Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capítulo 18: El Fuego en el Despacho y la Visita del Patriarca
El beso se había convertido en un campo de batalla de urgencia y deseo desbordado. La temperatura dentro del despacho privado de Gael Moretti subió de golpe, disipando cualquier rastro de formalidad corporativa o estrategia financiera.
Sin romper el contacto de sus labios, Gael la levantó con una fuerza descomunal y fluida, sentándola con delicadeza sobre el borde de madera pulida del gran escritorio ejecutivo. Los documentos y carpetas que horas antes marcaban el destino de sus enemigos se deslizaron hacia el suelo, olvidados y sin importancia. Con manos ágiles y febriles, el magnate le deslizó el dobladillo del sofisticado vestido color marfil hacia arriba, dejando al descubierto sus piernas esbeltas.
Cataleya dejó escapar un suspiro entrecortado contra su boca cuando las manos cálidas de Gael recorrieron sus muslos con una posesividad abrasadora. El magnate fue bajando los besos por su mandíbula, su cuello, y descendió aún más con una lentitud tortuosa. Se arrodilló justo frente al escritorio, posicionándose entre sus piernas abiertas.
Sin vacilar un segundo, Gael comenzó a devorarla con una intensidad voraz y experta. Las manos de Cataleya se enredaron instantáneamente en los oscuros y suaves cabellos del magnate, tirando de ellos con fuerza acompasada mientras un calor abrasador recorría cada centímetro de su cuerpo. El placer fue tan intenso, repentino y profundo que Cataleya tuvo que morderse con fuerza el labio inferior hasta casi romperlo, conteniendo un grito agudo que amenazaba con escapar por los pasillos del edificio. Sus caderas se arquearon involuntariamente buscando más contacto, mientras Gael la chupaba y la mordía con una devoción hambrienta, saboreando cada temblor de su piel.
El clímax la golpeó como una ola repentina y devastadora. Cataleya soltó un gemido ahogado contra el aire, con las piernas temblando y el cuerpo completamente entregado al espasmo de su primer orgasmo, mientras Gael se relamía los labios con una sonrisa de absoluta satisfacción, saboreando su propio triunfo en el sabor de ella.
Sin darle un solo segundo de respiro para recuperar el aliento, Gael se puso de pie de un salto, desabotonó su pantalón con rapidez y se introdujo en ella de golpe. La penetró con una fuerza dura, rítmica y profunda que hizo que el escritorio vibrara bajo su peso.
—Así quiero tenerte... completa para mí, amor —le susurró Gael con la voz ronca, rota por el deseo más puro, mientras embestía con una pasión salvaje que desafiaba toda cordura.
Cataleya se aferró a los hombros anchas del magnate, clavando las uñas en su traje a medida mientras las embestidas la llevaban una y otra vez al borde del abismo. El ritmo se aceleró, convirtiéndose en una danza frenética de respiraciones agitadas, sudor y pieles encontrándose con desesperación. Hasta que, en una explosión simultánea de gemidos y fuerza bruta, ambos alcanzaron el segundo orgasmo con tanta intensidad que el mundo exterior pareció desintegrarse por completo.
Cuando Gael finalmente se apartó, dejando a Cataleya recostada sobre el escritorio con el pecho agitado y el cabello revuelto, las piernas de la cirujana apenas respondían. Intentó ponerse de pie, pero sintió que las fuerzas le fallaban por completo.
—Eres un demonio, Gael... —masculló Cataleya con la voz temblorosa, intentando ajustar la mini chaqueta color marfil mientras le lanzaba una mirada asesina pero cargada de pura complicidad—. Me vas a matar antes de llegar al altar.
Antes de que Gael pudiera responder con alguna de sus típicas arrogancias, un par de golpes secos y firmes resonaron en la puerta principal del despacho.
—¡Mierda! —mordió Gael en un susurro, abrochándose el pantalón con rapidez felina mientras Cataleya, saltando con lo último que le quedaba de adrenalina, se alisaba el vestido y el cabello frente al espejo de bolsillo en cuestión de segundos.
—Pase —intentó mantener la compostura Gael con voz ronca, aclarándose la garganta.
