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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:479
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21 (EPÍLOGO): La sombra del joven cedro y la memoria del agua

El mes de octubre de seis años después llegó a la cuenca alta del río Negro con la luz dorada y reposada de un otoño próspero. Las laderas de la sierra de los Cedros no mostraban las cicatrices del estiaje ni el tono agrisado de la tierra exhausta; vestían un manto denso de robles de hoja cobriza, castaños cargados de erizos maduros y huertos que colmaban los mercados de la comarca con cosechas de una calidad legendaria.

​En el patio central de la Casona de los Cedros, el cambio de estación no era una amenaza, sino un espectáculo de serenidad.

​A las ocho de la mañana, junto al muro sur del jardín posterior, un joven cedro de tres metros de altura alzaba su copa firme hacia el cielo azul. Sus agujas, de un verde esmeralda brillante y plateado, vibraban suavemente bajo la brisa matutina con un zumbido imperceptible, sutil y armónico, que se acompasaba con la respiración subterránea de la gran Piedra Madre.

​A su lado, arrodillado en la tierra fresca, un niño de cinco años de edad, de cabello oscuro ondulado y ojos de un azul ultramar sereno y analítico, sostenía un pequeño nivel de gota de latón sobre el murete de piedra del arriate.

​—La gota sigue desplazada dos milímetros a la izquierda, papá —anunció el pequeño Mateo con una voz limpia, pausada y de una precisión cómica para su edad—. Si la losa no está asentada al nivel del suelo, el agua de la regadera se irá hacia los rosales en lugar de alimentar las raíces de la simiente.

​Gabriel Thorne, sentado sobre el borde del murete con una carpeta de planos de restauración sobre las rodillas, soltó una carcajada suave y profunda que resonó en el patio como la música de la casa en paz.

​Gabriel vestía pantalones de franela gris, una camisa de lino blanco con las mangas enrolladas en los antebrazos y una chaqueta de punto azul oscuro llevada con comodidad informal. A sus cuarenta y dos años, los surcos de tensión que antes marcaban su frente habían desaparecido por completo, sustituidos por una firmeza apacible y el tono saludable de quien vive al aire libre, trabajando la piedra y la tierra con las manos.

​—Excelente observación, ayudante principal —corregió Gabriel, inclinándose para ajustar la base de piedra con una pequeña cuña de madera de olivo hasta que la burbuja del nivel quedó clavada en el centro exacto del tubo de cristal—. El cálculo es correcto. La geometría es la garantía del equilibrio.

​El niño sonrió con orgullo, guardó el nivel de latón en el bolsillo de su peto de lona y corrió hacia el centro del patio, donde Valeria salía por el pórtico de la casona llevando una bandeja de mimbre con pan dulce recién horneado, manteca de la comarca y un tazón de leche tibia.

​Valeria vestía un amplio vestido de lana fina de tono granate que realzaba la calidez de su piel y la riqueza de su cabello oscuro, recogido en una trenza suelta que le caía sobre el hombro. A sus treinta y seis años, su figura conservaba la gracia indomable y soberana de la heredera de los Alarcón, pero en sus ojos brillaba la plenitud radiante de una mujer que había encontrado en su hogar la paz absoluta.

​—Si el joven ingeniero termina su inspección de la cimentación, el desayuno está servido en la mesa del cedro —anunció Valeria con una sonrisa radiante que iluminó todo el espacio del patio.

​El pequeño Mateo corrió hacia ella, abrazando sus faldas antes de treparse a una de las sillas de madera de castaño del patio.

​Gabriel se levantó del murete del joven cedro, caminó hacia Valeria y la tomó por la cintura, atrayéndola suavemente hacia su pecho para darle un beso lento, dulce y profundo en los labios que le sacó un suspiro de felicidad a la joven.

​—Buenos días, arquitecta jefa —murmuró Gabriel contra sus labios, sintiendo el aroma dulce a romero, canela y pan fresco que siempre la rodeaba.

​—Buenos días, guardián —respondió Valeria, acariciándole la mandíbula con la yema del pulgar—. El profesor Rivas acaba de bajar de la buhardilla. Dice que las pruebas de imprenta del segundo volumen de la Memoria Hidrogeológica del Valle han quedado impecables.

​Desde la gran escalinata del vestíbulo, el profesor Anselmo Rivas descendió con paso lento pero firme, apoyándose en su bastón de empuñadura de plata. A sus ochenta y dos años, el anciano historiador lucía un aspecto saludable y rejuvenecido, vestido con un elegante traje de tweed pardo y sus inseparables gafas de montura de oro.

​En la mano derecha sostenía un ejemplar encuadernado en cuero rojo y letras doradas titulado: «Geometría pasiva y conservación de cuencas: El legado de Esteban Alarcón y Guillermo Thorne», publicado conjuntamente por la Universidad Nacional y la Fundación Patrimonial Casona de los Cedros.

