Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.
Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.
Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.
Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.
Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:
amarlo no era destino.
Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Sofía dejó el desayuno sobre mi escritorio como si me estuviera haciendo un favor.
—Tiene que probarlo, doctora. Sebastián cocina delicioso.
Sebastián.
No mi esposo.
No el hombre que llevaba cinco años entrando y saliendo de mi cama.
Su Sebastián.
La bolsa olía a pan tostado, huevo y fruta fresca. Todo perfectamente acomodado, cuidado, tibio todavía. Ese detalle me dio más náusea que cualquier alimento.
Conmigo, Sebastián no sabía ni dónde estaba la cocina.
Con ella, madrugaba.
—Gracias —dije.
Sofía sonrió, satisfecha.
—No me dé las gracias. Usted nos ayudó muchísimo anoche.
Nos.
Yo no pertenecía a ese “nos”. Yo era la doctora útil, la esposa escondida, la mujer que podía quedarse sin dormir para cuidar al hijo de otra.
Cuando Sofía se fue, miré la bolsa un rato largo.
La tiré completa al bote.
No fue dignidad. Fue supervivencia.
Clara entró poco después y alcanzó a ver el movimiento.
—¿Qué tiraste?
—Nada importante.
Se asomó al bote.
—Eso parece desayuno caro.
—Lo era.
Clara cerró la puerta con el pie y bajó la voz.
—Escuché cosas de la paciente de anoche. Sofía Castañeda, ¿no? Está en último año de medicina. Intentó entrar al hospital por examen y no pasó.
No me sorprendió.
—Ahora va a entrar por otro examen.
—El examen se llama Sebastián Alcázar.
La frase fue vulgar y exacta.
Clara se sentó frente a mí.
—Dicen que él va a donar equipo para abrirle un lugar. Una plaza bonita, sin guardias pesadas, sin ensuciarse demasiado.
Pensé en mis primeros años. Guardias de treinta y seis horas. Comida fría. Pacientes complicadas. Sebastián diciéndome que si estaba cansada era porque no tenía carácter.
Sofía no tendría que probar carácter.
Solo tendría que sonreír.
—Si no tiene capacidad, no va a durar —dije.
Clara soltó una risa sin humor.
—Con alguien como él detrás, la incapacidad también dura.
Ese día trabajé hasta tarde.
El cuerpo me pesaba de una forma rara. No era solo cansancio. Era el embarazo, la falta de sueño y esa sensación de vivir con una piedra atorada en la garganta.
Cuando llegué a casa, apenas pude quitarme los zapatos. Me dejé caer en el sofá y cerré los ojos.
—Llegas tarde.
La voz de Sebastián salió desde el comedor.
Abrí los ojos.
Estaba en casa.
Eso también me pareció una burla. Cuando yo lo esperaba, no venía. Cuando ya no quería verlo, aparecía como dueño de todo.
—Tuve cirugías.
—Hazme de cenar. Quiero costillas.
Lo miré.
Traía ropa cómoda, cara, limpia. Ni una señal de cansancio. Ni una pregunta sobre mi guardia.
—¿Y Carmen?
—La despedí.
—¿Por qué?
—Tú siempre haces todo, ¿no? Pensé que te gustaba.
Me quedé callada un segundo.
Durante años cociné, limpié, ordené la casa, compré cosas con mi sueldo para que este lugar se sintiera nuestro. Creí que el amor también podía demostrarse doblando camisas y preparando comida.
Para él, todo eso era mi pasatiempo.
—No me siento bien —dije—. Pide algo.
Intenté subir.
Sebastián me agarró la muñeca.
—¿Ahora te haces la débil porque estoy con Sofía?
La muñeca me dolió. Estaba demasiado flaca. Él pareció notarlo, pero no aflojó.
—Suéltame.
—Eres su doctora. Quiero que me digas qué puede comer, qué no puede hacer, qué señales debo vigilar.
Por eso estaba en casa.
No por mí.
Por ella.
