Sinopsis: Enamorada del hermano de mi novio
Todo comienza cuando Gabriel Montes presenta a su novia, Kerly Sánchez, a su familia, sin imaginar que su propio hermano, Elian Montes, terminará enamorándose perdidamente de ella. Lo que empieza como una simple atracción se convierte en un amor prohibido que ninguno de los dos puede controlar. A escondidas de Gabriel, Elian y Kerly comienzan una relación clandestina, arriesgándose a destruir los lazos familiares por un sentimiento que crece cada día más. Pero cuando Gabriel descubre la traición, tendrá que decidir hasta dónde está dispuesto a llegar contra su propia sangre por la mujer que ama.
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### Capítulo 5: ¡Dejá de joderme, Gabriel!
Elian Montes — Cali, Colombia
¡Uy, parce, qué rumba tan hijuepuerca de buena!
Eran las seis de la mañana y yo venía llegando a la casa después de una noche de fiesta con Mateo y los muchachos. Tenía la camisa medio desabrochada, el cabello vuelto nada y las piernas que apenas me respondían. Había tomado más de la cuenta y, para completar, venía cantando a todo pulmón por el camino.
—🎶 Yo no sé mañana, yo no sé mañana… 🎶
Me equivoqué de letra, me reí solo y seguí cantando.
—¡Eso, Cali, ve! ¡Qué viva la rumba, hijuepuerca!
Cuando llegué a la puerta, saqué las llaves del bolsillo y comencé a buscar la cerradura. Después de varios intentos, conseguí abrir y entré tambaleándome.
—¡Llegó el papacito de la casa! —anuncié, levantando los brazos—. ¡Buenos días, familia! ¿Quién quiere bailar salsa conmigo?
—¡ELIAN MONTES!
Uy, juepucha. Esa voz solamente podía pertenecer a una persona.
Gabriel.
Mi hermanito querido, el inspector de la Policía de mi vida, estaba parado en medio de la sala con los brazos cruzados y una cara de pocos amigos.
—¡Ve, ome! ¿Qué hacés despierto a esta hora? —le pregunté, soltando una carcajada.
—¿Vos me estás preguntando qué hago despierto? ¡Son las seis de la mañana y llegás en ese estado!
Me apoyé contra la pared porque sentía que el piso se movía.
—Ay, Gabriel, no empecés con tu cantaleta, ¿sí? Estoy muy feliz para escuchar tus sermones.
—¡Estás borracho!
—¡No, hombre! Estoy alegre. Hay una pequeña diferencia, doctor.
Gabriel se pasó una mano por la cara, desesperado.
—¡Qué vergüenza con vos, Elian! Tenés veinticuatro años y parecés un peladito que no sabe controlarse.
—¿Y vos qué sabés de divertirte, ah? ¡Si tu vida es trabajar, comer y dormir! Qué aburrición, hermano.
—Por lo menos yo sé comportarme.
—¡Uy, felicitaciones! ¿Querés una medalla o te hacemos una estatua en el parque de las Banderas?
—¡No te burlés de mí!
—¡Pues dejá de joderme la vida!
Gabriel dio un paso hacia mí y me señaló con el dedo.
—Escuchame bien, Elian. A mí no me importa que salgás con tus amigos, pero no podés seguir llegando así a la casa. ¿Qué pasaría si algún día te ocurre algo?
—¡Ay, por Dios! ¿Ahora también sos adivino?
—¡Te estoy hablando en serio!
—¡Y yo también, hijueputa! ¡Dejame tranquilo!
Apenas terminé de decirlo, vi cómo le cambió la expresión. Gabriel apretó la mandíbula y me miró con una decepción que, por un segundo, me hizo sentir incómodo.
Pero yo estaba demasiado borracho y orgulloso para disculparme.
—¿Sabés qué? —dijo finalmente—. Hacé lo que se te dé la gana. Pero después no vengás a llorar cuando tengás que asumir las consecuencias.
—¡Listo, pues! ¡Andá a dormir, que mañana tenés que ir a trabajar y ser el orgullo de mi papá!
Me di la vuelta para subir las escaleras, pero Gabriel volvió a hablar.
—¡Elian, esperá!
—¡¿QUÉ MÁS?!
Me miró de arriba abajo y luego preguntó con una seriedad que me borró un poquito la sonrisa.
—Hermano, decime una cosa. ¿No viniste manejando en ese estado?
Me quedé quieto.
Por unos segundos, no contesté.
—Elian, te estoy preguntando algo. ¿Manejaste el carro después de tomar?
Me llevé una mano a la frente, intentando organizar mis pensamientos.
—Pues… yo…
—¡Decime que no, hermano! ¡Decime que no fuiste tan irresponsable!
—¡No me grités, marica! —respondí, molesto—. ¡Que no soy sordo!
Gabriel se acercó, preocupado.
—¿Dónde está el carro?
—Afuera.
—¿Lo trajiste vos?
Me quedé callado otra vez.
Su expresión cambió por completo.
—¡No puedo creerlo, Elian! ¡Pudiste haberte accidentado o haber lastimado a otra persona! ¿En qué estabas pensando?
—¡Ya, Gabriel! ¡Ya entendí, pues!
—¡No, no entendiste nada! ¡Esto no es una bobada!
—¡Dejá de tratarme como si fueras mi papá!
—¡Pues alguien tiene que hacerte entrar en razón!
En ese momento apareció mi papá, todavía en pijama, atraído por nuestros gritos.
—¿Qué carajos está pasando aquí?
Gabriel me señaló, indignado.
—¡Preguntale a tu hijo, papá! ¡Llegó borracho y no sé si manejó así hasta la casa!
Mi papá me miró fijamente.
Y yo, por primera vez en toda la mañana, no encontré ninguna respuesta graciosa.
Continuará…