Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 9 — "Leo pregunta"
Después de que Mara colgó, después de que el eco de sus palabras se disolvió en el silencio del apartamento, Valeria se quedó largo rato en el sofá, con el cuaderno abierto sobre las piernas.
No me busques en el olor. Búscame en las palabras que no recuerdas haber escrito.
Leyó la frase tantas veces que las letras terminaron perdiendo su significado. Se volvieron formas. Trazos. Algo que no lograba descifrar, pero que parecía mirarla fijamente desde el papel.
Intentó escribir en el ordenador.
Nada.
Las palabras no llegaban. El cursor parpadeaba con su suficiencia habitual, esperando que ella se rindiera.
El olor seguía ahí.
Permanente.
Como si él también estuviera esperando.
El móvil vibró.
Leo: ¿Paso hoy?
Valeria miró la fecha.
Martes.
Ocho meses de martes. Ocho meses de una rutina que ella misma había diseñado para no tener que pensar.
Y ahora, de repente, la rutina le pesaba como una losa.
Los dedos dudaron sobre la pantalla.
Valeria: Sí. Pasa.
Dejó el móvil sobre la mesa.
El olor no se había movido.
—No pienses —se dijo en voz alta—. Solo actúa. Es Leo. Es lo de siempre. No ha cambiado nada.
Pero sabía que era mentira.
Leo llegó a las ocho y doce.
La rutina de siempre.
—Hola, escritora —dijo, dejando caer la mochila en el sofá.
Valeria lo besó en la mejilla. El gesto fue automático.
Él la miró un segundo de más.
—¿Todo bien?
—Sí. Cansada. El libro avanza mucho.
—Ya veo.
Leo señaló el escritorio, donde el ordenador seguía encendido con el manuscrito abierto.
—¿Puedo?
—Claro.
Se acercó a la pantalla.
Valeria lo observó desde el sofá, con el corazón latiendo más rápido de lo que debería.
No había nada que esconder.
Era solo un manuscrito.
Solo palabras.
Leo hojeó las primeras páginas en silencio.
Su expresión cambió.
Primero sorpresa. Luego algo que ella no supo identificar.
—¿Todo esto lo escribiste en una semana? —preguntó sin apartar la vista de la pantalla.
—Sí.
—Son muchas páginas.
—Ya.
Se hizo un silencio.
Leo seguía leyendo, o fingiendo leer. Valeria no podía ver su cara, solo su espalda y la tensión que se dibujaba en sus hombros.
—Este personaje —dijo al fin—. El de ojos grises.
—¿Qué pasa con él?
—Es diferente a tus otros personajes.
—¿En qué sentido?
Leo se giró para mirarla.
La luz de la lámpara proyectaba sombras sobre su rostro, pero por un instante —solo un instante— esas sombras parecieron moverse en dirección contraria a él.
Como si la luz no terminara de decidir dónde caer.
—Parece real —dijo—. Como si lo conocieras de verdad.
Valeria tragó saliva.
La marca ardió.
—Es un personaje, Leo. Los creo. Es mi trabajo.
—Ya. Pero cuando escribes lo que dice… ¿notas que a veces sabes cosas que no sabías? Cosas que no habías pensado antes de ponerlas en su boca.
El aire se tensó.
La marca ardía con más fuerza.
Valeria sintió un escalofrío que no era de frío.
—Eso pasa con todos los personajes —dijo. Su voz sonó más tranquila de lo que realmente se sentía—. Cuando escribes, las cosas salen solas.
—No. No es eso.
Leo negó con la cabeza.
—Es diferente. Él sabe cosas. Cosas que no están en la página. Como si estuviera esperando… como si la conociera de antes.
—¿De qué hablas?
—No sé. —Se encogió de hombros—. Solo es una sensación. Mientras leía, sentí que él sabe algo que ella no sabe. Que está esperando a que ella lo descubra.
La marca pulsó.
Fuerte.
Una sola vez.
Valeria apartó la mirada.
No quería que Leo viera sus ojos.
No quería que viera nada.
—¿Vienes a verme a mí o a mis personajes? —preguntó, forzando un tono ligero que no sentía.
Leo sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—A ti. Siempre a ti.
El silencio que siguió fue incómodo.
Los dos lo sintieron.
Los dos sabían que algo había cambiado, aunque ninguno quisiera nombrarlo.
—¿Quieres pedir comida? —preguntó Valeria, levantándose—. Tengo hambre.
—Claro. La de siempre.
Fue a la cocina a buscar el teléfono.
Necesitaba alejarse un momento.
Necesitaba respirar.
La marca seguía ardiendo.
