Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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El Peso de las Mareas Divinas
La Vía Láctea no era una simple franja de estrellas sobre la capital imperial de Solaria; era una cicatriz palpitante de energía arcanofísica. En el vasto Imperio de Aethelgard, el destino de una vida quedaba sellado con el primer aliento bajo la bóveda celeste. Aquellos alumbrados por el resplandor diurno del Sol nacían con la potestad de transmutar la materia: forjar acero con la mirada, condensar el aire hasta volverlo cristal, o desintegrar murallas de piedra en polvo fino. En cambio, quienes llegaban al mundo bajo el imperio tenue de la Luna poseían el dominio del éter invisible: la mente, la memoria, la percepción y el miedo.
En el bastión de la Órbita Umbría, el palacio ancestral del Gran Ducado Lunar, el silencio no era ausencia de ruido, sino una presencia física minuciosamente orquestada.
El Archiduque Valerius von Nightshade permanecía frente al ventanal de su estudio privado, con los brazos cruzados a la espalda. A sus cuarenta y dos años, el paso del tiempo no había debilitado su compostura; al contrario, había esculpido en su rostro una elegancia severa y depredadora. Su cabello, de un plateado ártico pulcro, caía peinado hacia atrás, resaltando la palidez de su piel y la intensidad casi inquietante de sus ojos obsidianas. Vestía un abrigo militar de terciopelo azul noche, abotonado hasta el cuello con insignias de plata con la forma de la luna creciente.
Valerius exhaló despacio. A través del cristal de cuarzo refinado, observaba la Ciudad Radiante a lo lejos, resplandeciendo bajo los rayos dorados del atardecer. Para el vulgo, la capital era una maravilla de ingeniería y opulencia. Para Valerius, no era más que un tablero de ajedrez cuya partida llevaba quince años diseñando.
Quince años destruyendo alianzas nobles desde el anonimato. Quince años sembrando desconfianza en la Gran Inquisición. Quince años esperando la alineación cosmológica que ocurriría en tan solo tres meses: el Eclipse de Sangre Millonario. El momento único en el que las leyes divinas se fracturaban y un sacrificio de sangre real frente al altar del Cenit concedía la divinidad absoluta a quien orquestara el rito.
—Mi Lord.
La voz sonó suave, emergiendo de entre las cortinas de damasco pesado. Corvus, el capitán de su guardia personal y su telépata de mayor confianza, dio tres pasos dentro de la penumbra.
—Habla, Corvus —ordenó Valerius sin darse la vuelta. Su voz era un barítono terso, sereno, pero imbuido de una autoridad implacable.
—Las patrullas de la Inquisición han cercado el sector oeste de las Minas de Obsidianas. Las filtraciones eran ciertas. El Emperador Solarius IV ha enviado al regimiento del Halcón Dorado para erradicar el último vestigio de la estirpe menor del Sol.
Valerius entornó los ojos. Un leve destello de magia psiónica hizo vibrar el aire a su alrededor. La telequinesis sutil que dominaba balanceó un estilete de plata sobre su escritorio.
—¿El joven príncipe está allí?
—Sí, Lord Valerius. El príncipe Aurelius. Las informaciones indican que el Emperador no desea capturarlo. La orden es de ejecución inmediata antes de que la Luna de Sangre empiece a manifestar sus primeras mareas. El Emperador le teme a lo que la profecía solar atribuye al muchacho.
Un gesto de desdeñosa fascinación cruzó el rostro del Archiduque. Aurelius del Sol. El último hijo de la concubina prohibida del fallecido Príncipe Heredero. Un muchacho de apenas veinte años al que la corte imperial tildaba de "El Maldito". A diferencia de los lores solares, capaces de moldear estructuras perfectas de hierro y fuego limpio, la magia de Aurelius era un desastre incontrolable: un fuego devorador que no creaba, solo consumía la materia a su alrededor hasta dejar nada más que ceniza muerta. Para la corona, un defecto intolerable; para un conspirador como Valerius, una variable imprevista que podía ser convertida en la pieza clave de su jaque mate.
—El Emperador es un ignorante guiado por la paranoia —murmuró Valerius, girándose finalmente. Se sirvió un vaso de vino especiado en una copa de cristal pulido—. Matar a un recipiente de sangre pura solar justo antes del eclipse destruye el equilibrio de las mareas. Si Aurelius muere a manos de Solarius, la corona purificará la red telúrica. Necesito esa sangre solar intacta para el sacrificio.
—¿Cuáles son sus órdenes, Excelencia? —preguntó Corvus, inclinando la cabeza.
—Prepara la guardia de sombra. Partiremos de inmediato hacia el barranco del Juicio —Valerius esbozó una sonrisa fría, sin un ápice de calidez en la mirada—. Rescataremos al pequeño príncipe de las garras de la Inquisición. Si la suerte nos sonríe, el chico me deberá la vida. Y no hay mejor cadena política que una deuda de sangre con alguien desesperado por sobrevivir.