Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.
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Eldoria el Reino sumido en la miseria
Casi como si un rayo hubiera atravesado su cuerpo, Leo despertó boca abajo, con la cara hundida en el barro justo cerca de los desechos humeantes de un caballo que acababa de pasar a su lado.
Tosió violentamente, escupiendo tierra y fango espeso mientras sus manos, desesperadas por limpiarse, solo consiguieron embarrarle las mejillas y la frente con una mezcla hedionda de excremento y agua estancada. Con el pecho ardiéndole —el fantasma de la bala en su hombro aún punzándole en los nervios—, logró alzar la cabeza y abrir los ojos, parpadeando contra la penumbra grisácea del alba.
El asfalto liso de Los Mochis, las luces de neón de la taquería y el rugido de las patrullas se habían esfumado.
Lo que tenía enfrente era un cuadro sacado de una pesadilla medieval. Las casas a su alrededor eran armatostes de madera podrida y piedra carcomida, con los techos combados bajo el peso de la pobreza. Las pocas tiendas que flanqueaban el callejón mostraban escaparates con cristales rotos y tablones mal clavados. Y bajo sus rodillas, donde antes había pavimento y concreto, los adoquines irregulares, cubiertos de musgo y mugre, confirmaban la peor de las verdades: ya no estaba en su mundo.
El aire olía a humedad, a sudor rancio, a humo de carbón barato y a una miseria tan profunda que parecía flotar en el ambiente como una brisa pesada.
Unos metros más adelante, una figura encorvada arrastraba los pies por el callejón, cargando un saco de yute remendado, ignorando por completo al joven que yacía tirado en el lodo como un perro abandonado. Leo se quedó helado, con las manos temblando sobre los adoquines fríos, mientras su mente de ingeniero, acostumbrada a buscar explicaciones lógicas y planos exactos, se estrellaba contra el muro impenetrable de lo inexplicable.
—No... no puede ser... —murmuró su voz, ronca y quebrada por la tierra.
Intentó ponerse de pie, impulsando las piernas con la fuerza de la costumbre, pero los músculos fallaron al instante y volvió a caer de rodillas sobre los adoquines con un golpe seco. Las extremidades no respondían; le pesaban como si estuvieran hechas de plomo, pero al mismo tiempo se sentían vacías, huecas.
A su lado, un charco de agua estancada y sucia formaba un espejo irregular bajo la pálida luz del alba. Con la respiración agitada, Leo se inclinó hacia adelante y miró su reflejo.
El rostro que le devolvió la mirada no era el suyo.
Los ojos estaban hundidos en cuencas oscuras, rodeados por círculos amoratados que gritaban un agotamiento crónico y semanas —o meses— de inanición. Su piel se pegaba con desesperación a la estructura ósea de la mandíbula y los pómulos. Al levantar las manos temblorosas y retirar los jirones de tela sucia que colgaban de sus hombros, la revelación lo golpeó con más fuerza que el camión.
No había rastro de la complexión firme que había forjado entre el trabajo pesado
de la taquería y las largas horas de pie. Aquel cuerpo era el de un esqueleto viviente: piel translúcida, costillas marcándose con crudeza bajo el pecho y brazos donde los músculos se habían consumido por completo, reducidos a tendones y hueso puro.
No solo lo habían arrojado a un infierno medieval; lo habían metido a la fuerza en los huesos de alguien que ya estaba muerto en vida, un alma anónima que había expirado en el mismo instante en que el mundo de Leo se había apagado.
Un par de botas blindadas, cubiertas de lodo seco y herrumbre mal disimulada, se detuvieron a su lado con un crujido pesado.
Leo ni siquiera tuvo tiempo de levantar la vista. Una bota de hierro se empotró de lleno contra sus costillas, sacándole el escaso aire que le quedaba en los pulmones y devolviéndolo a la mugre del suelo con un quejido ahogado.
El hombre que lo había pateado no se parecía en nada a los paladines de los cuentos de hadas o a los héroes acorazados de los videojuegos que tanto había estudiado. Su cota de malla estaba negruzca y deshilachada, el peto metálico mostraba abolladuras profundas y una capa de óxido que comía el acero, y el tabardo que alguna vez debió llevar los colores del reino colgaba hecho jirones. Era la viva imagen de la decadencia militar.
—Hazte a un lado, plebeyo —escupió el caballero con una risa fría y despectiva, ajustándose la espada al cinto—. Si no tienes para pagar la cuota de la muralla, lo mínimo que mereces es morir como perro en la zanja.
Sin mirarlo otra vez, el soldado continuó su marcha por el callejón, arrastrando las placas de su armadura en un tintineo lúgubre mientras su carcajada se disipaba entre las paredes de piedra carcomida.
El mensaje era cristalino, crudo y sin anestesia. El reino no solo estaba en la miseria; estaba podrido desde las entrañas, gobernado por parásitos armados que exprimían los restos de una población hambrienta mientras las murallas se caían a pedazos. Apretando los dientes hasta hacerlos crujir, Leo sintió cómo el dolor físico en sus costillas rotas era eclipsado rápidamente por un fuego helado que le recorría la espina dorsal.
No había dioses bondadosos, no había una misión sagrada ni un tutorial amable. Solo había podredumbre, abuso y un cuerpo esquelético que apenas le sostenía la vida.