El olor de Dorian impregnaba el apartamento, mezclado ahora con el de Leo, con el de la cena que pedirían, con el de la normalidad que ya no existía.
Pidió la comida.
Cuando volvió al salón, Leo estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
—Sí. Solo pensaba.
—¿En qué?
Él se giró.
La luz de la farola lo iluminaba desde atrás, creando un halo a su alrededor.
Por un momento —solo un momento— su silueta pareció tener dos contornos.
Como si no encajara del todo en el espacio que ocupaba.
—En nada —dijo—. En tonterías.
Valeria parpadeó.
La imagen había desaparecido.
Solo estaba Leo.
Su Leo.
El de los martes.
Cenaron viendo una serie que ninguno seguía realmente.
La conversación fue ligera, forzada, llena de silencios que antes no existían.
Cuando terminaron, cuando la comida se acabó y la serie llegó a los créditos, Leo la miró.
—¿Quieres que me quede?
No preguntó “¿vamos a la cama?” como siempre.
Preguntó si quería que se quedara.
Era diferente.
Era más.
Valeria dudó un segundo.
Solo un segundo.
Pero Leo lo notó.
—Si estás cansada, no pasa nada —dijo rápido—. Puedo irme.
—No, no. Quédate.
Fue a la cama con él.
El sexo fue mecánico.
Eficiente.
Familiar.
Los cuerpos sabían qué hacer, pero las mentes estaban en otro lado.
Ella pensaba en él.
En sus ojos grises.
En sus manos recorriendo su cuerpo.
En su voz diciendo todavía no.
Leo debió notarlo.
En algún momento se detuvo y la miró.
—¿Dónde estás?
—Aquí.
Mentira.
Los dos lo sabían.
Terminaron.
Se quedaron en silencio, cada uno a un lado de la cama, sin tocarse.
El espacio entre ellos era más grande que la habitación.
Leo se vistió antes de lo habitual.
—Tengo cosas mañana —dijo, aunque ninguno creyó la excusa.
En la puerta, la besó.
Fue un beso corto.
Distinto.
Como si ya no supieran cómo besarse.
—Hasta el martes.
—Hasta el martes.
Se fue.
La puerta se cerró.
Valeria fue a la ventana y apartó la cortina.
Leo caminaba por la acera de enfrente.
A medio camino, se detuvo.
Sacó el teléfono.
La pantalla se iluminó.
Vio que escribía algo, sus dedos moviéndose sobre el cristal, pero no pudo leer el mensaje.
No miró atrás.
Siguió caminando hasta perderse en la noche.
Valeria dejó caer la cortina.
La marca pulsó.
El olor la envolvía.
Fue al ordenador.
El manuscrito estaba abierto en la página donde Leo había estado leyendo.
No recordaba haberlo dejado así.
Recordaba haberlo cerrado antes de cenar.
Pero estaba abierto.
Y al final, después de la última línea que ella había escrito, había una nueva.
Una sola línea.
No confíes en él.
Su letra.
Su procesador de texto.
Pero no fue ella.
Valeria leyó la línea una vez.
Dos veces.
Tres.
La marca pulsó.
Fuerte.
El olor se intensificó.
Miró hacia la puerta.
Luego hacia la ventana.
Leo ya no estaba.
Pero alguien había estado ahí.
Alguien seguía ahí.
—¿Quién eres? —susurró al aire.
Nadie respondió.
Pero el olor no se fue.
Se sentó frente al ordenador.
Los dedos inmóviles sobre el teclado.
La línea la miraba desde la pantalla.
No confíes en él.
¿En Leo?
¿En Dorian?
¿En ella misma?
Quiso escribir algo.
Una pregunta.
Una respuesta.
Cualquier cosa.
Pero las palabras no llegaban.
El cursor parpadeaba.
Esperando.
Entonces lo vio.
Justo debajo de la advertencia, un parpadeo.
Una nueva línea apareció letra por letra, como si alguien estuviera escribiendo en tiempo real.
No en Leo. En todos.
Valeria contuvo el aliento.
Miró a su alrededor.
La habitación estaba vacía.
La puerta, cerrada.
La ventana, con la cortina moviéndose lentamente por la corriente.
Pero las letras seguían apareciendo.
Desconfía de los que dicen quererte sin pedir nada. Siempre piden algo.
El cursor se detuvo.
La frase quedó ahí.
Flotando.
Acusando.
Valeria pasó los dedos por las teclas, pero no escribió nada.
No sabía qué escribir.
No sabía si quería saber más.
El olor la envolvía.
La marca pulsaba lenta, constante.
Y ella, en lugar de cerrar el ordenador, se quedó mirando la pantalla.
Esperando.