Ella reencarna en un nuevo mundo y está decidida a cambiar el futuro de un duque.. que además, le encanta.
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**Esta novela pertenece a un mundo mágico**
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Despertar
De repente escuchó otra voz..
—¡Señorita!
La voz llegó desde muy lejos.
—¡Señorita, por favor, despierte!
Ella frunció el ceño.
[¿Quién está gritando? ¿Y por qué no me deja dormir?].
Intentó darse la vuelta.
Algo le impidió hacerlo.
Tenía un cuerpo.
¡UN CUERPO!
Podía sentir la presión de las sábanas, el peso de su cabello y una extraña sensación de frío en las manos.
También podía respirar.
El descubrimiento le pareció extraordinario.
Inspiró profundamente.
Exhaló.
Volvió a inspirar.
[¡Estoy respirando! ¡Tengo pulmones! ¡Maravilloso! ¡Nunca pensé que volvería a apreciar tanto mis pulmones!].
Abrió los ojos.
Y se quedó inmóvil.
Sobre ella había una tela color marfil, bordado con pequeñas flores doradas. Las cortinas caían desde una estructura de madera tallada, y a un lado de la cama se encontraba una mujer vestida con un uniforme de criada.
La desconocida la observaba con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Señorita! ¡Gracias al cielo! ¡Por fin ha despertado!
Ella parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Después miró a su alrededor.
La habitación era enorme.
Había muebles de madera oscura, un tocador con un espejo ovalado, un armario ornamentado y una chimenea de piedra. Cerca de la ventana se encontraba una mesa sobre la que descansaban una jarra de agua, un ramo de flores frescas y varios libros encuadernados en cuero.
Nada de aquello parecía un hospital.
Tampoco una habitación de hotel.
Ni mucho menos su dormitorio.
[¿Dónde estoy?].
Se incorporó lentamente.
La criada se apresuró a ayudarla, acomodándole unos cojines detrás de la espalda.
—No debe hacer esfuerzos, señorita. Ha permanecido inconsciente durante varias horas. El médico dijo que debía descansar y que...
La mujer se interrumpió.
Ella no la estaba escuchando.
Había descubierto sus manos.
Eran delicadas, blancas y finas. Sus uñas estaban perfectamente cuidadas..
Se miró los brazos.
Después el vestido de dormir.
Luego las piernas.
Finalmente, levantó ambas manos y se tocó la cara.
Una cara que no reconocía.
—¿Qué...?
Su voz sonó distinta.
Más suave.
Más melodiosa.
La criada se llevó una mano al pecho.
—¿Señorita?
Ella giró lentamente hacia el espejo.
Y entonces la vio.
Una joven rubia la observaba desde el otro lado del cristal.
Tenía el cabello largo, brillante, de un tono dorado que recordaba al sol sobre el trigo. Su piel era clara y sus facciones exquisitas.. nariz pequeña, labios delicados, pómulos suaves y un rostro de proporciones casi perfectas.
Pero eran sus ojos los que más llamaban la atención.
Rojos.
No de un marrón rojizo que pudiera confundirse con otro color.
Rojos de verdad.
Como dos rubíes engastados en una joya.
Ella se acercó al espejo.
La joven del reflejo hizo lo mismo.
Abrió la boca.
La joven también.
Se tocó una mejilla.
El reflejo la imitó.
Entonces retrocedió de golpe.
—¡AAAAAAAH!
La criada gritó también.
—¡SEÑORITA!
Ambas se quedaron mirándose.
Una aterrorizada.
La otra absolutamente desconcertada.
La protagonista señaló el espejo con una mano temblorosa.
—¿Quién es esa mujer?
La criada palideció.
—¿Qué mujer, señorita?
—¡ESA! ¡LA RUBIA! ¡LA QUE ME ESTÁ COPIANDO!
La criada miró el espejo.
Después la miró a ella.
Y finalmente se llevó ambas manos a la boca.
—¡Oh, no! ¡El golpe debió afectarla más de lo que pensábamos! ¡Voy a llamar al médico!
Salió corriendo de la habitación.
Ella permaneció sentada en la cama.
En silencio.
Después volvió a mirar el espejo.
La joven rubia seguía allí.
Se acercó despacio.
—Hola...
El reflejo también pareció saludarla.
Se pellizcó el brazo.
Dolió.
Se pellizcó con más fuerza.
Dolió todavía más.
—¡Ay!
[De acuerdo. Esto no es un sueño].
Miró la habitación.
Miró el vestido.
Miró sus manos.
Miró nuevamente sus ojos rojos.
Y entonces recordó las imágenes.
El duque.
La esposa envenenadora.
La mujer melancólica.
Los primos.
La isla de Vagur.
Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que tuvo que apoyar una mano sobre el pecho.
—No puede ser...
Pero sí podía ser.
De hecho, cuanto más observaba la habitación, más reconocía los detalles que había visto durante aquellas extrañas visiones.
Los muebles.
La decoración.
El estilo de los vestidos.
Incluso el escudo familiar bordado en una de las cortinas.
Era el mismo mundo.
El mundo que había contemplado desde la oscuridad.
El mundo en el que había vivido aquel duque.
