Jade desafía el poder de Derek y se niega a ceder ante su arrogancia, mientras una atracción peligrosa amenaza sus límites.
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CAPÍTULO 3
Derek y Emilio salieron de la empresa cuando el día comenzaba a caer. Habían pasado demasiadas horas entre reuniones, informes, llamadas y decisiones que parecían multiplicarse cada vez que intentaban cerrar una jornada.
—Necesito un trago —dijo Emilio mientras caminaban hacia el estacionamiento.
Derek soltó una breve risa.
—Pensé que nunca lo dirías.
—Lo digo cada vez que salimos de aquí.
—Y cada vez terminas diciendo que mañana vas a renunciar.
—Porque algún día lo haré.
—No te creo.
—Yo tampoco.
Ambos rieron.
Como hacían de vez en cuando, decidieron dejar la empresa atrás y dirigirse a un lugar donde pudieran sentarse tranquilos, tomar algo y olvidarse por unas horas de que tenían responsabilidades que atender.
Cuando llegaron, ocuparon una mesa apartada. No tardaron en tener sus vasos frente a ellos.
Durante los primeros minutos hablaron de trabajo. De los próximos embarques, de los números de la empresa, de algunas decisiones que debían tomar y de los problemas que habían surgido con ciertos proveedores.
Pero, inevitablemente, la conversación terminó en el mismo lugar.
El mar.
—¿Sabes qué extraño? —preguntó Emilio, girando lentamente el vaso entre sus dedos.
Derek levantó la mirada.
—¿Qué?
—Estar allá afuera.
Derek supo exactamente a qué se refería.
—Yo también.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
Ambos habían crecido alrededor de aquel mundo. Antes de que la empresa se convirtiera en el centro de sus vidas, antes de que sus padres les entregaran responsabilidades y antes de que sus días estuvieran llenos de oficinas y reuniones, ellos pasaban gran parte de su tiempo en los buques.
Habían aprendido el negocio desde abajo.
No desde los documentos.
No desde las reuniones.
Desde el mar.
—Recuerdo cuando nuestros padres pasaban el día en la empresa —comentó Emilio—. Nosotros apenas aparecíamos por la oficina.
Derek sonrió.
—Porque estábamos esperando que llegara el momento de subirnos al buque.
—Y cuando por fin nos dejaban ir...
—No queríamos regresar.
Emilio soltó una carcajada.
—Éramos unos irresponsables.
—Éramos jóvenes.
—Eso es una forma elegante de decirlo.
Derek negó con la cabeza, divertido.
Recordaba perfectamente aquellos días.
Las horas en altamar.
El ruido de los motores.
El movimiento constante del barco.
Los hombres de la tripulación trabajando desde antes de que saliera completamente el sol.
Ellos observando, aprendiendo y participando en todo lo que podían.
Habían conocido de cerca la pesca. Habían visto cómo se preparaban las redes, cómo se organizaba la tripulación y cómo se recogía el pescado después de cada jornada.
Durante aquellos años habían querido formar parte de todo aquello.
—Antes conocíamos a todos los hombres de la tripulación —dijo Emilio—. Sabíamos quién era bueno con las redes, quién podía pasar horas trabajando sin quejarse y quién se mareaba apenas salíamos del puerto.
—Tú eras el que siempre terminaba apostando con ellos.
—Y casi siempre ganaba.
—Porque hacían trampa para dejarte ganar.
Emilio lo miró con indignación.
—Eso es mentira.
—Lo sabes.
—Nunca lo admitiré.
Derek volvió a reír.
Aquellos recuerdos tenían algo que la vida actual ya no podía ofrecerles.
Libertad.
En aquella época no tenían que sentarse durante horas frente a una computadora para revisar informes. No tenían que preocuparse por contratos, inversionistas, reuniones ni decisiones que podían afectar a cientos de personas.
Simplemente estaban allí.
En el mar.
Aprendiendo.
Viviendo.
—Ahora somos nosotros los que estamos encerrados en la oficina —murmuró Emilio.
Derek miró su vaso.
—Nuestros padres nos prepararon para esto.
—Sí. Pero nunca dijeron que iba a extrañar tanto los buques.
Derek permaneció unos segundos en silencio.
Él también lo extrañaba.
Había algo diferente cuando estaba en altamar. Algo que no encontraba entre las paredes de la oficina.
Allí podía pensar.
Allí podía respirar.
Y, sobre todo, recordaba por qué había querido continuar con el legado de su familia.
—Tal vez deberíamos volver —dijo Emilio.
Derek levantó una ceja.
—¿A un buque?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Pronto.
Derek sonrió.
—Lo pensaré.
—No lo pienses demasiado. Porque si seguimos así, vamos a terminar olvidando cómo se siente estar allá afuera.
Derek no respondió inmediatamente.
Miró hacia la ventana del establecimiento.
Tal vez Emilio tenía razón.
Quizás necesitaban volver al lugar donde todo había comenzado.
Al mar.
Al mismo lugar donde habían aprendido que aquella empresa no era solamente un legado familiar.
Era una forma de vida.
—Hagámoslo —dijo finalmente.
Emilio sonrió.
—¿De verdad?
—Sí.
—Eso quería escuchar.
Ambos levantaron sus vasos.
—Por los viejos tiempos —dijo Emilio.
Derek chocó su vaso contra el suyo.
—Y por los que todavía nos quedan.
El sonido de los vasos al encontrarse se perdió entre las conversaciones del lugar.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Derek llegó a casa poco después de las once de la noche.
Como siempre, el silencio fue lo primero que lo recibió.
Vivía solo y estaba acostumbrado a aquella tranquilidad. Después de pasar todo el día rodeado de personas, llamadas y reuniones, regresar a una casa donde nadie lo esperaba se había convertido en parte de su rutina.
Dejó las llaves sobre la mesa de la entrada, se quitó el saco y caminó hasta la sala.
Pero aquella noche no consiguió desconectarse del trabajo.
Mucho menos de Jade.
Se sirvió un vaso de agua y se quedó de pie junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad.
Pensó en la reunión.
En la manera en que ella había entrado a su oficina con seguridad.
En cómo había defendido su trabajo.
Y, sobre todo, en la forma en que había reaccionado cuando él le habló del contrato.
La mayoría de las personas cambiaban su actitud cuando estaban frente a él. Intentaban agradarle, convencerlo o demostrarle cuánto necesitaban una oportunidad dentro de Moncada Marine.
Jade había hecho exactamente lo contrario.
Se había marchado furiosa.
Derek sonrió ligeramente al recordarlo.
—Definitivamente eres diferente —murmuró.
No sabía por qué aquella mujer había conseguido quedarse en su cabeza después de una sola reunión.
Tal vez era su carácter.
Tal vez aquella manera de sostenerle la mirada sin intimidarse.
O quizás simplemente le resultaba extraño que alguien no estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa por conseguir un contrato con su empresa.
Dejó el vaso sobre la mesa.
—Es solo negocios.
Se lo dijo a sí mismo con absoluta seguridad.
Sin embargo, una parte de él ya sabía que no era solamente eso lo que había despertado su curiosidad.
Jade Castillo lo había desafiado.
Y Derek Moncada no estaba acostumbrado a que alguien lo hiciera.
Se dirigió a su habitación, dispuesto a olvidarse del asunto, al menos hasta el día siguiente.
Pero antes de apagar la luz, volvió a pensar en ella.
En su mirada.
En su orgullo.
Derek sonrió para sí mismo.
Apagó la luz.
oria parece muy interesante espero con ansia los próximos capitulos