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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: La emboscada menor

La tregua tácita forjada en el polígono subterráneo no suavizó el aire; lo volvió más denso, cargado de una vigilancia mutua que rozaba la obsesión.

A las once de la mañana, el Audi A8 blindado abandonó el perímetro de Porta Nuova enfilando hacia el nudo de autopistas que conectaba el norte de Milán con el polo logístico de Rho-Pero. El cielo mantenía un tono ceniza uniforme, y sobre el asfalto de la Tangenziale Ovest, los neumáticos especiales de perfil reforzado emitían un zumbido sordo contra el agua acumulada.

Martina había dejado el maletín de cuero en el suelo del asiento trasero. Llevaba un jersey de cuello vuelto en lana fina gris marengo y una chaqueta corta de cuero negro sin adornos, con las mangas ligeramente subidas para no entorpecer los movimientos de las muñecas. Tenía la vista fija en la tableta, pero no estaba leyendo balances: revisaba las cámaras perimetrales de la filial aduanera donde debían firmar la incautación preventiva de tres contenedores procedentes de los Balcanes.

En el asiento del conductor, Dereck conducía con una concentración silenciosa.

Sus ojos grises no buscaban el retrovisor por morbo ni por insolencia; lo hacían por puro cálculo de escolta. Sin embargo, cada vez que el reflejo de Martina aparecía en la esquina superior del cristal, el recuerdo de la galería de tiro —su respiración acelerada contra su pecho, la frialdad con la que vació tres cargadores en veintidós segundos y la forma en que supo leer la técnica de asalto del Báltico— le producía una punzada de tensión en la nuca.

La mujer era un polvorín. Y lo que más le irritaba a Dereck era que su propia mente, entrenada durante una década para clasificar y neutralizar amenazas, no lograba encasillarla. Quería seguir viéndola como una criatura arrogante que jugaba a ser peligrosa, pero los hechos empezaban a demoler esa coartada con la fuerza de un ariete.

—El camión de custodia no llegó al punto de relevo en Cormano —dijo Martina de pronto, sin levantar la vista de la pantalla. Su voz sonó plana, profesional, desprovista de emoción—. La señal GPS del vehículo guía de Bruno se detuvo hace cuatro minutos en el enlace con la A4.

Dereck no respondió de inmediato. Sus ojos fueron del cuadro de instrumentos al espejo lateral izquierdo.

Unos trescientos metros por detrás, entre el tráfico denso de furgonetas de reparto y turismos comerciales, una furgoneta Mercedes Vito oscura con lunas tintadas y sin distintivos de empresa acababa de cambiar de carril sin señalizar, colocándose en la estela directa del Audi. A su derecha, una camioneta todoterreno con defensas de acero galvanizado redujo la velocidad de golpe, manteniéndose a la altura del ángulo muerto del sedán.

—Lo sé —respondió Dereck en un gruñido bajo—. Tenemos compañía desde la salida de Certosa.

Martina apagó la tableta con un chasquido suave y la encajó en el bolsillo de red tras el respaldo del copiloto. No se encogió en el asiento ni buscó el suelo del vehículo. Se ajustó el cinturón de seguridad de tres puntos con un tirón firme, comprobó al tacto la funda del tobillo donde llevaba una Glock 43 oculta bajo la bota y se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio entre los dos asientos delanteros.

—No son de la policía fiscal —analizó ella con una calma que hizo que a Dereck se le tensara la mandíbula—. La Vito no tiene antenas de transmisión oficial y la camioneta tiene matrícula provisional suiza clonada. Vienen por el expediente de los contenedores o por una cabeza de los Moretti.

—Vienen por las dos cosas —replicó Dereck, bajando dos marchas con las levas del volante. El motor V8 de cuatro litros rugió al subir a cuatro mil revoluciones, respondiendo con un empuje inmediato—. Quédese atrás y no se mueva. El habitáculo soporta munición perforante de 7.62, pero si nos cruzan el paso en el puente, el peso nos va a jugar en contra.

La camioneta todoterreno aceleró de golpe por el carril derecho, buscando emparejarse con el lateral del Audi para forzarlo contra la bionda de protección de hormigón. Al mismo tiempo, la furgoneta oscura acortó distancia a menos de cinco metros, encendiendo las luces largas para cegar a Dereck a través del retrovisor.

—Quieren emparedarnos antes de la curva hacia la A8 —dijo Martina, evaluando la trayectoria de ambos vehículos con una precisión milimétrica—. Si te cierras a la izquierda, la Vito te golpea el eje trasero y perdemos la tracción.

—Sé cómo manejar una persecución, signorina —escupió él, apretando el volante con manos firmes.

—Entonces deja de hablar y acelera antes de que el todoterreno meta el morro.

El choque fue inminente.