El mundo de la mujer que había terminado sola en Vagur.
Un mundo que no aparecía en ningún mapa moderno porque, sencillamente, no pertenecía a su época.
La protagonista se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡ME HE REENCARNADO!
La frase salió tan fuerte que probablemente la escucharon hasta los establos.
Y, por primera vez desde que había abierto los ojos, sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Después otra más grande.
Y finalmente una sonrisa tan amplia que parecía estar a punto de partirle la cara en dos.
[¡ME HE REENCARNADO!].
Se levantó de la cama con tanta rapidez que casi tropezó con las sábanas.
[¡ME HE REENCARNADO EN UN MUNDO DE FANTASÍA!].
Dio una vuelta sobre sí misma.
[¡UN MUNDO DE DUQUES!].
Otra vuelta.
[¡DE CARRUAJES!].
Se detuvo frente al espejo.
[¡DE VESTIDOS PRECIOSOS!].
Abrió los ojos de par en par.
[¡Y DE MAGIA!].
La joven rubia del espejo le devolvió una expresión de absoluta felicidad.
Entonces recordó algo importante.
Algo que merecía ser considerado con la máxima seriedad.
Algo que podía cambiar el curso de toda su nueva existencia.
—Espera...
Se acercó al tocador y comenzó a buscar entre los objetos que había sobre él. Encontró un pequeño espejo de mano, varios frascos de perfume y una caja de joyas.
La abrió.
Y dejó de respirar durante un segundo.
Collares.
Pulseras.
Pendientes.
Anillos.
Piedras preciosas de distintos colores.
Todo cuidadosamente colocado sobre un lecho de terciopelo.
La protagonista tomó un collar de perlas y lo levantó frente a la luz.
Después miró la habitación.
Las cortinas bordadas.
Los muebles tallados.
Los libros.
La ropa.
El anillo de rubí que llevaba en el dedo.
Una idea maravillosa comenzó a tomar forma en su mente.
[Espera. Espera. Espera].
Volvió a mirar el espejo.
Era hermosa.
No, hermosa no era suficiente.
Era extraordinariamente hermosa.
Y, por lo que podía deducir de las joyas, la decoración y el tratamiento respetuoso que le daba la criada, también era una mujer noble.
Una mujer noble que vivía en una isla.
Una mujer noble que, si las imágenes no la habían engañado, pertenecía a una familia importante del reino de Vagur.
Ella se dejó caer sobre una silla.
Se cubrió la boca con ambas manos.
Y comenzó a reír.
Primero suavemente.
Después con una carcajada que no consiguió contener.
—¡JA, JA, JA!
[¡SOY RICA!].
Se levantó.
—¡JA, JA, JA, JA!
[¡ESTOY HERMOSA!].
Dio unos pasos por la habitación.
—¡JA, JA, JA, JA, JA!
[¡Y NO TENGO QUE PAGAR LA HIPOTECA DE MI ANTIGUO DEPARTAMENTO!].
Aquello último le pareció particularmente satisfactorio.
Porque morir era una desgracia, desde luego.
Morir electrocutada mientras cantaba una canción en un inglés cuestionable era todavía peor.
Pero morir y despertar en el cuerpo de una mujer noble, en un mundo de magia, con joyas, vestidos preciosos y una habitación que parecía costar más que todos sus bienes materiales anteriores juntos...
Bueno.
Había que reconocer que el universo tenía una manera bastante peculiar de compensar sus errores.
De pronto, la sonrisa se le desvaneció un poco.
Recordó al duque.
Recordó a la esposa.
Recordó a la mujer que lloraba frente a la ventana.
Y recordó que aquella historia no había terminado precisamente bien.
[Espera un momento].
Se quedó mirando el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana.
Desde allí podía ver jardines, caminos de piedra y, más allá, las aguas azules que rodeaban la isla. En la distancia, pequeñas embarcaciones navegaban hacia el puerto. Las casas del pueblo se agrupaban junto a la costa, y las colinas verdes descendían suavemente hacia el mar.
Era hermoso.
Tan hermoso que por un momento sintió que el corazón se le encogía.
Había perdido su antigua vida.
Su familia, sus amistades, sus costumbres, su música, su teléfono y aquella entrada para el concierto que jamás llegaría a utilizar.
No sabía si volvería a ver algo de su mundo.
Ni siquiera sabía si alguien había descubierto lo que le había sucedido.
La tristeza apareció de manera inesperada.
Se sentó junto a la ventana y apoyó la frente en el cristal.
[Espero que mi familia esté bien].
Permaneció así durante unos minutos.
Después respiró hondo.
No podía cambiar lo que había ocurrido.
No podía regresar al pasado.
Pero podía vivir.
Tenía una segunda oportunidad.
Una oportunidad que jamás habría imaginado, ni siquiera en sus fantasías más disparatadas.
Y si el universo había decidido entregarle una vida nueva, pensaba aprovecharla hasta el último segundo.
Ella se puso de pie.
Se alisó el vestido.
Levantó la barbilla.
Y sonrió nuevamente.
Se acercó al espejo.
Sus ojos rojos brillaron bajo la luz de la tarde.
[Voy a averiguarlo todo].
Solo Catarina al natural