Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 23: El contraataque sobre el tablero
Durante los seis días siguientes, la casa de Notting Hill no durmió.
Lejos de preparar maletas con la resignación de una prisionera de guerra, Antonella convirtió el comedor en una sala de redacción legal de máxima exigencia. Con la colaboración de Antony Harrington y el asesoramiento en la sombra de dos de los letrados más implacables de la City londinense, desmanteló el andamiaje tradicional de los acuerdos matrimoniales de la alta sociedad estadounidense. Redactó, cláusula por cláusula, el blindaje más despiadado que jamás hubiera enfrentado la dinastía Prescott.
Ella no volvía a Manhattan para ser rescatada. Volvía para cobrar una deuda de cinco años con intereses que harían temblar a Wall Street.
El séptimo día amaneció con un cielo inusualmente despejado sobre Londres, un manto de cristal pálido que recortaba las chimeneas victorianas. A las nueve y media de la mañana, un convoy de tres camionetas negras y el Rolls-Royce Phantom de Andrew Prescott se detuvieron frente a la verja del jardín.
La puerta principal se abrió antes de que el chofer pudiera tocar el timbre.
Antonella salió al pórtico vestida con un traje sastre azul marino de lana fría, tacones afilados y un abrigo oscuro de corte milimétrico sobre los hombros. No había rastros de fatiga en su rostro; sus ojos castaños brillaban con un fuego firme y gélido, y bajo el brazo izquierdo sostenía una carpeta de cuero repujado en azul marino.
A su lado, Patrick caminaba de la mano de Bianca. El pequeño llevaba un chaquetón de marinero con botones dorados, una boina de lana que le daba un aire aristocrático y, apretado contra el pecho, su infaltable taxi amarillo de metal.
Andrew bajó del auto con paso seguro. Vestía un abrigo de viaje en cachemira negra y un traje oscuro impecable. Sus ojos ámbar recorrieron a Antonella de la cabeza a los pies, deteniéndose en la firmeza con la que ella sostenía la carpeta. Una media sonrisa ladeada, cargada de expectación, apareció en sus labios.
—El equipaje ya está en camino a Farnborough —dijo Andrew, extendiendo una mano hacia la puerta abierta del Phantom—. Es hora de partir, Antonella.
Antonella no subió. Dio un paso hacia él y colocó la carpeta de cuero directamente contra el pecho de Andrew, obligándolo a levantar una mano para sostenerla.
—Antes de que Patrick o yo pongamos un pie en tu automóvil, vas a leer esto —sentenció ella, con una voz clara y cortante que resonó en la acera silenciosa—. Y vas a firmarlo.
Andrew enarcó una ceja, midiendo el peso de la carpeta.
—¿Papeles antes del despegue? Creí que eras de las que huían sin leer las firmas.
—Hace cinco años era una estudiante aterrada que confió en un taxista sin escrúpulos —replicó ella, mirándolo a los ojos sin pestañear—. Hoy soy la madre de tu hijo y una analista que sabe exactamente el costo de tus debilidades. Si quieres que vuelva a Nueva York bajo tu apellido, estas son mis condiciones innegociables.
Antony Harrington descendió los escalones del pórtico con parsimonia diplomática, deteniéndose a la derecha de Antonella con una pluma estilográfica dorada entre los dedos.
—Como testigo notarial y cónsul adjunto, doy fe de que el documento cuenta con validez legal transatlántica inmediata una vez estampado el consentimiento de ambas partes —declaró Antony, sosteniéndole la mirada a Andrew con una calma descarada.
Andrew no se inmutó. Desató el lazo de seda que cerraba la carpeta y la abrió sobre el capó brillante del Rolls-Royce. Comenzó a leer con la rapidez quirúrgica de quien devora balances corporativos en segundos:
Primera cláusula: Patrick mantendrá su estatus de protección privada bajo tutela directa de Antonella. Ninguna decisión educativa, médica o de exposición pública podrá ser tomada por Prescott Global o por Arthur Prescott sin la autorización escrita y previa de su madre.