​—Es una obra maestra, Gabriel —declaró el profesor Rivas, depositando el volumen sobre la mesa de desayuno con orgullo evidente—. Los departamentos de ingeniería de tres universidades europeas han solicitado ya noventa ejemplares para sus cátedras de arquitectura bioclimática. Tu madre intentó comprar esta montaña por el valor de sus minerales, y hoy el mundo entero estudia este valle como el modelo definitivo de convivencia entre el hombre y la tierra.

​Gabriel tomó el libro, contemplando las firmas de los autores en la primera página: Gabriel Thorne Alarcón y Valeria Gómez Alarcón.

​—La firma Thorne & Asociados cotiza hoy en bolsa sobre la base de proyectos que mi madre nunca pudo comprender, profesor —comentó Gabriel con serenidad, dando un sorbo a su taza de café—. Pero la verdadera riqueza de este valle no cotiza en ninguna bolsa de valores. Está en cada litro de agua limpia que baja por el río Negro y en la paz de la gente que cultiva estos campos.

​A las diez de la mañana, un camión ligero conducido por Mateo cruzó el puente de piedra del río, trayendo las provisiones para la fiesta del equinoccio que se celebraría esa misma tarde en el patio de la casona.

​Mateo bajó del vehículo vistiendo su gorra limpia de pana y un chaleco de cuero nuevo. Traía consigo tres cajones de manzanas maduras del huerto bajo, queso curado de la cooperativa de San Pedro y las noticias del pueblo.

​—El alcalde me ha pedido que les entregue esto, señorita Valeria —dijo Mateo, sacando del bolsillo de su chaqueta un documento oficial sellado por el concejo municipal—. La antigua cantera de El Sarrión ha sido declarada oficialmente parque natural protegido de la cuenca. Ya no queda ni una sola maquinaria pesada en diez kilómetros a la redonda.

​Valeria tomó el documento, leyendo la resolución con una emoción profunda que le llenó los ojos de lágrimas agradecidas.

​—Mi abuela Matilde estaría tan orgullosa de ver esto, Mateo —susurró Valeria, mirando la mole majestuosa de la sierra que se alzaba hacia el cielo de otoño.

​—Su abuela está presente en cada rincón de este patio, señorita —respondió Mateo con una sonrisa franca y afectuosa—. Y con Don Gabriel y usted al frente de la casona, la montaña sabe que nunca más volverá a estar sola.

​A las cinco de la tarde, las puertas del gran portón de roble del patio se abrieron de par en par para recibir a los vecinos del pueblo de San Pedro, los regantes de la comarca, el viejo herrero Tomás y sus familias.

​La mesa del patio se cubrió con manjares artesanales, vino de la bodega restaurada de Esteban Alarcón y jarras de agua gélida y cristalina traída directamente del pozo central. Los niños del pueblo corrían por el jardín posterior jugando entre los manzanos, mientras el pequeño Mateo les mostraba orgulloso el joven cedro que él mismo ayudaba a regar cada mañana con su pequeña regadera de cobre.

​Gabriel y Valeria se alejaron unos pasos del grupo, subiendo por la escalera de piedra hasta el gran balcón de la primera planta que dominaba la vista sobre el patio y el cauce del río.

​El sol del atardecer comenzaba a declinar tras los crestones de granito, bañando la casona, el gran cedro ancestral y el joven brote del jardín en una luz dorada, cálida e inagotable que parecía detener el tiempo en un instante de gloria perfecta.

​Gabriel rodeó a Valeria con sus brazos desde atrás, pegándola a su pecho y descansando la barbilla en la curva de su cuello. Valeria apoyó la espalda contra él, entrelazando sus dedos con los de Gabriel sobre la balaustrada de piedra.

​—Míralos, Gabriel —murmuró Valeria, contemplando la risa de su hijo Mateo en el patio y la alegría de la gente del pueblo alrededor de la mesa—. Esto es lo que construiste cuando decidiste quedarte.

​Gabriel miró el horizonte del valle, sintiendo en las profundidades de la cimentación subterránea la pulsación suave, constante y eterna de la Piedra Madre, tejiendo su red de armonía pasiva a cero coma cero un hercios con el corazón de la tierra.

​—No lo construí solo, Valeria —corregió Gabriel con su voz grave, pausada y llena de un amor infinito que trascendía los años y las palabras—. Lo construimos juntos. Porque la piedra solo sostiene los muros... pero es el amor el que convierte una casa en un hogar indestructible.

​Valeria se giró en sus brazos, le tomó el rostro entre sus manos y lo besó en los labios con una pasión serena, profunda y eterna que selló para siempre el destino de la Casona de los Cedros.

​Afuera, la noche de octubre comenzó a desplegar su manto de estrellas sobre la sierra. El gran cedro centenario extendía sus ramas protectoras sobre el tejado restaurado, mientras abajo, en el suelo fértil del jardín, el joven cedro crecía con fuerza hacia el futuro, garantizando que mientras la tierra respirara y el agua corriera por el cauce del río Negro, la memoria de los Alarcón y los Thorne velaría para siempre por la paz del valle.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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