Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 22 — Una vieja traición
Adrián permaneció inmóvil.
La fotografía temblaba ligeramente entre sus dedos.
Valentina lo observaba esperando una respuesta.
—¿Quién es? —preguntó nuevamente.
Adrián levantó la mirada.
—Daniel.
Valentina abrió los ojos.
—¿Daniel?
—Sí.
La imagen mostraba claramente el reflejo de un hombre detrás de la puerta de la habitación de Leo.
El rostro apenas era visible, pero el reloj no dejaba ninguna duda.
Era el mismo que habían encontrado frente a la mansión.
—No puede ser —murmuró Valentina.
Adrián apretó la fotografía.
—Necesito hablar con él.
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Daniel apareció diez minutos después.
Entró a la biblioteca y encontró a Adrián, Valentina, Victoria y Esteban esperándolo.
—¿Qué sucede?
Adrián colocó la fotografía sobre la mesa.
Daniel la observó.
Su rostro cambió.
—Yo puedo explicarlo.
Adrián se quedó en silencio.
—Entonces explica —dijo finalmente.
Daniel respiró profundamente.
—El reloj es mío.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Por qué estaba en la habitación de Leo?
—Porque alguien me lo robó.
Adrián frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Daniel bajó la mirada.
—Porque recibí una amenaza.
Adrián dio un paso hacia él.
—¿De quién?
—No lo sé.
—¿Qué decía?
Daniel sacó su teléfono.
Mostró un mensaje antiguo.
“Si hablas, alguien que te importa pagará las consecuencias.”
Valentina guardó silencio.
Adrián miró nuevamente la fotografía.
—¿Por qué estabas cerca de la habitación de Leo?
Daniel negó.
—No estaba allí esa noche.
—La fotografía demuestra lo contrario.
—Alguien está utilizando mi identidad.
Esteban intervino:
—Eso es exactamente lo que hicieron con Isabela.
Adrián lo miró.
—¿Crees que están utilizando a Daniel también?
—No lo creo.
Esteban señaló la fotografía.
—Lo sé.
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Daniel contó entonces una historia que nunca había mencionado.
—Hace cinco años, antes de trabajar para usted, recibí una oferta de empleo de una empresa relacionada con Ferrer.
Adrián frunció el ceño.
—¿Trabajaste para ellos?
—Durante tres meses.
—¿Y qué hacías?
—Revisaba documentos financieros.
—¿Qué encontraste?
Daniel tragó saliva.
—Transferencias.
—¿De Montenegro?
—Sí.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿A dónde iban?
Daniel miró a Esteban.
—A una cuenta que estaba vinculada con Sebastián.
Valentina comprendió.
—Entonces tú conocías esta historia desde antes.
—Conocía una parte.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Daniel respondió:
—Porque cuando intenté denunciarlo, recibí la primera amenaza.
Adrián permaneció callado.
—Después de eso abandoné aquella empresa.
—¿Y comenzaste a trabajar conmigo?
—Sí.
Adrián se apartó lentamente.
Por primera vez, no sabía si podía confiar en su propio asistente.
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—Necesito saber algo —dijo Adrián.
Daniel levantó la mirada.
—Pregunte.
—¿Sabías que Valentina estaba embarazada?
Daniel negó.
—No.
—¿Sabías que Leo existía?
—No.
—¿Sabías que mi padre dejó instrucciones para él?
Daniel volvió a negar.
—No.
Adrián permaneció observándolo.
Finalmente dijo:
—Quiero creer en ti.
Daniel bajó la cabeza.
—Entonces deme la oportunidad de demostrarle que no estoy detrás de esto.
Adrián asintió.
—La tendrás.
Pero antes de que pudieran continuar, el teléfono de Victoria comenzó a sonar.
Ella miró la pantalla.
No había número.
Contestó.
—¿Quién habla?
Una voz masculina respondió.
Victoria palideció.
—No…
Adrián se acercó.
—¿Quién es?
La voz volvió a escucharse.
—Victoria, han pasado cinco años y todavía sigues protegiendo a tu hijo.
Victoria cerró los ojos.
—Tú no deberías estar vivo.
La llamada terminó.
Todos quedaron en silencio.
Adrián la miró.
—¿Quién era?
Victoria no respondió.
—Mamá.
Ella finalmente levantó la mirada.
—El hombre que amenazó a tu padre.
