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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Tu voz ronca.

Me encantaba cuando tenías la voz ronca. Por sueño, por un resfrío, por lo que fuera. Sonabas tan lindo, Teo, lo juro. Aunque cada vez que te lo decía te daba vergüenza, y debo reconocer que cuanto más te sonrojabas, más me gustabas.

Siempre te decía que antes yo era muy como vos, muy vergonzoso. Con los años aprendí a no sonrojarme por todo. Quizás por eso me daba tanta ternura verte así. Quizás era eso: que me hacías recordarme. A mi yo adolescente. A mi yo tímido. A mi yo inocente.

Esa noche, cuando me acosté, te habías quedado leyendo. Siempre que venías elegías un libro. Me preguntabas de qué trataba, si te iba a interesar, y después te sentabas durante horas a leer. A veces te lo llevabas prestado, otras te quedabas en el sillón como si estuvieras en una biblioteca pública. Me encantaba. La lectura siempre fue una parte importante de mi vida, y descubrir en vos ese lector nocturno me fascinaba.

Pasaste toda la noche leyendo. Me quedé dormido mirándote, sin poder creer lo lindo que te veías. No te dije nada para no interrumpirte.

A la mañana siguiente me desperté para ir a trabajar y ahí estabas, dormido a mi lado, tan lindo como siempre. Con esa cara de ángel y el libro a medio abrir apoyado sobre tu pecho. Me acerqué para sacártelo y me agarraste de los brazos, todavía con los ojos cerrados, y me tiraste de nuevo a la cama. Me abrazaste y me pediste que me quedara con vos.

Tenías la voz ronca.

Claramente no pude resistirme. No esa mañana. Era tu arma más seductora y lo sabías. Nos quedamos acurrucados bajo las sábanas toda la mañana, acariciándonos. Tus labios estaban especialmente suaves ese día.

Me levanté con la idea de preparar el desayuno, pero me demoré en la ducha y al final lo terminaste haciendo vos. El desayuno era un ritual muy tuyo. Pasé años acostumbrado al café de la mañana, y con vos empecé a tomar té frutales: frutos rojos, durazno, manzana y muchos más. Ibas cambiando el sabor cada dos o tres semanas.

Lo preparabas sin apuro, disfrutándolo y yo te miraba. Nunca te dije con palabras cuánto me gustaba ese ritual. Siempre te agradecía con una sonrisa enorme, pero no quería que sintieras que tenías que hacerlo por mí. Me gustaba saber que lo hacías porque te nacía.

Cada tanto me descubrías mirándote y te sonrojabas. Me preguntabas por qué te miraba así, y yo solo sonreía. Te miraba porque cada mañana, al despertar, estaba agradecido de que me eligieras. Eras esa persona que siempre esperé encontrar (y tuve la suerte de volver a encontrar por segunda vez), en mi vida. Un hombre completo, mucho más de lo que yo sentía merecer.

Estaba feliz de haberte elegido aquella noche en el taxi. Y de volver a elegirte cada mañana que despertábamos juntos. Y de que vos también me eligieras, día tras día.

Me llamaron del trabajo. Me necesitaban, así que empecé a prepararme. Estabas sentado leyendo en el sillón. Para no interrumpirte te besé la cabeza y susurré un adiós. Me agarraste la mano, la llevaste a tu boca y me besaste los nudillos antes de seguir leyendo.

Al salir, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me acordé de Santiago. Él besaba mis manos todos los días, nudillo por nudillo. Recordé momentos de cuando todavía estaba a mi lado. Y sonreí al pensar que te había encontrado después de haberlo perdido. Después de haberme perdido yo.

Durante las primeras semanas busqué parecidos entre ustedes. Después dejé de hacerlo. Eran distintos. Únicos. Auténticos.

En el trabajo estuve ocupado todo el día. Cuando me di cuenta ya era tarde. Dejé todo y te mandé un mensaje diciéndote cuánto te amaba y cuánto agradecía que estuvieras en mi vida. Me respondiste con una foto, despeinado, riéndote. Sabías que me gustaba verte así. De hecho, yo mismo te despeinaba todos los días.

Había estado pensando toda la tarde en proponerte que vivieras conmigo. En realidad ya lo hacías. Tenías la copia de la llave desde hacía tiempo e ibas y venías entre mi casa y la de tus padres. Me animé y te mandé un audio ofreciéndotela oficialmente. Regalándotela. Sin presiones.

Tardaste doce minutos eternos en responder. Imaginé de todo: que dudabas, que juntabas tus cosas, que te arrepentías. Pero cuando llegó tu mensaje, todo ese miedo desapareció. Estabas llorando. Me aclaraste enseguida que no era de tristeza, sino de felicidad. Me dijiste que sí. Que te venías definitivamente conmigo. Que no podías creer que te lo pidiera tan pronto y que me dabas tiempo por si me arrepentía.

Te llamé. No podía seguir por mensajes. Nos reímos un buen rato. Me pediste que esa noche comprara algo rico. Yo sabía que para vos “algo rico” siempre era dulce.

Encargué cupcakes de colores. Les pedí que llevaran letras formando la frase:

“GRACIAS POR TU AMOR”

El resto, corazones y confites de todos los colores.

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Benjamín Gohega
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