Segunda cláusula: Autonomía profesional absoluta. Antonella no ejercerá como esposa decorativa ni anfitriona de compromisos sociales corporativos. Mantendrá su puesto y una filial ejecutiva independiente en Manhattan con fondos fiduciarios propios, desvinculada de la junta directiva de los Prescott.
Tercera cláusula: En el plano público, se proyectará una unidad familiar sólida para aplastar las especulaciones de la prensa y desarmar cualquier intento de extorsión de la familia Belmont. En el plano privado, dentro del ático familiar, regirá una separación estricta de alcobas. Ningún derecho conyugal físico será exigido ni asumido sin consentimiento expreso y mutuo.
Cuarta cláusula: Cuando se produzca el encuentro formal con Richard y Eleanor Belmont, Antonella dictará los términos del careo, el lugar y las consecuencias financieras para su familia de origen.
Andrew levantó la vista del documento despacio. Sus ojos ámbar estaban encendidos por una mezcla peligrosa de asombro, respeto y un apetito oscuro que hizo que la sangre de Antonella se acelerara a pesar de su compostura.
—Separación estricta de alcobas... —murmuró Andrew, con una entonación arrastrada que destilaba un desafío sensual evidente—. Pareces muy preocupada por mantenerte a salvo de mí, Antonella. ¿O tienes miedo de no poder mantenerte a salvo de ti misma cuando estemos solos?
—Tengo la precaución de no compartir la cama con un mentiroso profesional —atacó ella con frialdad—. Si no te parece adecuado, puedes tomar tu Rolls-Royce y regresar solo a tu torre de marfil. Antony presentará la contrademanda de custodia ante el tribunal de Londres dentro de dos horas.
Andrew la sostuvo con la mirada unos segundos interminables. La tensión entre ambos era una cuerda tensada al límite, una corriente eléctrica que hizo que incluso Antony diera un paso atrás por instinto.
Sin apartar los ojos de los de ella, Andrew tomó la pluma dorada de las manos de Antony. Con tres trazos firmes, decididos y casi violentos, estampó su firma completa y su sello sobre el papel timbrado.
—Firmado —dijo Andrew, cerrando la carpeta con un golpe seco que resonó en el metal del auto—. Todas y cada una de tus exigencias.
Le devolvió la pluma a Antony, tomó la carpeta y se la entregó a Antonella con una inclinación de cabeza burlona pero cargada de solemnidad.
—Ahora te toca a ti cumplir tu parte del trato, señora Prescott. Sube al auto.
Patrick, que había observado toda la escena con los ojos muy abiertos, tiró del abrigo de Andrew.
—Drew... digo, papá —el tropiezo infantil con la palabra hizo que el corazón de Andrew diera un vuelco monumental en el pecho—, ¿el avión vuela más rápido que los taxis de Las Vegas?
Andrew se agachó de inmediato, levantando a su hijo en vilo con una facilidad que hizo reír al pequeño. La frialdad con la que había firmado el documento se disolvió en el acto al mirarlo a la cara.
—Vuela diez veces más rápido, campeón —respondió Andrew, acomodándole la boina—. Y tiene dos pilotos que van a dejarte sentarte en la cabina para ver cómo despegamos.
—¡Mamá, voy a ver la cabina! —chilló Patrick, señalando el auto con entusiasmo absoluto.
Antonella apretó la carpeta contra su pecho, sintiendo una punzada agridulce. Andrew acababa de claudicar ante sus demandas legales sin parpadear, pero en el terreno del afecto de su hijo estaba ganando terreno a pasos agigantados con solo sonreír.
Bianca la abrazó con fuerza por los hombros, susurrándole al oído:
—Antony y yo tomamos el vuelo comercial el viernes. No te dejaremos sola en Manhattan, Anto. Pero recuerda lo que dijo Antony: entra con la corona puesta.
—Siempre —respondió Antonella, devolviéndole el abrazo antes de subir al asiento trasero del vehículo.
