Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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# Capítulo 15 — ¿Quién anda ahí?
Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, la furgoneta finalmente se detuvo.
El motor se apagó.
Tres hombres bajaron del vehículo y uno de ellos abrió la puerta trasera.
Anna estaba allí, con las manos atadas y una capucha cubriéndole la cabeza.
El hombre la tomó del brazo y la hizo bajar.
—Llegamos a tu destino, damita —dijo con una sonrisa desagradable—. Ahora vamos a esperar cuáles son las indicaciones.
Los otros hombres se acercaron.
—Eso sí, te aclaro una cosa —continuó—. Si no cumplen con el pago, nos vamos a divertir mucho con vos.
Uno de ellos soltó una carcajada.
—Ese cuerpo está listo para todos nosotros.
Anna sintió miedo.
Pero no lo demostró.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó—. ¿Quién los mandó? Yo no tengo nada para darles.
Los hombres no respondieron.
La dejaron allí mientras comenzaban a hablar entre ellos.
Anna permaneció en silencio.
Entonces escuchó el sonido de un teléfono celular a lo lejos.
Por unos segundos pensó que estaba sola.
Era la oportunidad que estaba esperando.
Comenzó lentamente a mover las manos para intentar aflojar la soga.
Un movimiento.
Otro.
Hasta que, de repente...
**¡BANG!**
Un ruido fuerte retumbó en el lugar.
Anna se sobresaltó.
Se quedó completamente quieta.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
Silencio.
No obtuvo respuesta.
Los hombres también habían escuchado el ruido.
Uno de ellos miró hacia la oscuridad.
—¿Escucharon eso?
Anna bajó la cabeza.
Por fuera parecía aterrada.
Por dentro estaba calculando cada movimiento.
Porque aquellos hombres no sabían algo.
Anna ya no era la misma chica que habían conocido años atrás.
Desde que había comenzado a hacerse respetar y a defenderse de quienes intentaban humillarla, su vida había cambiado.
Y, poco a poco, había comenzado a encontrar personas buenas fuera de aquella familia que nunca la había querido.
Un día, varios chicos del barrio la habían encontrado en una esquina, después de verla lastimada por culpa de unas muchachas que le tenían celos y habían comenzado a molestarla.
Ellos se acercaron.
Le ofrecieron ayuda.
Y, sin que nadie de su familia lo supiera, Anna comenzó a entrenar con ellos.
Todos los días, después de salir del trabajo, pasaba una hora en el gimnasio de su amigo Cristian.
Cristian le enseñó defensa personal.
Otro de los chicos comenzó a enseñarle karate.
Y con otro practicaba kickboxing.
Durante años había entrenado en secreto.
Ni siquiera Margareth sabía lo que hacía.
Anna había aprendido a defenderse.
A resistir.
A esperar el momento adecuado.
Por eso ahora podía permanecer allí, fingiendo ser una chica frágil y aterrada.
Esperando.
Esperando que aquellos hombres cometieran el error de acercarse demasiado.
Pero había algo más que ellos tampoco sabían.
Anna no solo había aprendido a defenderse físicamente.
También había aprendido a defenderse de otra manera.
Henry, el dueño del local donde trabajaba, había sido mucho más que su jefe.
Había sido uno de los pocos adultos que realmente había confiado en ella.
Durante años le enseñó sobre computación, programación, sistemas de seguridad y servidores.
Anna había aprendido rápido.
Muy rápido.
Con el paso del tiempo llegó a manejar conocimientos que nadie de su entorno imaginaba.
Henry sabía de lo que era capaz.
Y por eso, cuando Anna cumplió quince años, decidió darle algo especial.
Una pulsera.
—Si algún día estás en problemas, apretá este botón —le había dicho—. No importa dónde estés. Yo voy a saber que necesitás ayuda.
Anna había sonreído.
—¿Y cómo vas a encontrarme?
Henry había respondido con una sonrisa misteriosa.
—Vos apretá el botón. Del resto me encargo yo.
Aquella noche, cuando los hombres la secuestraron, Anna había recordado la pulsera.
Apenas tuvo oportunidad, había presionado el botón.
Henry ya sabía dónde estaba.
Ahora solo era cuestión de ganar tiempo.
Anna levantó lentamente la cabeza.
Los hombres seguían hablando entre ellos.
Ella respiró profundamente.
Uno de ellos comenzó a acercarse.
Anna cerró las manos.
Estaba preparada.
Pero entonces escuchó algo a lo lejos.
Un motor.
Después otro.
Los hombres también lo escucharon.
—¿Qué carajo es eso?
Anna permaneció inmóvil.
No sabía quién había llegado.
¿Sería Henry?
¿O Félix habría conseguido encontrarla antes?
Dos fuerzas completamente diferentes estaban acercándose al mismo lugar.
Y Anna todavía no sabía cuál de ellas llegaría primero.
Solo sabía una cosa:
**el tiempo se estaba acabando.**