Las costillas le punzaban con cada respiración, un dolor agudo que le quemaba el pecho. Con las manos apoyadas en el frío lodo de los adoquines, Leo logró ponerse de pie, tambaleándose como un borracho. Sus piernas, reducidas a meros huesos, temblaban bajo el escaso peso de su nuevo cuerpo.
Apretando los dientes para ahogar un quejido, comenzó a avanzar por las calles secundarias del poblado.
A cada paso, el ambiente se volvía más denso. Las casas de madera carcomida daban paso a un mercado improvisado en una plaza polvorienta, donde la miseria se exhibía sin pudor. Aquí no había oro ni banquetes; la gente se arremolinaba alrededor de puestos miserables donde se vendían raíces secas, pan negro endurecido como la piedra y retazos de carne dudosa.
Leo intentó acercarse a una fuente pública para calmar la garganta reseca, pero apenas dio un paso hacia el borde de piedra, una mujer de delantal sucio le lanzó un manotazo con una vara de madera.
—¡Largo de aquí, piojoso! —le gritó con desprecio, escupiendo al suelo a su lado—. ¡No ensucies el agua con tu peste! ¡Lárgate a morir a otro lado!
Los murmullos de alrededor no tardaron en sumarse. Los rostros de los ciudadanos, demacrados por el hambre y endurecidos por la desesperación, lo miraban con una mezcla de repugnancia y terror. En un reino donde la comida escasea y las leyes de los nobles exprimen hasta el último centavo, un vagabundo esquelético no es un ser humano al que ayudar; es una boca inútil que roba aire, un recordatorio viviente de lo cerca que todos están del abismo.
Un mercader que acomodaba costales de grano lo apartó de un empujón con el pie, mandándolo de bruces contra la pared de piedra.
—Si tienes fuerzas para caminar, vete a los muelles o a las zanjas del sur —masculló el hombre sin siquiera mirarlo a los ojos—. Aquí solo traes mala suerte.
Nadie le ofreció una mano. Nadie sintió lástima. En Los Mochis, su vida ya era dura, pero al menos existía el asfalto, un sueldo al final de la semana y la ilusión de un futuro. Aquí, en este muladar medieval, la vida de un hombre valía menos que la broza de la calle.
Sintiéndose asfixiado por la hostilidad del gentío, Leo se apartó de la plaza principal, cojeando con furia contenida. El desprecio de esa gente, que se resignaba a vivir de rodillas ante los caballeros que lo habían pateado, encendió una chispa peligrosa en su interior. No sentía empatía por ellos; sentía una profunda repulsión ante su pasividad, combinada con la ira sorda de saber que, en ese momento, él era el más débil de todos.
Apoyando la espalda contra la pared fría de un callejón sin salida, respirando con dificultad y con los nudillos blancos de tanto apretar los puños, la realidad se cernió sobre él con brutalidad. Su mente, saturada de trigonometría, balística y manuales de ingeniería moderna, estaba atrapada en un cascarón hambriento y desamparado.
Si quería sobrevivir a este infierno y escupirle en la cara a un mundo que volvía a rechazarlo, tendría que dejar de pensar como una víctima.
El instinto primario de supervivencia —esa misma urgencia que lo había hecho aferrarse al asfalto de Los Mochis— le exigió alejarse de los rostros hostiles y de los callejones donde los caballeros patrullaban a su antojo.
Dejó atrás el mercado polvoriento, ignorando los gritos lejanos y las miradas de desprecio, y comenzó a cojear a toda velocidad hacia los límites del asentamiento. Con cada paso, las costillas le protestaban y el aire le quemaba los pulmones, pero la adrenalina del rechazo lo empujaba hacia adelante.
Al cruzar los últimos conglomerados de chozas hechas jirones, el terreno pavimentado y la tierra pisada dieron paso a la maleza salvaje. Leo se adentró en el bosque que bordeaba el reino, un territorio de árboles retorcidos, copas densas que apenas dejaban pasar la pálida luz del día y un suelo alfombrado de hojarasca húmeda y raíces traicioneras.
Apenas unos metros adentro, la fuerza de sus piernas lo abandonó por completo. Cayó de rodillas sobre el musgo frío, con la respiración agitada y un sabor metálico en la boca. Se arrastró con lo último que le quedaba de energía hasta la base de un árbol viejo, apoyando la espalda contra la corteza rugosa.
El silencio del bosque lo envolvió de golpe, muy diferente al bullicio miserable del pueblo. Aquí solo se escuchaba el crujir de las ramas por el viento y el zumbido lejano de su propia sangre en los oídos.
Estaba solo. Hambriento, con el cuerpo destrozado de un desconocido, sin una sola herramienta a la mano y en un mundo que no comprendía del todo.
Cerró los ojos con fuerza, apretando los puños contra el suelo hasta que las uñas se le clavaron en la tierra húmeda.
La frustración y el resentimiento acumulados desde el examen rechazado de la Marina hasta la bota de aquel caballero se arremolinaron en su pecho, transformándose en una rabia fría y calculadora. No iba a morir en ese bosque como un animal herido. Si la vida le había regalado otra oportunidad en este muladar de fantasía, iba a demostrarles a todos —al sistema que lo rechazó, a los caballeros que lo patearon y a este maldito reino decadente— de lo que era capaz una mente obsesionada con la destrucción y la mecánica.