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Esa misma noche, Adrián reunió a todos en la biblioteca.
—Quiero que cada uno me diga exactamente qué ocurrió hace cinco años.
Esteban fue el primero.
—Tu padre descubrió que alguien estaba desviando dinero de la empresa.
Victoria continuó:
—Después descubrió que esas transferencias estaban relacionadas con el futuro heredero.
Daniel añadió:
—Y alguien estaba preparando documentos para controlar las acciones que algún día recibiría Leo.
Adrián miró a Sebastián, que acababa de llegar a la mansión acompañado por dos guardias.
—¿Y tú?
Sebastián permaneció callado.
—Habla.
—Yo no sabía nada sobre Leo.
Adrián se acercó.
—Mentira.
Sebastián bajó la mirada.
—Sabía que existía.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día en que nació.
Adrián apretó los puños.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
Sebastián respiró profundamente.
—Porque tu padre me lo pidió.
El silencio fue absoluto.
—¿Mi padre?
—Sí.
Sebastián sacó un documento.
—Él me ordenó vigilar que nadie encontrara a Valentina.
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Entonces fuiste tú quien me vigiló durante cinco años?
Sebastián negó.
—No.
—¿Entonces quién?
Sebastián miró a Adrián.
—La persona que estaba detrás de mí.
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién?
Sebastián no respondió.
—¡Habla!
—No puedo.
—¿Por qué?
Sebastián levantó la mirada.
—Porque esa persona tiene pruebas capaces de destruir a toda la familia Montenegro.
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En ese momento, Leo apareció en la puerta.
—¿Por qué están todos enojados?
Valentina corrió hacia él.
—Ven, cariño.
Leo se acercó a su madre.
Luego miró a Sebastián.
—Yo lo conozco.
Todos se quedaron inmóviles.
Adrián se agachó.
—¿De dónde?
Leo señaló a Sebastián.
—Él estaba cerca de mi escuela.
Sebastián palideció.
—Leo…
Adrián se puso de pie.
—¿Qué hacías cerca de su escuela?
Sebastián no respondió.
Leo continuó:
—Pero él no era el señor del reloj.
Adrián frunció el ceño.
—¿Estás seguro?
Leo asintió.
—Sí.
—Entonces, ¿quién era?
El pequeño pensó unos segundos.
—El señor del reloj tenía una cicatriz aquí.
Señaló su ceja.
Todos se miraron.
Esteban palideció.
—Yo conozco a alguien con esa cicatriz.
Adrián se volvió hacia él.
—¿Quién?
Esteban tragó saliva.
—Un antiguo socio de tu padre.
—¿Nombre?
Esteban respondió:
—Mauricio Ferrer.
Valentina abrió los ojos.
—¿Ferrer?
—Sí.
Adrián comprendió.
—El padre de Isabela.
Esteban negó.
—No.
Todos quedaron sorprendidos.
—Mauricio Ferrer tenía un hermano.
Adrián sintió que algo dentro de él se detenía.
—¿Un hermano?
Esteban asintió.
—Un hombre que oficialmente murió hace cinco años.
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Horas después, en una casa desconocida, una persona colocó una fotografía sobre la mesa.
En ella aparecía Adrián junto a Valentina y Leo.
La persona tomó el teléfono.
—Ya descubrieron mi identidad.
Una voz respondió:
—Entonces es hora de dejar de esconderse.
La persona sonrió.
—¿Y qué hacemos con Adrián?
—Dile la verdad.
—¿Toda?
—No.
Hubo una pausa.
—Solo la suficiente para que destruya a su propia familia.
La persona miró una segunda fotografía.
Era una imagen antigua de Adrián, Valentina y su padre.
En la parte posterior estaba escrita una fecha.
El día que Valentina abandonó la ciudad.
Y debajo:
“La traición comenzó mucho antes de que naciera Leo.”
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En la mansión, Adrián recibió un último mensaje.
“Quieres saber quién traicionó a tu padre.”
Adrián respondió:
“Sí.”
La respuesta llegó segundos después.
“Entonces pregúntale a Valentina qué ocurrió la noche antes de que se fuera.”
Adrián levantó lentamente la mirada.
Valentina estaba al otro lado de la habitación.
Ella notó su expresión.
—¿Qué pasó?
Adrián no respondió.
Porque por primera vez, una duda comenzó a crecer dentro de él.
¿Y si Valentina también había estado ocultando algo?
Continuará…