Mateo Rivera es el capitán del equipo de fútbol: impulsivo, extrovertido y el centro de atención donde sea que va.
Izan Vogel es el capitán del equipo de natación: metódico, reservado y obsesionado con el control perfecto de su vida.
Para ellos, el instituto siempre ha sido un terreno de juego dividido en dos mundos que nunca deberían cruzarse. Pero cuando un recorte de presupuesto los obliga a compartir instalaciones y organizar juntos la Gala del colegio, la rivalidad entre ambos explota.
Lo que empieza como una tregua forzada a regañadientes se convierte rápidamente en una tensión difícil de ignorar. Entre vestidores vacíos, competencias decisivas y miradas que dicen más de lo que admiten, descubrirán que la distancia más peligrosa no está en el marcador, sino entre los dos.
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CAP 6: La sombra del escenario
Perspectiva de Mateo
La Gala del instituto fue un éxito desbordante. El gimnasio lucía espectacular bajo la iluminación cálida que logramos instalar, la música sonaba con una claridad impecable gracias al equipo de mi hermano y la pista de baile estaba repleta de gente riendo. Incluso el director Olmedo se había acercado a mitad de la noche para darnos una palmadita en el hombro y confirmar que los presupuestos de ambos equipos estaban blindados para la temporada.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba, el ruido constante y las felicitaciones empezaron a abrumarme. Necesitaba un momento de silencio. Me escabullí por una de las salidas de emergencia traseras que daban al pasillo del centro cultural del colegio, un área oscura y solitaria a esa hora. Caminé despacio hasta llegar al auditorio secundario, un salón enorme en penumbra que olía a madera barnizada y cortinas de terciopelo.
Para mi sorpresa, no era el único que buscaba escapar.
Sentado en la orilla del escenario principal, con las piernas cruzando el aire hacia las filas de asientos vacíos, estaba Izan. Se había quitado el saco del traje formal y llevaba la camisa blanca con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Su corbata estaba floja y desatada alrededor del cuello, y su cabello, por una vez, no estaba perfectamente peinado.
—Sabía que vendrías a esconderte aquí —dijo en voz baja sin girar la cabeza, reconociendo el eco de mis pasos en la madera.
—Tú estabas haciendo exactamente lo mismo —sonreí, acercándome a paso lento hasta sentarme a su lado.
—Había demasiada gente allá adentro —admitió, soltando un largo suspiro—. Pero funcionó, Mateo. Lo logramos. Salvamos la temporada.
—Te lo dije desde el primer día en el depósito, pero eres demasiado terco para confiar en mí —bromeé, aunque mi voz bajó de tono al notar lo cerca que estábamos.
La luz tenue de la luna se filtraba por los ventanales altos del auditorio, dibujando los contornos de su rostro. Se veía increíblemente bien vestido de etiqueta, pero lo que realmente me atrapó fue esa postura vulnerable y tranquila que solo se permitía tener cuando no había nadie más mirando.
—Gracias —murmuró de pronto, girando la cabeza para mirarme a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas por la penumbra—. De verdad. No habría podido salvar nada de esto sin ti.
—Hacemos un buen equipo cuando no estamos intentando matarnos —respondí, intentando mantener el tono ligero, pero mi respiración comenzó a traicionarme.
Izan no se rió. Se quedó en silencio, sosteniéndome la mirada con una intensidad que hizo que el aire en mis pulmones se sintiera pesado. Toda la rivalidad del año, los gritos en la piscina, las horas encerrados en el depósito y la tensión acumulada durante semanas parecieron concentrarse en el pequeño espacio que separaba nuestros rostros.
Me incliné hacia él muy despacio, dándole el tiempo suficiente para retroceder si quería poner un límite. Pero Izan no se movió. Al contrario, dejó escapar una exhalación corta y cerró los ojos cuando mi mano se posó con suavidad sobre su mejilla, sintiendo el calor de su piel.
Nos unimos en un beso lento, pausado y cuidadoso al principio, como si los dos estuviéramos tratando de asimilar lo que estaba pasando. Sin embargo, en cuanto sentí que él respondía al contacto y me sujetaba con firmeza de la solapa de mi chaqueta, la contención se rompió por completo. El beso se volvió profundo, cargado de una necesidad que ninguno de los dos podía seguir ocultando tras la excusa de la rivalidad.
Nos separamos tras unos segundos, manteniendo las frentes unidas y respirando el mismo aire en la penumbra del escenario vacío. Ninguno de los dos dijo una sola palabra, pero no hacía falta: ambos sabíamos que la tregua había terminado y que las reglas de nuestro juego habían cambiado para siempre.