Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
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Capítulo 16
016. Había ido a verla todos los años
Quizá Alejandro notó que su presencia ponía nerviosa a Valentina, porque dijo:
—Mira si te falta algo y me dices. Voy a subir a bañarme.
—Espera.
Él se detuvo y volvió la cabeza.
—¿Qué pasa?
Valentina abrió la mochila y sacó una botella de leche.
—Alejandro, ¿me ayudas a contactar a un laboratorio? Puede que haya algo malo en esta leche.
La mirada de él se concentró de golpe.
—¿Alguien quiere hacerte daño?
Ella asintió, seria.
—Eso creo. No estoy segura, pero prefiero tener cuidado.
—Está bien. Yo me encargo.
Alejandro sacó el teléfono e hizo una llamada.
—Ven un momento. Necesito que hagas algo.
Se alejó mientras hablaba y desapareció en el recodo de la escalera. Valentina soltó el aire y relajó el cuerpo. Al entregarle la leche se había encontrado de golpe con aquellos ojos oscuros y profundos. Por un instante le había parecido que el corazón se le detenía.
Tenía unos ojos preciosos. No, no solo los ojos. Toda su cara parecía la obra maestra de un escultor. Bastaba con mirarlo de frente para que el corazón se le acelerara.
Cuando él se fue, Valentina observó la suite. Había señales claras de que alguien vivía allí: objetos personales en distintos rincones de la sala. Era extraño. No parecía que Alejandro acabara de reservarla. Más bien daba la impresión de que iba seguido. Pero ¿no vivía siempre en Santa Lucía?
No le dio más vueltas. Tampoco era asunto suyo.
Llevó la maleta al dormitorio y solo entonces recordó que había guardado ropa y productos para la piel, pero no sandalias para bañarse. Estaba pensando si decírselo a Alejandro cuando sonó el timbre.
Al abrir, se encontró con una persona del hotel, de uniforme, que llevaba una bandeja en una mano y una bolsa en la otra.
—Buenas noches. Traigo unas cosas para el señor Ferrer.
Valentina tomó el vaso de leche de la bandeja y recibió la bolsa.
—Gracias.
—No tiene que agradecerme.
Después de cerrar, miró la leche caliente con curiosidad. ¿Alejandro también tenía la costumbre de tomarla antes de dormir? Qué coincidencia. Dejó el vaso en la mesa y abrió la bolsa. Había unas sandalias de baño nuevas para mujer, dos toallas sin abrir y artículos de aseo.
Debían de ser para ella. Sintió una calidez por dentro. Alejandro era muy atento.
—¿Ya trajeron todo?
Él apareció junto a la escalera.
—Sí. Gracias, Alejandro.
Valentina levantó los ojos y sus miradas se encontraron. La sensación era extraña. Ahora no solo era el vecino al que siempre había visto como un hermano mayor. También era su prometido.
Mientras hablaban, Alejandro bajó y se acercó a ella.
—La leche la pedí para ti.
—¿Ah? Pensé que era para ti.
—Yo no tengo esa costumbre. Tómatela.
Fue a abrir la puerta. El asistente que ella había visto en el vestíbulo ya estaba allí; ni siquiera sabía cuándo había llegado.
—Lleva esta botella de leche a analizar.
—Sí, señor Ferrer.
Alejandro cerró y, al volverse, descubrió que Valentina lo miraba. Sus ojos eran claros y húmedos, llenos de curiosidad, como los de algún animalito adorable. Fue como si una pluma ligera se le hubiera posado en el corazón y le hiciera cosquillas.
Se acercó y no pudo evitar acariciarle el cabello, con suavidad y cariño, como cuando eran más jóvenes.
—Hoy acuéstate temprano. ¿A qué hora quieres levantarte mañana? Te llamo.
—A las diez.
Sentada en el sofá, ella alzó el rostro hacia él. Tenía los labios manchados de leche. La imagen fue demasiado intensa. La mirada de Alejandro se oscureció y su nuez se movió ligeramente al tragar. Apartó los ojos, incómodo.
—Descansa. Buenas noches.
Sin esperar respuesta, fue hacia la escalera. Valentina no notó nada de lo que había sentido él. Bajó la mirada y siguió tomando la leche despacio.
***
A la mañana siguiente, Alejandro llamó a su puerta antes de que sonara la alarma.
—Vale, hora de levantarse.
Ella abrió los ojos y buscó el teléfono bajo la almohada. Las nueve y cincuenta y nueve. Qué puntualidad.
Cuando terminó de asearse y salió, el desayuno ya estaba servido. Era un plato de ravioles en caldo que parecía de lo más sencillo. Valentina se sentó, abrió el paquete de cubiertos desechables y tomó primero una cucharada de caldo. Los ojos se le iluminaron de pronto.
—Sabe igual que el de la tienda cerca del bufete.
Alejandro, sentado enfrente, respondió con un «sí» sin levantar los ojos ni darle importancia. Valentina no supo qué interpretar. ¿Qué significaba ese «sí»? Probó un raviol. Sí, sabía exactamente como el de la tienda a la que iba siempre. Lo miró con desconfianza.
—¿Lo compraron en el local que está detrás de nuestro bufete?
—Sí —contestó él, impasible.
—¿Cómo conoces ese lugar?
La tienda quedaba muy lejos del hotel, a por lo menos diez kilómetros. ¿Por qué iría Alejandro hasta allá a buscar el desayuno? Al ver que ya no podía ocultarlo, él lo admitió.
—Antes… he venido a Puerto Azul a verte.
Valentina se quedó inmóvil. ¿Había ido a verla? ¿Y ella no sabía nada? La sorpresa fue tanta que se atragantó y empezó a toser. Alejandro le tendió enseguida una servilleta.
—Despacio.
—¿Cuándo viniste? ¿Por qué no me enteré?
—El primer año que te fuiste. El segundo. Y también este año.
Lo dijo con calma y sin evasivas. A Valentina le dio un vuelco el corazón. Sentía que la sangre ya no le llegaba a la cabeza. Alejandro había ido a verla todos los años. Y a escondidas. Con razón aquella suite tenía tantas señales de uso. Debía de ir bastante seguido.
Algo estaba a punto de hacerse evidente. El corazón se le aceleró de golpe. No se atrevió a seguir pensando y cambió de tema a toda prisa.
—Gracias, Alejandro. De verdad son muy ricos los ravioles de ese lugar.
Él vio sus orejas tan rojas que parecían a punto de arder y sonrió. No la dejó en evidencia. Habló como si nada.
—Por cierto, conozco a una restauradora excelente. Hasta la invitaron a restaurar piezas en el Museo Nacional. Quizá pueda ayudarnos.
—¿De verdad?
Valentina levantó la cabeza de golpe, con los ojos llenos de sorpresa y esperanza. Él asintió.
—Sí. Cuando volvamos a Santa Lucía, te llevo a verla.
—Está bien.
Sus palabras fueron como un remedio. El dolor que Valentina llevaba en el pecho desde la noche anterior pareció aliviarse. No sabía explicar por qué, pero confiaba en Alejandro. Si él decía que la restauradora era tan buena, seguro podría reparar su figurita.
En una sola mañana, su ánimo había pasado de un extremo al otro. Alejandro le había dado demasiadas sorpresas. De pronto sintió curiosidad.
¿Cuántas cosas más habría de él que no sabía?