Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 1
Cap 1: La Noche Que La Luna Sangró
—Rechazo el vínculo predestinado con Valentina Solís.
Sebastián lo dijo frente a toda la manada.
Valentina quiso responder, pero no pudo. Se le cerró la garganta y sintió que le faltaba el aire.
La plaza estaba llena. La manada formaba un círculo alrededor de Val, que seguía de pie en el centro con el vestido blanco de Luna que Sofía le había ajustado esa tarde. Ella había esperado que Sebastián regresara victorioso de la guerra contra el Reino Lobo Oscuro y renovara su vínculo frente a todos.
En cambio, Sebastián entró en el círculo de luz tomado de la mano de otra mujer.
Catalina Vega bajaba la mirada y se sujetaba del brazo de Sebastián. No dijo nada, pero todos podían verla junto a él.
—Reclamo a Catalina Vega como mi nueva Luna —dijo Sebastián, y su voz no tembló. Ni una sola vez.
El enlace en el pecho de Val, ese hilo cálido que la había conectado a Sebastián desde el día en que la Diosa Luna los unió, se tensó de golpe. Después ardió. Val se llevó una mano al esternón y apretó la tela del vestido hasta arrugarla.
Su loba interior aulló.
Nadie más lo oyó. Val sí. Le retumbó en las costillas, en la mandíbula, en los dedos que seguían cerrados sobre el vestido.
Alrededor del círculo, doscientos pares de ojos la miraban. Esperando.
Val conocía esa mirada. La conocía porque la había visto antes, dirigida a otras mujeres: cuando el vínculo se rompía así, en público, ante toda la manada, la Luna rechazada se desplomaba. Siempre. Sin excepción en trescientos años de historia registrada. El cuerpo no soportaba la ruptura del enlace sin perder la conciencia.
Doña Milagros sonreía en el borde del círculo, con las manos cruzadas sobre el pecho.
Las rodillas le fallaron.
Val clavó las uñas en las palmas. Su loba empujó desde dentro, furiosa, y el cuerpo obedeció antes que la cabeza.
Clavó los pies en la tierra húmeda. Respiró como pudo. El dolor seguía ahí, pero se quedó de pie.
Un murmullo recorrió el círculo. Alguien dejó escapar un jadeo.
—¿Valentina? —Sebastián la miró por primera vez desde que había entrado con Catalina del brazo. Había esperado verla caer. Todos lo habían esperado.
Val levantó la cabeza.
Sobre ellos, la luna comenzó a cambiar de color. El brillo plateado se apagó y poco a poco se volvió rojo. Nadie en Hacienda Ríos había visto algo así.
Luna de sangre.
La Diosa Luna estaba furiosa.
Un anciano de la manada cayó de rodillas, murmurando una plegaria. Catalina, por primera vez, levantó la vista al cielo rojo y dio un paso atrás, fuera de la luz.
Val no miró el cielo. Miró a Sebastián.
—Bien —dijo.
Su voz salió firme. No gritó ni lloró.
—Entonces yo también rechazo este enlace.
El murmullo se apagó. Val oyó el crujido de la tela cuando Doña Milagros dejó caer los brazos a los costados, la sonrisa borrada de golpe.
—Ante la Diosa Luna y ante toda la manada —continuó Val, y dio un paso hacia el centro exacto del círculo—: este vínculo ha muerto.
Le ardieron los ojos. La vista se le volvió más nítida, demasiado nítida. Los que estaban más cerca retrocedieron. Sofía, entre la multitud, se llevó una mano a la boca.
Los ojos de Val, siempre de un castaño profundo y tranquilo, destellaron oro. Pupilas de loba, verticales y salvajes, aparecieron por una fracción de segundo antes de que el castaño volviera a cubrirlas.
—Eso no es posible —dijo Doña Milagros, y por primera vez en tres años Val escuchó miedo real en la voz de su suegra—. Una Luna rechazada no puede negarse. No tiene la fuerza de voluntad de un Alfa.
—Entonces alguien debería decírselo a mi loba —respondió Val, sin apartar los ojos de Sebastián—. Porque ella acaba de hacerlo.
Sebastián abrió la boca, pero no dijo nada. Parecía no reconocerla.
Catalina retrocedió otro paso y bajó la mirada.
Val no le dio la satisfacción de mirarla dos veces.
—Esto es una falta de respeto —dijo Sebastián, recuperando algo de su compostura, aunque su voz ya no tenía el peso de antes—. Valentina, no sabes lo que estás haciendo.
—Sé exactamente lo que estoy haciendo.
El dolor seguía ahí. Le costaba respirar, le temblaban las piernas y tenía la boca seca. Aun así, se dio la vuelta.
Caminó fuera del círculo con la espalda recta. El vestido blanco de Luna se arrastró sobre la tierra oscura, y la manada se apartó para dejarla pasar.
Sofía la alcanzó antes de que llegara a las escaleras del Ala de Orquídeas, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar.
—Val... —susurró—. Val, tus ojos...
—Ya lo sé.
—¿Qué fue eso?
Val se detuvo un instante en el primer escalón. El enlace roto le latía en el pecho, caliente y mal cerrado. Detrás de ella, muy lejos, oyó a Doña Milagros dando órdenes confusas, intentando recuperar el control de una noche que se le había escapado de las manos.
—Necesito que prepares los documentos de ruptura del enlace —dijo Val, sin responder a la pregunta—. Esta misma noche.
—¿Esta noche? Val, deberías descansar, tú...
—Esta noche, Sofía.
Subieron juntas. Val cerró la puerta del Ala de Orquídeas y por primera vez desde que Sebastián había pronunciado esas palabras, se permitió llevarse la mano al cuello.
La marca que Sebastián le había dejado allí tres años atrás —la señal visible del vínculo, la prueba ante cualquier licántropo de que pertenecía a alguien— ya no estaba intacta. Bajo sus dedos, la piel se sentía tirante, agrietada. Una fina línea dorada brillaba por debajo de la primera grieta, tenue, casi invisible, pero ahí.
La ruptura ya había comenzado. En su cuerpo, antes incluso de que ningún papel estuviera firmado.
Val se miró en el espejo del tocador. Sus ojos habían vuelto a ser castaños, como siempre. Pero Sofía y toda la manada habían visto el destello dorado.
Tocó la grieta en su marca con la punta de los dedos.
Esa misma noche iba a firmar la ruptura.
Y después recuperaría todo lo que le habían quitado.
se jodió esto
por fin ya era hora