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Tío, ya no soy tu niña

Tío, ya no soy tu niña

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:11.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.

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Capítulo 2

Capítulo 2 — El hombre del coche negro

Desperté en una cama que no era mía, en un cuarto tan blanco que me dolieron los ojos.

Olía a alcohol y a limpio. Tenía una aguja en el dorso de la mano, pegada con cinta, y un suero colgando de un gancho. Me tardé un rato en entender que estaba en un hospital, y otro rato más en entender que no me había muerto en la avenida.

El saco oscuro estaba doblado en una silla, a los pies de la cama.

Y el hombre estaba parado junto a la ventana, de espaldas, mirando la ciudad todavía a oscuras. Ya sin saco, con la camisa blanca y las mangas dobladas hasta el codo. El del traje —el chofer— entraba en ese momento con un vaso de café y le decía algo en voz baja.

Me moví y el suero jaló. Los dos voltearon.

—Ya despertó —dijo el chofer.

El hombre se acercó a la cama. Yo me hice chiquita contra la almohada por costumbre, esa costumbre de encogerme antes de que me griten. Junté las manos.

—Perdón —dije rápido—. Perdón por las molestias. Yo ya me voy, no tienen que gastar en mí, de verdad, yo...

—Nadie se va a ningún lado —dijo él. No fue un regaño. Fue como cerrar una puerta con llave—. Estás en observación. ¿Te duele algo?

Negué con la cabeza, aunque me dolía todo.

En eso entró una doctora, una mujer de bata con el pelo recogido y cara de pocas pulgas. Revisó el suero, me tomó la muñeca, me miró las marcas del brazo sin decir nada. Luego le hizo una seña al hombre para que saliera con ella al pasillo.

No cerraron bien la puerta. Los oí.

—Señor Villaseñor —dijo la doctora, bajito—. Le voy a ser franca. La niña está por debajo de su peso, tiene anemia y deficiencias de años. Y esas contusiones. —Hizo una pausa—. Hay marcas nuevas y hay marcas viejas. Muñecas, clavícula, espalda. Se lo digo con todas sus letras: no son de una sola caída. A esta niña alguien le pegó durante mucho tiempo.

Se me cerró la garganta. Volteé la cara hacia la ventana para que no me vieran los ojos.

Hubo un silencio afuera. Y luego la voz de él, más baja de lo que la había oído, y más dura:

—¿Cuánto tiene que quedarse?

—Un día, para hidratarla. Lo demás es cuestión de meses. De comer bien y de que nadie la vuelva a tocar.

—De eso me encargo yo.

Por la rendija de la puerta lo vi cerrar la mano. Despacio, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La cara no le cambió nada —seguía tan quieto como siempre—, pero esa mano apretada decía lo que la cara callaba. Nunca lo había visto y ya sabía leerlo: el tío Max se enojaba por dentro, sin ruido, y era mucho peor así.

—Chente —lo oí decir, ya sin la doctora—. Págale todo a la señorita. Lo mejor. Y consígueme el nombre completo de esa mujer con la que vivía. La dirección. Con quién se junta. Todo.

—Ya andaba en eso, señor —contestó Chente.

Cuando volvió al cuarto, traía en las manos un vaso de leche tibia y un plato con pan. Se sentó en la silla junto a la cama con una torpeza rara, como un hombre que no sabía hacer eso, que no lo había hecho nunca, y me acercó el vaso.

—Come —dijo.

—No tengo...

—Come.

Comí. Me temblaba la mano y la leche se me derramó un poco en la bata, y esperé el manazo o el grito. No llegó. Él solo me acercó una servilleta y esperó a que terminara, mirando por la ventana, como si darme de comer fuera lo más normal del mundo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó cuando dejé el vaso.

—Dalia. Dalia Rivas.

—Dalia. —Lo dijo despacio, como probándolo—. Yo me llamo Maximiliano Villaseñor. Él es Chente. ¿Qué edad tienes?

