Luna lo perdió todo: su fortuna, su hogar y, sobre todo, a la familia que amaba. Y todo por obsesionarse con el hombre equivocado. Cuando ya no le quedaba nada, cerró los ojos convencida de que era el final...
Pero despertó tres años en el pasado.
Su familia vive. Su casa sigue en pie. Y esta vez Luna conoce cada golpe que le tiene reservado el destino. Con los recuerdos de una vida que no piensa repetir, se propone una sola cosa: cambiarlo todo. Alejarse del heredero frío y cruel que arruinó su existencia, proteger a los suyos y, por fin, vivir para ella misma.
El problema es que el destino no se deja corregir tan fácil. Julián, el hombre que juró olvidar, ya no la mira como antes. Un pretendiente inesperado le ofrece la ternura que nunca tuvo. Y en las sombras, viejos rencores y secretos de familia empiezan a moverse... porque no es la única que sabe lo que aún no ha pasado.
Entre fiestas de alta sociedad, imperios familiares, traiciones que cortan el aliento y un amor que se niega a morir, Luna descubrirá que una segunda oportunidad no se recibe: se pelea.
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Cambio de carrera
Luna se miraba en el espejo. Todavía no podía creer que hubiera vuelto al año 2022.
Un chasquido en la puerta.
—¿No vas a clases? —Bruno asomó de pronto la cabeza por la rendija de la puerta de su cuarto.
—No, hermano —contestó Luna, y a él le pareció rarísimo.
—¿Segura? ¿No quieres ver a tu principito? —preguntó él para asegurarse. Por lo que recordaba, su hermana no podía vivir en paz sin ver la cara de Julián aunque fuera un solo día. Y ya llevaba dos sin asomarse a verlo.
Al oír a su hermano, Luna recordó todo lo que había hecho en el pasado. Había seguido a Julián a todas partes, se había inscrito en la misma universidad, incluso había elegido la misma carrera que él —Administración de Empresas—, aunque no entendía nada de negocios. No importaba, con tal de estar cerca de su adorado.
Y no se había quedado ahí: hasta le había pedido a su hermano que sobornara a la universidad para tener el mismo horario que él.
Pensándolo bien, había estado demasiado obsesionada con ese desgraciado.
—Hermano, quiero cambiarme de carrera. ¿Me ayudas otra vez? —ya se había prometido alejarse de él, evitarlo en lo posible. Recordar cómo su familia había muerto por culpa de Julián le hervía la sangre. Ese hombre era demasiado peligroso.
Bruno estaba cada vez más desconcertado con su hermana. Desde que se había curado de la fiebre, actuaba más raro que nunca. ¿Quién lo había obligado a conseguirle la misma clase que Julián, quién había convencido al rector para que quedara junto a él? Y ahora, después de todo ese trabajo con el rector avaricioso, ¿le salía con que quería cambiarse?
Por Dios. ¿No podía echarla a un pozo, mejor?
—¿Por qué de repente quieres cambiarte? ¿No te acuerdas de que yo te di...? —Luna le tapó la boca con la palma antes de que arrancara con el sermón.
—Sí, ya sé, pero acabo de darme cuenta de que me equivoqué de carrera —no sabía si él le creería.
Bruno le apartó la mano de la boca de un tirón.
—Ahora te das cuenta. Ya te había dicho que estudiaras Artes, pero no, tú, terca, querías meterte a Administración de Empresas.
Luna lo miró con cara de pena. Por Dios, otra vez el sermón. Pobres sus oídos.
Porque una vez que Bruno empezaba a regañar, no paraba de hablar por la próxima media hora.
Julián caminaba hacia el edificio de la universidad con paso tranquilo. Varias chicas que lo vieron se le acercaron y empezaron a rodearlo. La verdad, lo tenía harto: normalmente era Luna la que espantaba a esas mujeres, pero llevaba tres días sin aparecer por clases. Hasta algunos profesores le habían preguntado adónde se había metido.
Pero ni él mismo lo sabía.
—Qué onda, hermano —apareció un chico y partió en dos el mar de mujeres que rodeaba a su amigo.
Arturo le pasó el brazo por el hombro a Julián y varias chicas chillaron de emoción al ver juntos a los dos guapos.