La camioneta suiza dio un volantazo violento hacia la izquierda, embistiendo la aleta delantera derecha del Audi con un impacto metálico ensordecedor. Las chispas saltaron sobre el capó blindado y el sedán se desplazó medio metro hacia el carril central por la inercia del golpe. Dereck contrapunteó con fuerza de brazos para no perder el control, pisando el acelerador a fondo para sacudirse el peso del atacante.

Desde la ventanilla trasera de la furgoneta que venía pegada a su maletero, el cristal se bajó diez centímetros y asomó el cañón corto de un subfusil con silenciador.

Trac-trac-trac-trac.

Una ráfaga de proyectiles impactó contra la luneta trasera blindada del Audi, agrietando la capa exterior de policarbonato en una telaraña blanquecina que anuló casi por completo la visibilidad hacia atrás.

Dereck maldijo entre dientes, buscando la funda sobaquera con la mano derecha mientras sostenía la dirección con la izquierda. La maniobra era suicida: a ciento cuarenta kilómetros por hora sobre asfalto mojado, soltar el volante para disparar a través de la ventanilla lateral implicaba una colisión segura contra los pilares del viaducto que se aproximaba.

—¡Sostén el arma! —ordenó Martina.

Antes de que Dereck pudiera procesar la orden, Martina no esperó su consentimiento: se deslizó entre los dos asientos delanteros con la elasticidad de un felino, plantó su cadera firme sobre la consola central junto a la palanca de cambios y aferró el volante por la parte superior con ambas manos, asumiendo el control de la trayectoria del bólido.

El contacto de su cuerpo contra el hombro de Dereck fue eléctrico, una fricción de cuero y calor que apenas duró una fracción de segundo en medio del caos.

—¡Toma el volante, carajo! —gritó Dereck por puro instinto protector, sintiendo la proximidad de ella como un impacto más peligroso que las balas.

—¡Dispara a la rueda delantera de la Vito o nos van a hacer volcar en la bifurcación! —rugió Martina con una voz de mando tan autoritaria, tan limpia y carente del menor temblor que el cerebro militar de Dereck acató la orden antes de que su orgullo pudiera sabotearlo.

Martina mantuvo el pie izquierdo afirmado en el piso trasero para hacer palanca y clavó sus ojos en el asfalto. El todoterreno volvía a embestir por la derecha; Martina no esquivó el golpe: giró el volante con un movimiento seco hacia el atacante justo antes del impacto, golpeando chapa contra chapa con una agresividad calculada que desestabilizó la amortiguación de la camioneta enemiga, empujándola contra el quitamiedos exterior en una lluvia de esquirlas y plástico roto.

Al mismo tiempo, Dereck bajó su ventanilla apenas cuatro dedos.

Sacó el cañón de la SIG Sauer, calculó el cabeceo del vehículo por la vibración que Martina absorbía con los brazos y disparó tres veces en rápida sucesión contra el neumático delantero izquierdo de la furgoneta que intentaba volver a emparejarse tras ellos.

Pum. Pum. Pum.

El neumático de la Vito reventó con un estampido sordo. La furgoneta perdió la dirección de inmediato, comenzó a dar bandazos incontrolables sobre el asfalto empapado y terminó estrellándose de costado contra los bloques de hormigón de la mediana, levantando una columna de humo y metal retorcido que bloqueó por completo el carril para cualquier otro perseguidor.

—La camioneta sigue viva —advirtió Martina entre dientes, manteniendo el Audi en una línea recta impecable a ciento sesenta por hora mientras el viaducto se abría frente a ellos.

El todoterreno, con el lateral derecho destrozado pero el motor intacto, intentó una última maniobra desesperada: aceleró para cruzar el morro del Audi en la salida hacia la carretera secundaria.

Martina no frenó.

—Agárrate —dijo ella en un susurro gélido.

Tiró del freno de mano electrónico con un toque preciso mientras corregía la dirección con un golpe de muñeca hacia el exterior de la curva. La zaga del Audi derrapó con una fluidez asombrosa sobre el agua, barrió el morro del todoterreno con el parachoques trasero reforzado y lo catapultó fuera de la calzada, haciéndolo caer en la cuneta de barro donde quedó volcado sobre el techo con las ruedas girando en el vacío.

El sedán recuperó el agarre de inmediato. Martina enderezó la dirección, devolvió el control de la transmisión a Dereck y soltó el volante.

Todo el enfrentamiento había durado menos de sesenta segundos.

Dereck desaceleró progresivamente, tomando el desvío hacia una vía de servicio secundaria y desierta que serpenteaba entre naves industriales abandonadas, lejos del tráfico de la autopista. Detuvo el vehículo bajo el tejadillo de una gasolinera en desuso y apagó el motor.

El silencio que cayó sobre el habitáculo solo estuvo roto por el chasquido del metal caliente del escape y el jadeo acompasado de dos respiraciones pesadas.

