Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
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Entre lágrimas y sombras
El lunes regresé a la universidad y la vi de inmediato. Ariana estaba sentada en un banco, encogida, con los ojos hinchados y la mirada perdida. Fingí la preocupación más sincera y me acerqué:
—Ariana… ¿te pasa algo? Estás pálida.
Me tomó de la mano sin dudarlo y me arrastró hacia un rincón apartado, donde nadie pudiera oírnos.
—Es mi padre —dijo con la voz quebrada—. Tiene una amante, Laura. Una mujerzuela que se ha metido en su vida y lo ha cambiado todo. ¿Te imaginas? Le contestó el teléfono a mi madre estando con ella… ¡se escuchaban! Mi mamá gritó, lloró, rompió cosas… nunca la vi tan desesperada.
La miré a los ojos, fingiendo confusión:
—¿Está segura tu madre de lo que escuchó? A veces el teléfono engaña…
Sacudió la cabeza con desesperación:
—No, no, esta vez es distinto. Papá siempre fue infiel, sí, pero nunca nos faltó el respeto. Nunca se atrevió a lastimarnos así. Ahora parece otro. Cuando mamá le reclamó, él se rió en su cara y le dijo que si no le gustaba, se fuera. Que se divorciaran. No sé quién será esa víbora… pero la odio. La odio con toda mi alma.
Me abrazó y la acaricié la espalda:
—Ya, Ariana… seguro es solo una etapa. Tu padre recuerda lo que tiene en casa. Volverá. Ya lo verás.
Me miró con ojos llenos de esperanza:
—¿Tú crees de verdad?
—Claro que sí. Quieres que vaya contigo a casa hoy? No quieres estar sola, ¿verdad?
—¿Vendrías? —susurró—. Eres la mejor amiga del mundo.
Sonreí, dulce y letal:
—Claro que sí. Soy tu mejor amiga, ¿no?
Llegamos a su casa y el ambiente era denso, cortante. La señora Rosalía estaba en la sala, pálida, con la mirada vacía. Me dirigió un saldo frío, distante, y se retiró sin decir más. Don Álvaro estaba ahí, en la entrada, y me saludó con cortesía formal, como si nada existiera entre nosotros.
Subimos las escaleras y de pronto me detuve:
—¡Ay! Se me olvidó… quiero un poco de agua.
—Baja tú —me dijo sin detenerse— y tráeme también una botella para mi cuarto, por favor.
Perfecto. Bajé y lo encontré en el comedor, solo. Me acerqué despacio y le lancé una mirada coqueta. Él sonrió y me mandó un beso al aire.
—Nos vemos después —susurró con los labios.
—Claro —respondí bajito—. En el cuarto de invitados.
La noche transcurrió tranquila. Cuando me metí en la cama, esperé. Y entonces ocurrió: la puerta se abrió despacio, sin hacer ruido, y se cerró igual de suave. Se colocó el cerrojo con cuidado. Sentí el peso del colchón hundirse a mi lado y su voz susurrando en mi oído:
—¿Estás despierta, Laura?
Me giré hacia él y sonreí en la oscuridad:
—Para ti siempre, Álvaro. ¿No tienes miedo de que nos escuchen?
Soltó una risa baja y segura:
—¿Quién? ¿Mi esposa? Se tomó todo un frasco de somníferos. No despertará hasta pasado mañana. ¿Y Ariana? Duerme como si nada pasara. Ha escuchado pelear a sus padres mil veces y sigue durmiendo. Solo… controla la intensidad de tu voz. No grites. Si necesitas, muérdeme.
Despacio, con manos expertas, fue retirando mi ropa, acariciando mi piel, besándome con una urgencia que me hizo temblar. Esta vez fue más intenso, más posesivo, con una mezcla de ternura y dominio que me arrastró por completo. Me atrajo contra sí y me miró a los ojos:
—Dime quién soy para ti —ordenó con voz grave—. Di que me perteneces.
—Eres todo lo que quiero —susurré—. Soy tuya.
—Solo mía —repitió, recorriendo cada rincón de mi cuerpo con sus labios—. Dilo. Di que eres mía y de nadie más.
—Soy tuya, Álvaro —gimí contra su hombro, mordiendo su piel para no alzar la voz—. Solo tuya. Siempre seré tuya.
Me poseyó con fuerza, con devoción, marcándome a fuego.
—Júramelo —exigió, perdiéndose en mí—. Jura que nadie te tendrá así.
—Te lo juro —respondí, abrazándolo con todas mis fuerzas—. Solo tuya. Solo de ti.
Fue largo, profundo, devastador. Cada movimiento suyo era una reivindicación, cada susurro una promesa de que me tenía para siempre. Y yo me entregué, dejándole creer que era suya, cuando en realidad era él quien quedaba atrapado en mis redes.
Cuando terminamos, se quedó abrazado a mí, besando mi cabello:
—Eres mía, Laura. Completamente mía.
Me acurruqué en su pecho y sonreí en la oscuridad.
—Sí, Álvaro. Soy tuya. Tanto tuya que no sabes cuánto te vas a arrepentir.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