Ella reencarna en un mundo mágico. Una familia militar, pero ella solo quiere verse linda y leer.. y sobre todo ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad 1
Había ahorrado cuando podía.
Había aceptado horas extras, había soportado clientes desagradables y había llegado a casa con los pies doloridos tantas veces que había perdido la cuenta.
Y ahora...
¿Así terminaba todo?
¿En el suelo de una tienda?
¿Sin haber terminado la saga que estaba leyendo?
La indignación superó al miedo durante unos segundos.
[¡No! ¡No, no, no! ¡Me niego!].
Intentó moverse, pero el dolor la obligó a quedarse quieta.
Tenía que hacer algo.
No podía morir.
No podía.
¡Todavía tenía demasiados libros pendientes!
¡Ni siquiera había probado el nuevo labial que había comprado aquella semana!
¡Y había una novela que terminaba en un acantilado emocional absolutamente imperdonable!
¿Cómo iba a morir sin saber qué ocurría después?
—No... No puedo morir.
Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
—No puedo morir aquí...
Escuchó sonidos lejanos.
Alguien gritaba desde el exterior. Una persona había oído el disparo y estaba pidiendo ayuda.
Después llegaron las sirenas.
La policía.
La ambulancia.
Todo parecía suceder a una distancia imposible, como si ella estuviera hundida bajo el agua mientras el mundo continuaba moviéndose por encima.
Intentó mantener los ojos abiertos.
No podía dormirse.
No debía dormirse.
[¡Vamos! ¡Vamos! ¡Tú puedes! Has trabajado turnos dobles. Has sobrevivido a semanas enteras con apenas unas horas de sueño. ¡No vas a perder contra una noche miserable!].
Pero su cuerpo ya no respondía como quería.
Las luces del techo comenzaron a volverse borrosas.
Escuchó pasos apresurados y varias voces.
—¡Aquí! ¡Está aquí!
Dos personas se arrodillaron a su lado.
Uno de los policías se inclinó hacia ella mientras el otro pedía asistencia por radio.
—Señorita, ¿puede escucharme?
Ella movió ligeramente los labios.
—Sí...
—Necesito que se mantenga despierta. La ambulancia está llegando. ¿Puede decirme qué ocurrió?
¿Qué ocurrió?
La pregunta casi la hizo llorar de nuevo.
¿Qué había ocurrido?
¡Que un miserable había decidido convertir su turno nocturno en una pesadilla!
¡Que la habían enviado a trabajar precisamente cuando un ladrón tenía planeado asaltar la tienda!
¡Y que ella, con su maravillosa capacidad para reconocer accesorios ajenos, había cometido el error de identificarlo!
No obstante, sabía que no podía perder tiempo quejándose.
Tenía que hablar.
Tenía que contarles.
Porque, si sobrevivía, quería ver a aquel desgraciado tras las rejas.
Y si no sobrevivía...
Bueno, al menos podía asegurarse de que no se saliera con la suya.
—El hombre...
El policía acercó el oído.
—¿El hombre que le disparó? ¿Puede describirlo?
Ella tragó saliva, reuniendo las fuerzas que le quedaban.
—Yo... lo conozco.
El policía intercambió una mirada con su compañero.
—¿Está segura?
Ella asintió débilmente.
—El reloj... Lo reconocí por el reloj.
Respiró con dificultad.
—Y me cambiaron el turno. Él... él hizo que me tocara trabajar esta noche.
Cada palabra parecía consumir una parte de sus fuerzas, pero continuó hablando.
Les contó lo que había visto. Les explicó por qué había reconocido al asaltante y qué había sucedido inmediatamente antes del disparo. Repitió los detalles una y otra vez, temiendo que pudieran olvidar alguno.
El policía le pidió que no se esforzara demasiado.
Pero ella negó con la cabeza.
—Escúcheme... por favor...
[¡No me interrumpa ahora! ¡He esperado toda mi vida para tener una oportunidad de arruinarle el día a alguien que se lo merece!].
Con una terquedad admirable, siguió hablando.
Cuando los paramédicos llegaron, ella todavía estaba intentando terminar su declaración.
Le colocaron una mascarilla y comenzaron a atenderla, mientras uno de ellos le pedía que conservara la calma.
—Necesitamos trasladarla de inmediato.
Pero la joven no quería que se la llevaran sin terminar.
Repitió los datos que recordaba, las circunstancias del cambio de turno y el detalle del reloj. Hablaba entrecortadamente, haciendo pausas cada vez más largas.
Finalmente, uno de los policías se inclinó hacia ella.
—La hemos entendido. Vamos a buscarlo. Su declaración es muy importante.
Ella lo miró con desesperación.
—¿Lo van a encontrar? No se olvide es el supervisor..
—Sí. Vamos a investigar lo ocurrido.
—¿Y lo van a arrestar?
El policía guardó silencio durante un instante.