Martina seguía inclinada sobre la consola central, con el pecho rozando el brazo de él y una hebra de cabello oscuro pegada a la comisura de sus labios. Tenía las mejillas encendidas por la adrenalina, pero en sus ojos castaños no había pánico, ni lágrimas, ni el colapso histérico que Dereck había visto en decenas de hombres curtidos tras una emboscada vehicular.

Había una frialdad absoluta. La serenidad letal de quien ha nacido para el fuego.

Dereck permaneció inmóvil, con la SIG Sauer humeando todavía en su regazo. Giró despacio la cabeza hacia ella, clavando sus ojos grises en el perfil de su rostro. Estaban tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de la piel de Martina, el perfume a jazmín compitiendo con el olor agrio de la pólvora quemada que había entrado por la rendija de la ventanilla.

—¿Dónde aprendiste a hacer un bloqueo en cuña a ciento cuarenta por hora? —preguntó Dereck, y su voz sonó más rota y baja de lo que jamás había permitido frente a un subordinado... o frente a un objetivo.

Martina se acomodó despacio de regreso a su asiento, apoyando la espalda contra el cuero con una lentitud calculada. Se pasó los dedos por el cabello para apartarlo de la frente y lo miró de reojo, con una media sonrisa que destilaba una superioridad aplastante.

—Pista de pruebas de la escuela táctica de Skip Barber, en Connecticut —respondió ella, midiendo cada palabra—. Tres veranos consecutivos mientras tú probablemente pensabas que estaba tomando el sol en una piscina privada.

Dereck apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos le dolieron. La punzada de admiración involuntaria que sintió en el pecho fue tan violenta que casi le costó respirar. No había excusas. No había lecturas retorcidas que sostuvieran su viejo juicio: la mujer no solo no era una carga; había operado la máquina con la destreza de un piloto de asalto y le había salvado la línea de tiro.

Iba a decir algo, una frase que rompiera el asedio invisible que ella acababa de levantar sobre su mente, cuando su mirada bajó hacia la manga de la chaqueta de cuero de Martina.

La tela negra estaba rasgada a la altura del antebrazo izquierdo. Y bajo el desgarro, un hilo espeso de sangre roja y brillante comenzaba a empapar la lana gris de su jersey, goteando lentamente sobre el cuero del asiento.

Un fragmento de metralla del primer impacto del todoterreno había perforado la chapa de la puerta trasera.

Dereck se congeló un instante. Un instinto feroz, primitivo y visceral, totalmente ajeno a su papel de custodio fingido, le atenazó la garganta.

—Estás herida —dijo él, y el tono de su voz cambió de golpe a una aspereza sombría.

Martina miró su propio brazo con indiferencia clínica, como si la sangre perteneciera a otra persona.

—Es un rasguño, Dereck. Pon el auto en marcha; la aduana nos espera.

Dereck no puso el auto en marcha. Se desabrochó el cinturón con un chasquido seco, abrió la guantera táctica para sacar el botiquín de combate y clavó sus ojos de pedernal en los de ella con una determinación que no admitía réplica.

—No vamos a ninguna parte hasta que cierre esa herida, Moretti. Cállate y no te muevas.

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Leticia Contreras
una alianza letal el tio salio sin nada
Leticia Contreras
y no hubo luna de miel que pareja tan seca
Leticia Contreras
ya se van a casar 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
al fin se entendieron este par de tortolitos 🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
es historia que biene de la imaginacion de la autora
Leticia Contreras
se le va a armar la bronca con Martina
Leticia Contreras
Martina no quiere dar su brazo a torcer pero no es solo ella tambien esta el bebe
Leticia Contreras
ya Martina no tiene escapatoria el ya descubrio que esta en la dulce espera de un bebe
Leticia Contreras
Dereck tiene muy buena intuicion nada se le pasa por alto haci es que Martina tiene que decirle que esta embarasada
Leticia Contreras
que creia Martina que acostarce con Dereck no tendria consecuencias ahora esta embarasada y creo que no piensa decirle nada a Dereck
Leticia Contreras
ya cae mal Dereck rogandole a Martina que la deje tal ves haci entienda ella
Leticia Contreras
ya la hubiera dejado sola Dereck Martina es una soberbia
Leticia Contreras
Martina despues de todo lo que Dereck a hecho lo desprecio
Leticia Contreras
ya cae mal Martina con su actitud
Leticia Contreras
Dereck aun no se decide a hablar de su pocision
Leticia Contreras
ya Dereck confieza quien eres en realidad
Leticia Contreras
Dereck deve de decirle la verdad a Martina antes de que lo sepa por otro lado
Leticia Contreras
creo que tiene miedo de decirle la verdad a Martina
Leticia Contreras
bueno ya se entregaron los dos ahora aver que pasa cuando ella sepa la verdad de quien es
Leticia Contreras
ya que Dereck le diga quien es
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