—Permiso —Arturo empezó a jalar a su amigo hacia el salón. Él también estudiaba en la misma universidad, solo que tenían horarios distintos.
—Resulta que Luna servía para algo —se quejó Arturo una vez que se libraron de la multitud. Julián soltó un bufido al oírlo.
Quería admitirlo, pero el orgullo se lo impedía. Así que se quedó callado y entró al salón sin mirar atrás, dejando a Arturo fastidiado.
—¡Oye, ni las gracias me das! —le gritó el chico desde la puerta.
Julián volteó hacia su amigo mientras se sentaba en su lugar.
—Gracias —dijo con voz plana, sin la menor sinceridad. Pero para Arturo eso ya era lo de siempre. Se conocían desde hacía años; se sabía de memoria la personalidad de su amigo.
En otra parte, Bruno arrastraba a la fuerza a Luna, que se negaba a ir a la universidad.
—Aaay, no quiero ir a clases —lloriqueaba ella durante todo el camino.
Bruno resopló, harto.
—¿Qué te pasa? Ayer que si cambiarte de carrera, hoy que no quieres ir. Pues nada, vete a pedir limosna a la parada del bus —gruñó. Luna lo miró con rencor.
—No es que no quiera ir, es que todavía quiero descansar —replicó, sin querer dar el brazo a torcer. Los dos discutían frente al edificio de Artes, y varios estudiantes empezaron a mirar la pelea de los hermanos.
—Tomas demasiados días libres. Recuerda que pronto son los finales y acabas de cambiarte de carrera, así que ponte a estudiar más —el sermón de Bruno no tenía fin, y a Luna le ardían los oídos.
Por Dios, cómo odiaba los regaños de su hermano.
—Ya, ya, me meto, pero deja de regañar. Pareces la vecina de enfrente —antes de dejarlo, Luna se dio el gusto de hacerle un gesto grosero con el dedo.
Bruno, obviamente, no lo iba a permitir; hasta se preparó para darle un zape a su malcriada hermana. Pero cayó en cuenta de que llevaban rato siendo el centro de atención de todos.
Rápido se largó del edificio de Artes rumbo al de Gestión Hotelera. Él ya iba en quinto semestre, mientras que su hermana apenas era novata; por suerte los edificios de sus carreras no quedaban tan lejos.
Incomodidad.
Eso era lo que sentía Luna en ese momento.
Por alguna razón, varias personas la miraban con ojos filosos.
Un golpe.
Por ir tan concentrada mirando el suelo, Luna chocó sin querer con alguien que se había detenido frente a ella.
—Perdón —dijo sin levantar la cabeza.
—Tú eres Luna, ¿no? La que todos llaman "la fan de Julián".
Luna alzó la vista de golpe. Quería ver quién acababa de llamarla la fan de ese desgraciado.
—Soy Linda —la chica le extendió la mano, y Luna la aceptó de buena gana.
—Yo...
—Ya sé quién eres, todo el mundo lo sabe. Eres famosa por ser la fan número uno de Julián —la cortó Linda antes de que terminara.
Luna solo pudo quedarse boquiabierta. No se imaginaba que su fama llegara hasta otra carrera, si el edificio de Administración de Empresas quedaba bastante lejos del de Artes.
—Ah, sí, me da curiosidad: ¿por qué te cambiaste de carrera justo ahora, con los finales tan cerca? —preguntó Linda, intrigada.
El día anterior se había llevado una sorpresa cuando su tutor académico la llamó para avisarle que llegaría una estudiante trasladada a su clase. Justamente ella era la jefa de grupo.
—Eso no es asunto tuyo —respondió Luna con sequedad, y se fue dejando a Linda atrás. Ella solo quería evitar a Julián. Le importaba un bledo la universidad; lo único que quería era subir a la azotea a descansar.
Linda se quedó mirando los hombros angostos de Luna, que se alejaban poco a poco. Ya se lo imaginaba desde el principio; incluso algunos profesores le habían dicho que no le hiciera caso, porque esa chica en realidad no venía a estudiar. Al fin y al cabo, estudiara o no, Luna seguiría siendo rica.
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