La puerta se abrió con lentitud y por ella entró Don Gabriel Moretti, el patriarca de la familia. El abuelo, ya mucho más recuperado gracias a la exitosa cirugía de Cataleya, caminaba con paso firme apoyándose en su bastón. Sin embargo, al cruzar el umbral y notar el desorden de las carpetas en el suelo, la respiración ligeramente agitada de su nieto y el evidente detalle del cierre del pantalón de Gael, que aún terminaba de acomodar con disimulo, una pícara sonrisa se dibujó en su rostro curtido por los años.
Don Gabriel miró de reojo a Cataleya —quien tenía las mejillas encendidas de vergüenza pura a pesar de su fachada de acero— y luego a su nieto, soltando una carcajada suave y socarrona.
—Vaya, muchacho... veo que los negocios en este despacho no son lo único que se maneja con alta prioridad y urgencia —bromeó Don Gabriel con un tono picoso, guiñándole un ojo a su nieta política—. Si lo llego a saber, mando a tocar la puerta tres veces para no interrumpir el... empaque de la nueva gerencia.
Cataleya sintió que la tierra se la tragaba. Con el rostro completamente rojo de pena y una mezcla de orgullo herido, se ajustó la chaqueta, carraspeó con elegancia y dijo con voz apresurada:
—Doctor Moretti... señor Moretti, disculpen, tengo una emergencia pendiente en el piso dieciocho. Con permiso.
Sin esperar respuesta, Cataleya salió prácticamente disparada de la oficina, cruzando el pasillo a paso veloz. A sus espaldas, Don Gabriel estalló en una risa sonora y profunda, disfrutando del momento como hacía décadas no lo hacía.
—Estás perdido, muchacho —le dijo el abuelo a Gael, dándole una palmada cariñosa en el hombro—. Jamás en mi vida te había visto tan feliz, tan vivo... y sobre todo, riéndote de esta manera. Cuídala bien, porque esa mujer es el fuego que le faltaba a esta familia.
Gael, con una sonrisa genuina e imposible de borrar en los labios, miró hacia la puerta por donde había huido Cataleya, sintiendo que por fin tenía el mundo entero bajo control.
Minutos después, con el pulso ya regulado pero el cabello aún delatando indicios de la batalla campal en el despacho, Cataleya abrió la puerta de su propia oficina en el piso dieciocho.
Para su sorpresa, Brenda Moretti la estaba esperando recargada contra el borde de su escritorio, con los brazos cruzados y una sonrisa maliciosa de oreja a oreja que abarcaba toda su cara. Brenda la escaneó de arriba abajo: el vestido marfil ligeramente arrugado, la chaqueta mal abotonada y los labios levemente hinchados.
—Vaya, cuñada... venía a avisarte sobre el reporte de laboratorio, pero veo que estabas muy ocupada "inspeccionando" el inventario del piso de arriba —soltó Brenda con una risita burlona y su característico humor negro—. Traes la firma de mi hermano en cada centímetro de la ropa.
Cataleya, intentando recuperar su habitual fachada de hielo, levantó la barbilla, se cruzó de brazos y lanzó un suspiro cargado de falsa exasperación.
—Tu hermano es un energúmeno incontrolable, un cavernícola prepotente y un maldito desquiciado que no respeta ni las horas de trabajo ni la decencia de una oficina corporativa —espetó Cataleya con aparente molestia, aunque una diminuta sonrisa pícara se asomaba por las comisuras de sus labios.
Brenda soltó una carcajada estridente y contagiosa al escucharla despotricar de esa manera, negando con la cabeza.
—Ay, por favor, Cataleya... no te creas ni tú misma ese discurso —bromeó Brenda, acercándose a darle una palmadita cómplice en el hombro—. Hace una semana jurabas que ibas a destruirlos a todos tú sola, y ahora estás que te derrites en los brazos del titán. Ya de verdad no sé quién está dominando a quién en esta relación, si tú a mi hermano o él a ti.
Cataleya la miró fijamente, soltando una risa seca y desafiante antes de sentarse en su silla ejecutiva.
—No te equivoques, Brenda —respondió Cataleya con una mirada ámbar destellando pura ambición y poder—. Nadie domina a nadie. Simplemente decidimos quemar el mundo juntos. Y a propósito... ¿cómo van las noticias de la capital? Porque el verdadero espectáculo apenas va a comenzar.