ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No puedo olvidarte
El alfa finalmente llegó a la guarida después de caminar durante varios minutos. Aunque intentaba mantener su expresión seria de siempre, todavía tenía las mejillas ligeramente rojas.
Al entrar, algunos miembros lo saludaron, pero él ni siquiera respondió.
—¿Qué le pasa al número 69? —murmuró uno de ellos—. Está más raro de lo normal.
El alfa apretó los puños y continuó caminando hasta llegar a su habitación.
Entró, cerró la puerta y se dirigió directamente al baño.
Una vez dentro, se apoyó en el lavabo y observó su reflejo en el espejo.
—Maldita sea… —murmuró.
Seguía recordando lo ocurrido en el parque. La caída, el rostro de Eiden tan cerca del suyo y aquella expresión avergonzada que había puesto cuando se levantó.
El alfa se cubrió la cara con ambas manos.
—¡Deja de pensar en eso!
Abrió el grifo y se mojó la cara con agua fría, intentando recuperar la tranquilidad.
Después se quedó mirando el espejo.
—Solo es un chico. No tiene nada de especial.
Pero apenas terminó de pronunciar aquellas palabras, recordó la voz de Eiden preguntándole si estaba bien.
Su expresión cambió.
—¿Por qué me preguntó eso? —susurró—. Ni siquiera me conoce.
Estaba acostumbrado a que las personas le tuvieran miedo. Algunos evitaban mirarlo y otros se apartaban cuando lo veían pasar.
Pero Eiden había hecho exactamente lo contrario.
Se había acercado a él.
Le había ofrecido ayuda.
Y hasta se había preocupado por si estaba herido.
El alfa apoyó las manos sobre el lavabo y bajó la cabeza.
—No necesito a nadie…
Su voz sonó firme, pero sus mejillas volvieron a enrojecerse al recordar el momento en que Eiden había caído sobre él.
—¡Maldición! ¡¿Por qué tuvo que pasar eso?!
Golpeó suavemente el lavabo con la palma y soltó un suspiro.
Después de unos minutos, se quitó la ropa exterior para darse una ducha y relajarse. Esperaba que el agua fría le ayudara a despejar la mente.
Sin embargo, incluso bajo la ducha, no conseguía dejar de pensar en aquel chico.
—Eiden… —murmuró sin darse cuenta.
En cuanto pronunció su nombre, se quedó inmóvil.
Nunca antes había sentido tanta curiosidad por una persona.
Y eso lo asustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Tengo que olvidarme de él.
Cerró los ojos, decidido a dejar atrás aquel extraño sentimiento.
Pero su corazón parecía tener otros planes.
Mientras tanto, Eiden continuaba con sus labores de vigilancia en el parque.
Recorría los senderos, observaba los alrededores y comprobaba que todo estuviera en orden. Intentaba concentrarse en su trabajo, aunque de vez en cuando su mente regresaba al encuentro con el desconocido.
—Qué vergüenza… —murmuró, recordando la caída—. Espero que no se haya lastimado.
Se detuvo junto a una banca y suspiró.
—Aunque, pensándolo bien, ¡él fue quien salió corriendo! ¿Qué se supone que debía hacer?
Eiden cruzó los brazos, un poco molesto.
—Ni siquiera me dijo su nombre.
Permaneció unos segundos en silencio, observando a las personas que caminaban por el parque.
Entonces recordó los ojos del desconocido. Había algo extraño en ellos, algo que no podía explicar. Por un instante, le había parecido que aquel chico estaba profundamente triste.
Eiden bajó ligeramente la mirada.
—Parecía estar sufriendo por algo…
Se preguntó qué clase de persona sería aquel joven y por qué había reaccionado de aquella manera.
Quizá simplemente era tímido.
O quizá estaba acostumbrado a estar solo.
—Bueno, si vuelvo a encontrarlo, le preguntaré si está bien —decidió finalmente.
Se acomodó el uniforme y continuó su recorrido.
Pero, mientras caminaba, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Aunque espero que la próxima vez no salga corriendo como loco.
Esa noche, en la guarida, el alfa salió del baño con el cabello húmedo y una camiseta negra.
Se sentó en el borde de la cama y tomó las vendas negras que siempre cubrían sus ojos.
Las sostuvo entre sus manos durante unos segundos.
Después recordó la mirada de Eiden cuando lo había visto sin ellas.
—¿Me habrá reconocido? —se preguntó en voz baja.
No. Era imposible.
Eiden no sabía quién era realmente.
Y debía seguir siendo así.
El alfa se colocó las vendas y apretó los puños.
—Es mejor que nunca vuelva a verlo.
Sin embargo, mientras apagaba la luz y se acostaba, una última pregunta apareció en su mente.
¿Y si mañana vuelvo a encontrarme con él?
Por primera vez, el número 69 no estaba seguro de querer evitar a alguien.
Y eso podía convertirse en el mayor peligro de su vida.