Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
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Capítulo 5
Capítulo 5. ¿Quién te dijo que te vistieras así?
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué se supone que estoy haciendo?
—¿Quién te dijo que te vistieras así de vulgar? —preguntó Alejandro entre dientes.
¿Vulgar?
—¡Explícate, Alejandro!
Él bajó la vista hacia su minifalda.
—Se te van a ver hasta los muslos por completo. ¿Tantas ganas tienes de que todos te miren las piernas?
La falda sí era corta. La había elegido Dani, que le había dicho: «Lo que pasa es que tú nunca muestras las piernas y Camila ya se cree la gran cosa. Esta noche van a ver quién tiene las mejores piernas de Puerto Azul».
Valeria arqueó una ceja.
—Por lo visto, el señor Montenegro también me las estuvo mirando.
Alejandro se quedó un instante sin reacción. Ella seguía apoyada en la pared, hermosa y con una calma lánguida. Levantó despacio la pierna derecha y rozó el tobillo de él con el pie, calzado en un tacón adornado con cristales.
El pantalón negro envolvía sus piernas largas y fuertes, acentuando aquel aire frío, distinguido, contenido. La punta del pie de Valeria ascendió desde su tobillo y le acarició la pantorrilla de una manera íntima.
Era una seducción. Y también un desafío.
—¿Qué haces? —preguntó él con frialdad.
Ella sonrió.
—¿Qué piernas te gustan más, señor Montenegro? ¿Las mías o las de Camila?
Alejandro la contempló. El pequeño pico que formaba el nacimiento del cabello en su frente acentuaba la delicadeza de aquel rostro pálido. Tenía una belleza casi etérea y, sin embargo, se atrevía a provocarlo. Se veía fresca y luminosa a la vez.
La noche anterior había entrevisto su belleza tras los anteojos negros, pero no había imaginado que fuera tan hermosa. Y aquella cara… Le parecía haberla visto antes.
Valeria lo miró con una sonrisa.
—Dime, ¿Camila te ha rodeado la cintura con esas piernas?
La respiración de él se hizo más honda. Acercó el rostro al suyo.
—¿Eres así de desvergonzada, Valeria? Te la pasas pensando en hombres. ¡Hasta contrataste a ocho para que te satisfagan!
No había respondido a la pregunta sobre Camila. Tal vez esa fuera la mejor manera en que un hombre podía proteger a una mujer. Habían vivido un romance tan intenso, cuando los dos estaban en plena juventud… Seguro que ella lo había abrazado con las piernas. ¿Cómo iba él a seguir tan aferrado a su recuerdo si no?
Qué afortunada era Camila: un hombre tan indiferente con los demás seguía siendo constante con ella. Seguro que a Camila nunca la había llamado desvergonzada.
Valeria mantuvo la sonrisa, pero sus ojos estaban fríos.
—Claro. Como no funcionas y no puedes satisfacerme, tengo que buscar a otros. Apuremos el divorcio. Si un hombre no sirve, se cambia. El siguiente será más dócil.
Otra vez con que no funcionaba. ¿Y el siguiente sería más dócil? ¡Aquella mujer lo estaba provocando demasiado!
Alejandro le sujetó la barbilla.
—¿Quieres provocarme para que te demuestre si funciono?
Valeria se quedó desconcertada. Él acercó la boca a sus labios, sin llegar a tocarlos, pero lo que dijo no tuvo nada de cálido.
—No te hagas ilusiones. No pienso tocarte. La mujer que amo es Camila.
Amaba a Camila. Ni siquiera hacía falta que se lo dijera; ella ya lo sabía. Aun así, sintió una picadura en el corazón. El dolor ya no era intenso, pero se extendía en punzadas pequeñas e innumerables.
Entonces una voz agradable llamó a Alejandro.
—Alejandro.
Valeria levantó la cabeza. Había llegado Camila, la Rosa Roja de Puerto Azul. Era una belleza de labios rojos y dientes blancos, con la delicadeza y la flexibilidad de quien había bailado desde niña.
Alejandro soltó a Valeria de inmediato y se acercó a Camila. La miró con una ternura que Valeria nunca había recibido.