Se sentó con una libreta y una pluma.
Yo le expliqué lo necesario: alimentación, reposo, señales de alarma, medicamentos prohibidos, controles. Mi voz sonaba baja, casi gastada. Él anotó todo con atención.
Una atención limpia.
Una atención que jamás me dio.
Cuando terminé, cerró la libreta y se levantó.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Sabía que iba a irse con ella.
Lo vi tomar las llaves, y algo dentro de mí, en lugar de romperse otra vez, se quedó quieto.
—Sebastián.
Se detuvo sin voltear.
—Nos divorciamos.
Giró despacio.
—¿Otra vez con eso?
—No estoy jugando.
—Claro que estás jugando. Te dio celos que hiciera pública a Sofía.
—Me dio vergüenza seguir siendo tu secreto.
Su expresión se endureció.
—Bien. Como quieras.
Lo aceptó demasiado rápido.
La puerta se cerró detrás de él y la casa pareció quedarse sin aire.
Me senté en el piso porque las piernas no me sostuvieron.
Cinco años de matrimonio.
Ocho años amándolo.
Y al final, para que él aceptara dejarme, solo hizo falta que otra mujer estuviera embarazada.
No dormí bien. Cuando por fin logré cerrar los ojos, el teléfono sonó.
Era el sanatorio.
—Doctora Rivas, su madre mostró señales de respuesta. Necesitamos aplicar un medicamento especial. Es caro, pero puede ayudar.
—Aplíquenlo.
Ni siquiera pregunté cuánto.
Cuando intenté pagar, la tarjeta secundaria no pasó.
Volví a intentarlo.
Nada.
El mensaje fue claro: bloqueada.
Me quedé mirando la pantalla como una idiota.
Habían pasado pocas horas desde que pedí el divorcio.
Sebastián podía no recordar mi cumpleaños, pero sí sabía castigar rápido.
Mi sueldo se iba en la casa, en el hospital de mi madre, en mantener una vida que él trataba como si me la regalara. Revisé mi cuenta. No alcanzaba.
Llamé a Clara.
Me dio pena. Mucha.
Nunca me gustó pedir.
Pero mi madre no podía pagar mi orgullo.
—¿Cuánto necesitas? —preguntó Clara, sin hacerme explicar demasiado.
Se lo dije.
—Te lo mando ahora.
—Te lo devuelvo pronto.
—Devuélvemelo cuando puedas respirar.
Colgué con los ojos llenos de lágrimas.
A la mañana siguiente llegué temprano al hospital.
Las puertas del elevador se abrieron y ahí estaban.
Sofía, tomada del brazo de Sebastián, con un vestido claro y cara de niña que no quería causar molestias.
—Sebastián, esto se ve mal —decía—. Van a decir que entré por palanca.
Él le acomodó un mechón de cabello.
—Eres mi protegida. ¿Quién se atreve a decir algo?
—Pero no quiero que me traten diferente.
—Estás embarazada. No voy a dejar que te desgastes corriendo de un lado a otro.
La ternura en su voz me clavó al piso.
Cuando yo entré a este hospital, hice guardias como todos, cargué expedientes, me gané cada sala, cada paciente, cada firma. Si me quejaba, Sebastián decía que la competencia no era para débiles.
Sofía ni siquiera había empezado y ya tenía camino pavimentado.
Me limpié una lágrima antes de que alguien la viera.
—Doctora Rivas, ¿está bien? —preguntó Lupita al pasar.
—Me arden los ojos. No dormí.
Mentira.
También era una forma de seguir de pie.
Entré a mi oficina y choqué con Sebastián, que salía a prisa.
Su pecho me golpeó el hombro. Tuve que apoyarme en el marco para no caer.
Él me miró con fastidio.
—Sofía está aquí. No hagas escenas de esposa celosa en público.
Tragué el dolor.
—Quédate tranquilo. En público ni siquiera soy tu esposa.
Por primera vez en la mañana, su cara cambió.
Rico conocer el final