Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 12
El lunes por la mañana, el aire en la Academia Saint-Jude se sentía denso, cargado con esa electricidad estática que precede a una tormenta. Alexia caminó por los pasillos con la mirada fija en sus zapatos desgastados, tratando de hacerse invisible. Pero era imposible. Los susurros la perseguían como sombras, reptando por las paredes, rebotando en los casilleros metálicos. Las miradas de sus compañeras, antes gélidas de indiferencia, ahora se habían convertido en dardos de envidia y sospecha.
"¿Vieron eso? Dicen que él la besó en el jardín trasero durante la gala", escuchó a una chica decir mientras pasaba junto a su grupo.
"Es imposible. Milton Vance no se fija en la 'chica becada'. Ella debe haber hecho algo... algo desesperado", replicó otra, con un tono cargado de veneno.
Alexia sintió que la sangre se le drenaba del rostro. Cada palabra era un golpe. Para ellos, ella era una mancha en el impecable traje de seda de Milton. Él era el heredero, el príncipe de este mundo de cristal, y ella… ella no era nadie. Se detuvo en seco frente a un grupo de estudiantes de último año, sintiendo una urgencia casi insoportable por aclarar las cosas, por limpiar el nombre de Milton antes de que el chisme destruyera su reputación por completo.
—¡Basta! —exclamó Alexia, su voz temblando ligeramente, pero ganando firmeza—. No hubo tal beso. Fue un malentendido, una sombra en la oscuridad. Él no tiene nada que ver conmigo. Por favor, dejen de inventar cosas que solo buscan humillarlo.
Se sintió ridícula al defenderlo, una hormiga intentando proteger a un león, pero era lo único que podía hacer para calmar su propia conciencia. Sin embargo, el destino tenía un plan diferente, uno mucho más dramático.
Al girar la esquina del pasillo principal, el corazón de Alexia se detuvo. Allí estaba él. Milton Vance, con su imponente metro noventa de estatura, destacando como un faro en medio de un mar de uniformes grises. Sus ojos negros, profundos como el vacío de una noche sin luna, estaban fijos en ella con una intensidad que le cortó la respiración. Pero lo que más le impactó fue lo que llevaba en sus manos: un ramo de flores gigantesco, compuesto por rosas blancas y peonías que olían a invernaderos exclusivos, y una caja de chocolates de la chocolatería más cara de la ciudad. El contraste entre la opulencia de esos regalos y la sencillez de su propia ropa de segunda mano era un abismo que amenazaba con devorarla.
Milton avanzó, sin importarle que el pasillo hubiera quedado en un silencio sepulcral. Él no estaba mirando a nadie más que a ella.
—Alexia —dijo, y su voz, grave y aterciopelada, resonó en las paredes de mármol como un decreto—. Ayer no fui claro, o quizás me dio miedo serlo. Pero hoy, frente a todos, no quiero que haya sombras entre nosotros. Estoy enamorado de ti.
El mundo pareció desmoronarse. Alexia sintió un pánico visceral, un instinto de huida tan intenso que sus piernas reaccionaron antes que su cerebro. ¿Enamorado? ¿Él? Eso no era solo una declaración; era un suicidio social para él y una sentencia de muerte para ella. El miedo al abandono, ese fantasma que siempre acechaba en los rincones de su vida, se materializó en una náusea punzante. Si él era así de audaz, tarde o temprano se daría cuenta de su error, y cuando se fuera, el vacío sería insoportable.
Dió media vuelta y echó a correr. Sus zapatillas repiqueteaban contra el suelo, una melodía frenética de huida. Cruzó el patio central, sintiendo el aire frío azotarle la cara, buscando refugio en la biblioteca, cualquier lugar donde pudiera esconderse de la mirada de Milton y del juicio de los demás. Pero Milton era rápido, y sus zancadas eran infinitamente más largas.
La alcanzó en el pasillo que conducía al gimnasio, acorralándola contra la pared fría. Alexia respiraba con dificultad, sus manos apretando su mochila como si fuera un escudo.
—¡Déjame ir! —suplicó ella, con lágrimas de pura angustia empañando sus ojos—. ¿Qué estás haciendo? Vas a arruinarte por mi culpa. Todos se burlarán de ti por estar con alguien como yo. No quiero ser tu peso muerto, Milton. Por favor, deja esta farsa antes de que me destruyas.
Milton soltó el ramo de flores, dejándolo caer al suelo; las rosas blancas se esparcieron, perdiendo su elegancia al contacto con la realidad del piso sucio. Sus ojos negros no mostraban arrogancia, sino una vulnerabilidad que Alexia nunca pensó encontrar en alguien tan aparentemente invencible. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal pero sin tocarla, respetando su terror.
—No es una farsa, Alexia, pero si necesitas un nombre, llámalo así —susurró él, bajando el tono para que solo ella pudiera oírlo—. Hagamos un pacto. Seremos una relación fingida. Si el mundo cree que estamos juntos, nadie se atreverá a meterse contigo. Te protegeré, y tú... solo deja que esté cerca de ti. No tienes que amarme, no tienes que prometerme nada. Solo acepta mi protección.
Él se inclinó, su rostro tan cerca del de ella que podía sentir el calor que emanaba de su piel. Alexia, paralizada, vio cómo los labios de Milton se acercaban a los suyos. No hubo pasión desbordada, solo una delicadeza abrumadora, casi sagrada. Cuando sus labios se encontraron, fue un roce leve, apenas un suspiro de contacto que se sintió como una descarga eléctrica recorriendo su columna vertebral. Fue el primer beso real, consciente, de ambos. Y en ese instante, el miedo fue reemplazado por una calidez extraña, una promesa silenciosa que ambos sellaron en la penumbra del pasillo.
Los días siguientes fueron una borrosa estela de surrealismo. El acoso, que antes era una constante diaria, se disipó como humo al viento. Nadie se atrevía a lanzar comentarios hirientes cuando Milton Vance caminaba al lado de Alexia, con su mano descansando apenas sobre su hombro, una marca de propiedad que ella aceptaba con una mezcla de gratitud y terror.
Vivían en una burbuja de "felicidad fingida". Durante las tutorías de matemáticas, sus cabezas se inclinaban sobre el mismo libro, sus manos rozándose accidentalmente, causando que ambos se sobresaltaran. En los entrenamientos de defensa personal, Milton le enseñaba a bloquear, sus cuerpos en una danza tensa y coreografiada donde él le susurraba consejos al oído. Ella se sentía protegida, envuelta en el aura de poder de Milton, y por momentos, se olvidaba de la falsedad de su acuerdo. Se sentía, peligrosamente, como si perteneciera a su mundo.
Sin embargo, el destino es un tejedor cruel.