—Dieciséis. Desde ayer.

Algo le pasó por la cara cuando dije "desde ayer". No sé qué fue. Apretó un poco la mandíbula.

—¿Y tus papás?

—Se murieron. En un choque, cuando yo tenía siete. —Bajé la vista al plato—. Desde entonces vivía con la señora Otilia. Es la viuda de un tío mío. No somos familia de sangre. —Me salió solo, todo lo que llevaba años tragándome—: Me tenía para lavar, para limpiar, para lo que fuera. Y ayer me llevó con ese señor por una deuda de las cartas. Yo no sabía. Le juro que no sabía.

—Ya lo sé —dijo él.

—Le voy a pagar lo del hospital —seguí, porque cuando me pongo nerviosa no me callo—. No sé cómo, pero le voy a pagar. Puedo trabajar. Puedo limpiar, sé cocinar un poco, sé...

—Dalia. —Me interrumpió con mi nombre, nada más, y me callé—. Nadie te va a cobrar nada. Y nadie te va a volver a poner una mano encima. ¿Me estás oyendo?

—Es que la gente no ayuda de a gratis —dije, y bajé la voz—. Siempre quieren algo. Siempre.

Él se quedó callado un momento. No se ofendió. Fue como si esa frase, en vez de molestarle, le doliera un poco.

—A la gente que conociste, a lo mejor —dijo—. No a toda la gente. Vas a tener que aprender la diferencia, y te va a costar. Pero la vas a aprender.

Lo miré. De verdad lo miré por primera vez, ahora que había luz. No era guapo como los galanes de la tele; era otra cosa, algo más quieto y más pesado, un hombre grande al que se le notaban los años en las sienes y en la seriedad, y que sin embargo, cuando me hablaba, bajaba la voz como si yo fuera de vidrio.

—¿Por qué? —le pregunté, porque nunca en mi vida nadie había hecho algo por mí sin querer algo a cambio—. ¿Por qué me está ayudando? Usted ni me conoce.

Él tardó en contestar. Miró un momento el saco doblado en la silla, y luego a mí.

—Porque a alguien tenía que tocarle hacerlo —dijo al fin—. Y me tocó a mí.

No entendí bien qué quiso decir. Años después, cuando supe que él también se había quedado solo de niño, lo entendí completo. Pero esa madrugada solo sentí que algo tibio se me metía en el pecho, un calor peligroso que no me atrevía a nombrar, porque cuando te acostumbras a que todo te lo quiten, tenerle esperanza a algo da más miedo que perderlo.

Se levantó. Le dio la vuelta a la cama, acomodó el suero para que no me jalara, y se detuvo un segundo antes de salir.

—Chente —dijo, sin voltear a verlo, con esa voz baja que aprendí a conocer como la voz de cuando algo iba en serio—. Averíguame todo. La señora Otilia, el Toro, la deuda. Todo. —Hizo una pausa—. Y que quede claro desde hoy: a esta niña no la toca nadie más.

Chente asintió una sola vez, como un soldado, y salió.

Yo me quedé sola en el cuarto blanco, con el plato vacío y el saco todavía en la silla, y por primera vez en nueve años me dormí sin miedo a lo que iba a pasar cuando despertara.

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Isabel Flores
es bueno asta cierto criterio ya que es ficción y no veredicto
Yiyita Calderón
Nooo ésto ya me hartó!
Yiyita Calderón
Ayyyy! 😭 Qué ternura
Yiyita Calderón
Nooo escritora por fa! No nos metas susto,angustia
Yiyita Calderón
y de qué sirve tanto dinero si no hay seguridad??? 😏😣
Yiyita Calderón
Pero no pensó en el mal,en el daño que hacen.😣
Luz Mery Ospina
Que paso con el fin?
Yiyita Calderón
Nooo, tan pronto ya inicia el problema
Yiyita Calderón
Bella hola,está completa? se ve interesante e intensa en emociones.
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