paso por arriba a todos los hombre
Teresa Guardoni
Que buena histora👏
Teresa Guardoni
me registra muy buena
Rocio Raymundo
que fuerte en verdad
Rocio Raymundo
cuál es la novela de eyos cuando por lo que entendí hay una dag de eyos me da el orden de las novelas
Yazz: Hola, la historia de ellos es “dinastía de la serpiente” la puedes encontrar en mi perfil. También están los libros anteriores y el primero de toda la saga es “Rivales de oficina” 🤗
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Rocio Raymundo
ese bebé no tiene la culpa an si no lo quieres puedes darlo en adopción irte lejos y darlo en adopción es un ser indefenso a Tristán destruyelo Pero a ese bebé no 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭lo déjalo nacer y dalo en adopción pero no lo mates 😭😭😭😭😭😭
Rocio Raymundo
tu hermana se está perdiendo an , que manipulador salió Tristán en verdad
Rocio Raymundo
algo malo le pasará si va
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