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Mi Querida Enemiga!

Mi Querida Enemiga!

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Atracción entre enemigos
Popularitas:530
Nilai: 5
nombre de autor: RealtiveRat

Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.

​En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".

​Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.

​Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.

​¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.

NovelToon tiene autorización de RealtiveRat para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un Malentendido

El caos logístico en la Academia Élite Amagi había alcanzado niveles críticos. Debido a la directiva estricta de mezclar la estética de ambos mundos dictada por la junta escolar, los almacenes del auditorio principal se habían convertido en un campo de refugiados de utilería donde nadie sabía qué pertenecía a qué.

Las armaduras de cartón y las espadas LED del Pabellón Negro se amontonaban peligrosamente junto a los delicados vestidos de época, los corsés de terciopelo y las columnas romanas del Pabellón Blanco.

Aquel anochecer, las luces de los pasillos traseros parpadeaban con pereza mientras Ren Kageyama caminaba por el corredor de los vestuarios con las manos en los bolsillos. Su brazalete rojo brillaba tenuemente bajo la penumbra. Buscaba unos rollos de cinta adhesiva industrial que su estratega, Daichi, le había exigido para reforzar los soportes de las pantallas gigantes.

—Maldita sea... ¿dónde habrán metido la maldita cinta? —murmuró Ren para sí mismo, pateando una caja de cartón vacía en el suelo.

Sin prestar demasiada atención a los letreros de la puerta debido al cansancio, Ren dio la vuelta por el pasillo privado y empujó directamente una de las puertas batientes del fondo, la cual, por un terrible error de asignación de los directores, había sido habilitada temporalmente como vestuario de emergencia.

Ren cruzó el umbral y dio dos pasos antes de detenerse en seco. El aire pareció congelarse en sus pulmones.

Frente al enorme espejo de cuerpo entero del vestidor estaba Aoi Kisaragi.

Sobre la mesa descansaba el vestido de Julieta en el que ella misma había estado trabajando minuciosamente: no era una burda exageración, sino una prenda elegante y hermosa, de corte clásico pero con sutiles detalles futuristas e inspirados en videojuegos, como bordados geométricos brillosos y bordes de luces led delicados integrados en la tela. Aoi se estaba quitando la prenda para guardarla y, en ese preciso instante, se encontraba en ropa interior frente al espejo, buscando la camisa de su uniforme.

La luz tenue del vestidor iluminaba su silueta delicada, su piel clara y el contraste con su cabello rubio corto.

Ren se quedó petrificado, con los ojos abiertos como platos y el cerebro completamente en blanco. Su respiración se detuvo al instante y la pequeña cinta adhesiva que llevaba en la mano se le resbaló de los dedos, cayendo al piso con un golpe sordo.

(¿E-En qué momento... entre qué dimensión y qué universo dimensional me he metido...?!), pensó Ren, sintiendo que toda la sangre del cuerpo se le subía a la cara a una velocidad alarmante y que las mejillas se le ponían tan rojas como su brazalete de líder o un tomate maduro.

En el reflejo del espejo, los ojos azul claro de Aoi se cruzaron de repente con la mirada fija y atónita de Ren.

Durante un segundo absoluto, el tiempo se detuvo.

El rostro de Aoi pasó de la calma al blanco pálido de la conmoción absoluta, para luego transformarse en un carmesí violento y nuclear que le quemaba hasta la punta de las orejas. Con un acto reflejo desesperado, Aoi agarró el vestido de Julieta contra su pecho para cubrirse.

—¡T-TÚ...! —chilló Aoi agudizando la voz por el puro terror y la conmoción.

—¡ESPERA, YO NO QUERÍA... SOY INOCENTE, BUSCABA CINTA ADHESIVA! —tartamudeó Ren, dando tres pasos hacia atrás de golpe, con las manos en alto y cerrando los ojos con fuerza para no seguir mirando, mientras el pánico y el sonrojo lo invadían.

Pero el orgullo inquebrantable de la presidenta del Pabellón Blanco, combinado con una furia homicida descomunal al saber que su enemigo jurado la había atrapado en su momento más vulnerable y privado, hizo corto circuito en su mente.

—¡¡¡TE VOY A MATAR, KAGEYAMA IMBÉCIL!!! —rugió Aoi con una voz demoníaca que hizo retumbar las paredes del vestuario.

Sin pensarlo dos veces, Aoi se puso la camisa del uniforme a la velocidad de la luz y barrió el suelo con la mirada en busca de un arma. Sus ojos se posaron en una pesada escoba de madera con cerdas de metal que descansaba junto a la esquina del casillero.

Ren abrió los ojos justo a tiempo para ver a Aoi abalanzarse sobre él blandiendo la escoba como si fuera una lanza de caballería medieval.

—¡¡¡CORRE, CEREBRO DE CARTÓN!!! —gritó Aoi lanzándole un escobazo directo a la cabeza.

¡ZAS!

Ren esquivó el golpe por milímetros, sintiendo el silbido del palo rozándole las puntas del cabello castaño. El terror le devolvió la movilidad a las piernas y salió disparado hacia la puerta a toda velocidad.

—¡TE JURO QUE FUE UN ACCIDENTE, KISARAGI! ¡NO VI NADA! ¡TENGO LOS OJOS CERRADOS! —gritaba Ren mientras tropezaba con los rollos de alfombra tirados en el pasillo.

—¡¡SI ABRES LOS OJOS TE JURO QUE TE ARRANCO EL BRAZALETE Y TE EXILIO DEL INTERNADO PARA SIEMPRE!! —bramaba Aoi detrás de él, persiguiéndolo a escobazos limpios fuera del vestuario y a lo largo de todo el pasillo de servicio.

Los gritos de guerra de Aoi y los alaridos de pánico de Ren resonaron por todo el ala trasera del auditorio, haciendo que varios estudiantes que pasaban por ahí se quedaran atónitos viendo al líder del Pabellón Negro huir despavorido mientras su rival lo atacaba con una escoba de limpieza.

Minutos después, Ren logró atravesar las puertas batientes de emergencia y se desplomó contra la pared del pasillo principal, respirando agitadamente, con el corazón latiéndole a mil por hora y el cuerpo bañado en sudor frío.

Se tocó la espalda sintiendo el fantasma de los escobazos y soltó una risa nerviosa, con las mejillas aún ardiendo como el fuego absoluto.

—Casi me convierto en mártir del amor... o de la venganza —susurró Ren para sí mismo, sacudiéndose el polvo de los hombros, mientras en su mente no dejaba de repetirse la imagen de Aoi en ropa interior con ese rostro todo rojo.

Mientras tanto, al otro lado de las puertas, Aoi se había encerrado con doble seguro en el vestuario. Tenía la espalda apoyada contra la madera, la respiración agitada y las manos cubriéndose el rostro rojo de la vergüenza absoluta.

(Me vio... ¡ese idiota me vio justo cuando me estaba sacando el vestido...!!), pensó Aoi mordiéndose los labios con furia y con un calor insoportable en las mejillas, sintiendo que su dignidad académica e impecable había quedado destruida para siempre. (¡Juro que en la obra de teatro real le voy a pisar las manos con todas mis fuerzas, Kageyama Kageyama Kageyama...!)

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