No quería prometerle algo que todavía no podía garantizar.
Sin embargo, sabía que la joven había proporcionado información concreta que podían comprobar. La ausencia de imágenes de seguridad complicaba la investigación, pero su testimonio no debía ser ignorado.
—Haremos todo lo posible. Vamos a buscarlo.
Ella respiró débilmente.
No era suficiente.
Necesitaba una respuesta más clara.
—Las cámaras... Él las cortó. No van a encontrar nada en las cámaras...
El policía asintió, sorprendido de que todavía pudiera recordar ese detalle.
—Lo investigaremos también.
Ella cerró los ojos durante un segundo.
No.
No podía permitirse descansar todavía.
Volvió a abrirlos.
—Pero... ustedes me creen, ¿verdad?
El hombre se inclinó un poco más.
—Sí. La estamos escuchando. Vamos a comprobar todo lo que nos ha contado.
Por primera vez desde que había recibido el disparo, ella sintió que podía respirar un poco más tranquila.
El tiempo se volvió extraño.
Las luces de la tienda fueron sustituidas por las del interior de la ambulancia. Las voces se mezclaron con el sonido de los equipos médicos y el movimiento del vehículo.
La joven ya no tenía fuerzas para protestar.
Ni siquiera podía pensar con claridad.
Aun así, seguía aferrándose a una única idea.
Quería vivir.
Quería volver a casa.
Quería sentarse en su cama, ponerse una mascarilla facial y leer una novela mientras comía algo delicioso.
Quería quejarse de sus gastos.
Quería comprar libros.
Quería tener otra oportunidad para hacerlo todo mejor.
[Aceptaré más turnos, sí. Pero nunca volveré a aceptar uno sin preguntar por qué lo necesita la otra persona].
[Bueno... eso depende de cuánto me paguen].
Incluso al borde de la muerte, seguía siendo ella.
Coqueta, vanidosa, trabajadora y terriblemente incapaz de resistirse a una buena oportunidad.
Pero aquella vez no estaba pensando en dinero.
Solo quería regresar.
—Por favor...
Uno de los paramédicos se inclinó hacia ella.
—¿Qué necesita? Dígame.
La joven humedeció sus labios.
—Quiero... vivir.
El paramédico le tomó la mano.
—Estamos haciendo todo lo posible. Quédese con nosotros, ¿de acuerdo?
Ella intentó asentir.
Pero sus fuerzas estaban desapareciendo.
La oscuridad se acercaba lentamente, apagando los sonidos y difuminando las luces.
Y entonces escuchó una voz.
No era la de los paramédicos.
Era la del policía que había estado a su lado en la tienda.
No sabía en qué momento había llegado hasta allí ni cuánto tiempo había pasado.
—Señorita, escúcheme. Tenemos novedades.
Ella movió los ojos con esfuerzo.
El hombre estaba junto a la camilla, hablando con uno de los paramédicos mientras el vehículo continuaba avanzando.
Después se volvió hacia ella.
—Hemos localizado al sospechoso. Al supervisor. Lo están deteniendo.
La joven se quedó inmóvil.
¿Lo habían encontrado?
¿De verdad?
El policía continuó..
—Su declaración nos ha ayudado mucho. Vamos a proceder con el arresto.
Durante un instante, todo el dolor pareció quedar relegado a un segundo plano.
Ella sintió que las comisuras de sus labios se elevaban.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
Pero genuina.
[¡Ja! ¡Te lo dije, desgraciado!].
Quiso reírse, aunque apenas consiguió mover los labios.
[¿Creías que podías dispararme y salirte con la tuya? ¡Pues te equivocaste de mujer!].
La satisfacción fue tan intensa que casi le pareció ridículo no poder disfrutarla como correspondía.
Si hubiera tenido fuerzas, habría levantado un dedo y habría pronunciado un discurso entero sobre la justicia, la responsabilidad y la inconveniencia de intentar asesinar a una mujer que todavía tenía una lista interminable de libros por leer.
Pero no podía.
Solo sonrió.
Al menos, aquel hombre no se libraría tan fácilmente.
Al menos, su muerte no quedaría convertida en un simple caso sin resolver.
Y, por primera vez desde el disparo, dejó de sentir miedo.
La sonrisa permaneció en su rostro mientras las luces sobre ella se volvían cada vez más borrosas.
[Qué bien...].
Su respiración se hizo más débil.
[Lo arrestaron...].
[Maldito supervisor]
El ruido de la ambulancia comenzó a alejarse.
[Entonces... ya está...].
Su último pensamiento fue una queja silenciosa, muy propia de ella.
[Qué desperdicio... Tenía tantos libros por leer...].
Y finalmente, todo se volvió oscuridad.
ni cuando era virgen me sonrojaba tanto😅😅😅🤣🤣🤣sinlo se soy cruel😎🤣🤣🤣🤣