El trayecto hacia el aeródromo privado de Farnborough transcurrió con una fluidez asombrosa. Patrick iba sentado entre los dos, fascinado con los botones de la consola central que Andrew le permitía presionar con infinita paciencia, explicándole para qué servía cada indicador de temperatura y cada luz del tablero. Antonella observaba de reojo las manos de Andrew: manos que habían manejado una chatarra por el desierto, que habían firmado la quiebra de su familia y que ahora sostenían con extrema delicadeza los dedos diminutos de Patrick para enseñarle a girar una perilla.
Al llegar a la pista privada, el Gulfstream G650 de Prescott Global esperaba con las turbinas en marcha, una joya aerodinámica pintada en blanco perla con el logotipo del lobo de acero en el timón de cola.
La tripulación ejecutiva los recibió con reverencias ceremoniosas. Antonella subió la escalerilla con paso regio, sin mirar atrás. El interior era un palacio volador de cuero blanco, paneles de nogal y luz cálida. Apenas el avión alcanzó la altitud de crucero sobre el Atlántico Norte, Patrick cayó rendido por la emoción, quedándose profundamente dormido en uno de los sillones reclinables, arropado con una manta de lana y con su pequeño taxi amarillo guardado en el bolsillo del chaquetón.
Antonella permanecía sentada frente a la mesa de reuniones del fondo, contemplando el mar de nubes blancas a través de la ventanilla ovalada con una copa de agua mineral entre las manos.
El sonido suave de unos pasos sobre la alfombra la alertó. Andrew se sentó en el asiento frente a ella, desabrochándose los primeros dos botones de la camisa y estirando las piernas largas bajo la mesa.
—¿No vas a descansar? —preguntó él en voz baja, para no perturbar el sueño del niño—. Son siete horas de vuelo. Cuando aterricemos en Teterboro, la tormenta de Nueva York no te va a dar tregua.
—Tengo cinco años de desventaja para ponerme al día con los movimientos de Wall Street —respondió ella sin mirarlo, abriendo su tableta digital—. No puedo permitirme el lujo de dormir.
Andrew sonrió de lado, apoyando los codos sobre la mesa y mirándola con una intensidad que hizo que a Antonella se le tensaran los hombros.
—Firmé tu contrato, Antonella. Acepté tus cuartos separados, tu independencia fiduciaria y tu veto sobre mi abuelo. Pero olvidaste incluir una cláusula.
Ella giró la cabeza despacio, con los ojos entrecerrados en una advertencia silenciosa.
—¿Qué cláusula?
Andrew se inclinó un poco más hacia adelante, acortando la distancia hasta que su voz profunda sonó casi íntima en el murmullo constante de las turbinas.
—La cláusula de la memoria —susurró él, mirándole los labios con una fijeza peligrosa—. Olvidaste prohibirme que te mire. Olvidaste prohibirte a ti misma recordar cómo temblabas en mis brazos bajo el neón de Las Vegas. Puedes levantar todas las murallas de papel que quieras en Manhattan, señora Prescott... pero en cuanto entremos a esa ciudad, tú y yo sabemos que el fuego que encendimos en esa carretera sigue intacto.
Antonella tragó saliva. El pulso se le disparó traicioneramente contra la piel del cuello, pero sostuvo su mirada dorada con una altanería inquebrantable.
—Ese fuego consumió a mi familia y me costó cinco años de destierro, Andrew —dijo ella, con un tono tan frío que pareció cortar el aire de la cabina—. Si intentas avivarlo, asegúrate de no terminar quemándote en tus propias cenizas.
Andrew soltó una risa baja, fascinado, antes de reclinarse en su asiento.
—Me gustan los desafíos de alto riesgo, Antonella. Por eso soy el dueño del tablero.
El jet continuó devorando millas sobre el océano, cortando el cielo en dirección a Manhattan. Antonella volvió la vista hacia las nubes, apretando la carpeta legal contra sus rodillas.
El juego había comenzado. Y esta vez, no pensaba ser la dama sacrificada.