—¿Ya llegaste?
Camila asintió y luego miró hacia la pared.
—¿Quién es ella?
No había reconocido a Valeria. Pero Valeria jamás olvidaría a Camila.
En realidad, no compartían ni padre ni madre. Ernesto Rivas no era el padre biológico de Valeria, sino su padrastro.
Muchos años antes, ella también había tenido una familia feliz. Su padre, Gabriel Rivas, y su madre, Lucía, se trataban con cariño y respeto. Él adoraba a su hija y todos los días la levantaba en brazos, bien alto.
—Mi Val tiene que ser muy feliz.
Hasta que un día murió de repente. Su hermano menor, Ernesto, se instaló en su casa con su propia hija, Camila. Y la madre de Valeria se convirtió también en la madre de Camila.
Lucía se había casado con el tío de Valeria.
Ahora quería a Camila. A ella ya no.
Si Camila sacaba 99 en un examen y Valeria, 100, su madre le pegaba en las manos con una regla.
—¿No puedes dejar que tu hermana gane alguna vez? ¿Por qué tienes que sacar una nota más alta?
Cuando Camila enfermó y recibió quimioterapia, le raparon la cabeza. Ella lloró porque se veía fea, y Lucía rapó también a Valeria.
—Tienes que verte fea junto con tu hermana. Así dejará de llorar.
Todas las noches, Lucía, Ernesto y Camila dormían juntos, jugaban y se reían como una familia de tres. Valeria se quedaba sola al otro lado de la puerta, llorando y abrazada a la muñeca que su padre le había comprado.
—Mamá, tengo miedo.
Cuando por fin Camila empezó a llamar mamá a Lucía, ella se puso feliz. Pero Camila le dijo:
—Mamá, solo puedes tener una hija.
Aquel día llovía con fuerza. Lucía llevó a Valeria al campo y la dejó allí. La niña corrió detrás del auto llorando sin consuelo.
—Mamá, no me dejes… Voy a portarme bien. Voy a dejar que Camila gane siempre… Mamá, abrázame. Tengo miedo…
Sin soltar la muñeca, cayó con fuerza en un charco de lodo. Desde allí vio cómo el auto se alejaba con su madre, hasta desaparecer.
Valeria jamás olvidaría a Camila.
Nicolás llegó corriendo y la sacó de sus recuerdos.
—Cami, ella es… ¡tu hermana Valeria!
—¿Tú eres Valeria? —Camila la miró, atónita.
Valeria sabía que su hermana siempre la había despreciado. Desde pequeñas había perdido todas las batallas contra ella. Camila, en cambio, había crecido destacándose en todo y después había empezado una relación con el heredero de los Montenegro. Los aplausos y el cariño la habían vuelto orgullosa y caprichosa.
Nicolás volvió a quedarse cautivado por aquella belleza delicada.
—Nunca imaginé que Valeria fuera tan hermosa —murmuró.
Camila apenas recordaba la infancia. Nunca le había prestado atención a aquella hermana a la que nadie quería. Pero ¿no se suponía que era el patito feo que había vuelto del campo?
Se acercó y la examinó con arrogancia.
—Valeria, no sabía que ahora intentabas vestirte como yo.
Que pensara lo que quisiera. Valeria enderezó la espalda y sonrió sin responder. La luz del pasillo iluminaba su rostro delicado con un resplandor de perla.
Hacía mucho que había dejado de ser aquella niña.
—Oí que Alejandro y tú se van a divorciar —continuó Camila—. ¿No puedes vivir sin un hombre? Mira que venir a un club a contratar modelos… Si yo fuera tú, buscaría trabajo.
Luego se volvió hacia él con una generosidad condescendiente.
—Alejandro, después de todo, Valeria te cuidó mucho tiempo. Aunque hubiera sido una cuidadora, deberías conseguirle un empleo.
Él posó la mirada en Valeria.
—Cami, para trabajar hace falta estudiar —intervino Nicolás—. ¿Qué estudios tiene ella?
Camila levantó la barbilla y sonrió, como si acabara de recordar algo muy divertido.
—Valeria dejó de estudiar a los dieciséis años.