¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?
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EL GUARDIAN.
La mano seguía ahí, agarrada al televisor.
Y no era una alucinación.
Las uñas, largas y negras como piedras, estaban rayando el plástico del marco, dejando unas marcas profundas que no deberían poder hacerse. Sonaba feo, como cuando uno raya un vidrio con un cuchillo.
Mateo se fue para atrás hasta que pegó contra la pared.
La mancha negra que tenía en la palma le empezó a arder. Pero arder de verdad, le tocó apretar los dientes durísimo para no gritar.
La mano se quedó quieta. Y despacito, con un dedo, lo señaló a él.
Y la voz del juego sonó otra vez.
—El Primer Guardián te espera. Cruza el umbral.
La pantalla cambió de una. Ahora mostraba un túnel de piedra con antorchas de fuego negro. Al fondo había una puertota de hierro llena de candados, y en la mitad el mismo símbolo de los asesinatos, ese círculo con tres rayas.
Y sin más, el televisor se apagó. La mano ya no estaba.
La pieza quedó en silencio. Solo quedó un olor como a tierra mojada... y las cinco rayas marcadas en el marco del televisor.
Mateo se acercó con miedo, pasó el dedo por las grietas.
Eran reales. No había forma de explicar eso.
—¿Qué carajos está pasando...?
Y ahí le vibró el celular. Un mensaje de un número que no conocía.
"No dejes que tu papá encuentre la Puerta."
Arrugó la frente y contestó de una.
—¿Quién sos?
El mensaje se envió, pero nunca salió el doble chulo. Y a los segundos, el chat entero desapareció, como si nunca hubiera existido.
*En la central*
Héctor no podía concentrarse. Tenía la foto de la iglesia ahí, sobre el escritorio, mirándola por décima vez.
No tenía lógica. Esa foto era de muchos años antes de que Mateo naciera. Era imposible que ese niño fuera él. Pero... era igualito.
Se abrió la puerta. Era Valeria Montes, la inspectora que trabajaba con él hace unos diez años.
—Encontramos algo del Proyecto Umbral.
Héctor levantó la mirada.
—Hable.
Valeria le tiró una carpeta en la mesa.
—No era militar. Era una investigación internacional, con plata de varios gobiernos metida por debajo de cuerda. Querían probar que había otras dimensiones.
—¿Y las encontraron?
Valeria se quedó callada un ratico.
—Según los papeles, sí.
—¿Y qué había del otro lado?
Respiró hondo antes de contestar.
—Nadie cuenta lo mismo. Uno dijo que vio un océano que no se acababa nunca. Otro que vio una ciudad. Otro que solo vio oscuridad. Pero todos coincidieron en algo.
—¿En qué?
—Todos escucharon la misma voz.
Se hizo un silencio pesado.
—¿Qué les decía?
Valeria tragó saliva.
—"Mándenme un heredero."
*Mateo*
Ese día no fue a clases. Necesitaba respuestas.
Prendió la consola. El menú había cambiado, ya no decía "Nueva Sentencia". Ahora solo había tres cosas: Registro de Sentencias, Mapa del Otro Lado y Fragmentos del Trono.
Le dio al mapa. Volvió a salir el continente oscuro, pero el puntico rojo ya se estaba moviendo solo hacia una parte que decía Bosque de los Olvidados. Hizo zoom y vio miles de siluetas de gente pegadas a árboles gigantes. Cada tronco tenía una cara, cada rama parecía un brazo.
Le salió un mensaje: Objetivo actualizado. Encuentra al Primer Guardián antes del próximo amanecer.
—Ajá, ¿y cómo se supone que haga eso? —dijo Mateo.
El televisor le contestó. Le mostró unas coordenadas, pero no eran del Otro Lado, eran de su propia ciudad. Era la vieja estación del tren, esa que lleva como veinte años cerrada.
Sintió como unas ganas raras de ir. Trató de no hacerle caso, apagó la consola, pero las coordenadas se le quedaron grabadas en la cabeza, como si se las hubieran escrito adentro.
*Esa noche*
Se escapó de la casa sin hacer ruido. El cielo estaba negro, lleno de nubes. La estación parecía un esqueleto de cemento, con los vidrios rotos y las paredes todas rayadas. No había luz, solo el viento sonando por los pasillos.
Prendió la linterna del celular y apenas dio unos pasos escuchó un murmullo. No era una sola voz, eran un poco, todas susurrando lo mismo.
—Heredero... heredero... heredero...
Le dio un frío horrible. De la nada apareció una puerta de metal que no estaba en los planos que había visto. Tenía el símbolo del juego grabado y se abrió sola. Detrás había unas escaleras que bajaban hacia lo oscuro.
Dudó. Sabía que lo inteligente era irse, llamar a la policía, contarle al papá. Pero las piernas se le movieron solas. Bajó.
Cada escalón se veía más viejo. Hasta que llegó a un salón gigante subterráneo. En la mitad había una estatua como de cinco metros, un caballero arrodillado con una espada clavada en el piso y un casco sin huecos para los ojos. Al frente había un pedestal con un cristalito negro.
Apenas dio un paso hacia el cristal, la estatua movió la cabeza. No era piedra. Adentro había carne y se le abrieron dos ojotes blancos mirándolo fijo.
El bicho se paró y todo el lugar tembló.
—Han pasado... trescientos cuarenta y un años... —dijo con una voz gruesa que hacía vibrar las paredes.
Dio un paso.
—Por fin...
Otro paso.
—El Heredero ha venido.
Mateo se fue para atrás.
—¿Quién sos vos?
El bicho agachó un poco la cabeza.
—Fui el primero en aceptar el juicio. Fui el primer rey. Y el primer esclavo.
Levantó la espada despacio.
—Si querés el Trono... tenés que demostrar que sos digno.
Pegó con la espada contra el suelo y se fue todo a negro. Por unos segundos no se vio nada.
Cuando volvió la luz, la estación ya no estaba. Mateo ya no estaba en este mundo. Al frente tenía un bosque infinito de árboles hechos de cuerpos humanos. Se había cruzado para el Otro Lado.
*Al mismo tiempo, arriba*
Varias patrullas rodearon la estación. A Héctor lo habían llamado.
—Su hijo está aquí.
Entró con unos agentes y revisaron todo. No había nadie. Pero en la mitad del edificio había algo imposible: una grieta negra flotando en el aire, como de tres metros, como si alguien hubiera cortado la realidad con un cuchillo.
Un agente estiró la mano para tocarla y Héctor gritó:
—¡No!
Muy tarde. La grieta se abrió un poquito y una mano monstruosa salió disparada, lo agarró del cuello y se lo llevó para adentro. La grieta se cerró de una. El man desapareció sin dejar rastro.
Todos se quedaron callados, nadie se movía.
Ahí Héctor entendió que todo lo del Proyecto Umbral era verdad. No estaban detrás de un asesino. Estaban frente a algo que nunca debió existir.
Y mientras él miraba la grieta ya cerrada, en el Otro Lado el caballero levantó la espada y apuntó a Mateo.
—Solo uno de los dos va a salir vivo de este bosque.
La tierra se empezó a abrir y un poco de figuras sin cara empezaron a salir del suelo. Y desde lo más adentro del bosque, un rugido gigante que hizo temblar hasta el cielo avisó que algo peor se acababa de despertar.
Continuará...