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COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

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La primera huida a ciegas

El embarazo ya cumplía cinco meses, y el vientre de Candance se redondeaba de forma clara bajo sus vestidos holgados de algodón. Desde que Gino había endurecido la vigilancia tras lo ocurrido con su socio traidor, ella vivía pendiente de cada pequeño detalle: los horarios de ronda de los guardias, los días en que él citaba al médico en el salón principal, los momentos en que el ruido de la mansión se volvía más fuerte y distraía a todo el personal. La organización de ayuda le había advertido que esperaran un poco más para planificar una huida segura, pero el miedo constante a que descubrieran sus mensajes secretos la empujaba a buscar cualquier oportunidad que se le presentara sin pensarlo demasiado. Había logrado guardar un poco de dinero en efectivo, escondiéndolo dentro de la funda de su libro de apuntes académicos, y había memorizado la ruta hacia la estación de autobuses que salía hacia los pueblos alejados al mediodía, cuando el sol estaba más alto y los hombres de Gino solían estar en sus descansos breves.

Esa mañana, Gino citó al doctor Linares en el salón grande para revisar las vitaminas, la tensión arterial y el progreso general del embarazo. Candance escuchó sus voces claramente desde el pasillo contiguio: hablaban de la fatiga que la invadía casi todas las tardes, de dolores leves en la espalda y de los alimentos que debía evitar para no debilitarse más. Vio que los dos guardias que solían permanecer fijos en la puerta de su habitación se habían acercado hacia el salón para vigilar al jefe, siguiendo la orden que siempre cumplían sin cuestionar nada. Era la ventana que había estado esperando durante semanas, la única brecha que parecía abrirse entre tantos ojos vigilantes. Sin detenerse a dudar demasiado, se puso una chaqueta gruesa de lana que había guardado al fondo del armario, agarró su libro con el dinero escondido y salió por la salida trasera del ala de jardín, la que solo usaban los trabajadores de la mansión y que, por una vez, no tenía nadie apostado en la entrada.

Corrió con paso lento pero firme, cuidando de no cansarse demasiado ni sacudir su vientre para no poner en riesgo al bebé, hasta llegar al camino de tierra que llevaba a la carretera principal. El autobús de línea llegó pocos minutos después; ella subió con el corazón desbocado y se sentó al fondo, mirando por la ventana cómo los muros altos y las verjas de hierro de la mansión desaparecían poco a poco detrás de los árboles y los campos verdes. Durante todo el viaje de casi dos horas no pudo creer que lo había logrado: que por fin estaba alejada de Gino, de sus miradas penetrantes, de sus reglas sin piedad y de esa sensación de ser observada en cada movimiento que hacía.

Llegó a un pueblo pequeño al atardecer, cuando el cielo se teñía de naranja y gris. Buscó una pensión modesta en una calle tranquila, cerca de la plaza central, y habló con la casera, una mujer mayor de mirada amable y voz suave. Le contó una versión abreviada de su historia: que huía de un hombre poderoso que la retenía contra su voluntad, que esperaba poder seguir su camino hacia el extranjero en pocos días y que solo necesitaba refugio temporal para descansar. La mujer sintió lástima por ella y le alquiló una habitación pequeña pero limpia, diciéndole que no preguntaría nada más sobre su pasado, que solo descansara unos días hasta sentirse con fuerzas para seguir su camino.

Durante los primeros días, Candance creyó que había encontrado por fin un refugio seguro. Se comunicó brevemente con la organización para avisar que estaba a salvo y que esperaba la señal para seguir hacia la frontera que le abriría el paso hasta Inglaterra. Caminaba por las calles del pueblo al amanecer, escuchaba el ruido de los vecinos que abrían sus tiendas, el canto de los pájaros y el murmullo de la fuente de la plaza, y por primera vez en años no sentía que alguien la observara en cada esquina. Pero poco a poco empezó a notar cosas extrañas: un coche oscuro y grande que pasaba varias veces por la calle de la pensión, hombres altos con abrigos negros que se detenían a mirar la fachada sin entrar, como si estuvieran registrando cada detalle del lugar. Intentó calmarse, diciéndose que eran solo personas de paso o viajeroS que buscaban alojamiento, pero el miedo se le instaló en el pecho y no se le iba ni con el paso de las horas.

La séptima tarde, cuando ya empezaba a caer el sol, llamaron a la puerta de su habitación con golpes secos y fuertes. Candance pensó que era la casera que venía a cobrar la estancia semanal y abrió sin sospechar nada. Pero detrás de la mujer estaba Gino, inmóvil y con la mirada fría y dura, sin rastro de emoción ni sorpresa. La casera tenía el rostro hinchado y los hombros caídos; se notaba que había resistido a hablar de su huésped hasta que ya no pudo más.

—Ven —le dijo Gino con voz baja y cortante, sin gritar pero con una amenaza que llenaba todo el espacio pequeño de la habitación—, o ella paga por tu error.

Candance se quedó helada. Miró a la casera, que bajó la mirada sin atreverse a hablar, y entendió que no tenía ninguna opción para escapar de nuevo en ese momento. Se agarró su chaqueta y bajó las escaleras hasta el coche oscuro donde los guardias esperaban en silencio. El camino de vuelta hacia la mansión fue completamente silencioso; Gino no dijo ni una palabra en todo el trayecto, solo miraba por la ventana hacia el paisaje que pasaba rápido ante sus ojos. Candance intentó hablar, pedir perdón, explicar que solo quería buscar un futuro propio para ella y para el bebé que llevaba dentro, pero él solo repetía una cosa, seca y dura cada vez que ella abría la boca:

—Sígueme.

Cuando el coche entró por la verja de la mansión y las luces grandes de la fachada iluminaron su rostro pálido, Candance sintió que el corazón se le encogía. Sabía que la verdadera consecuencia no había llegado todavía, y que lo que le esperaba dentro de esas paredes sería mucho peor que cualquier viaje largo o cansancio. No sabía qué castigo preparaba Gino, solo sabía que su breve sueño de libertad se había desvanecido en siete días, y que ahora debía enfrentarse a la furia contenida del hombre que nunca había logrado escapar.

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