Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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LAS REGLAS DEL JUEGO
Decidí no usar las fotografías.
No todavía.
Lucas estuvo en desacuerdo. Durante toda una cena de filetes y vino tinto en nuestro loft, me argumentó que era la jugada obvia. Que Silvia estaba acorralada. Que un solo correo anónimo a *Page Six* y su vida social se desintegraría antes del brunch del domingo.
—No es el momento —dije, cortando la carne con precisión—. Silvia es predecible. Si la golpeas de frente, se defiende de frente. Necesito que se mueva. Necesito ver qué hace cuando cree que todavía tiene el control.
—¿Y si Patrick se cansa de esperar?
—Patrick Sterling no se cansa. Patrick Sterling *observa*. —Limpié los labios con la servilleta—. Es exactamente como yo.
Lucas me miró largo rato. Luego sonrió. Esa sonrisa torcida que usaba cuando admiraba algo de mí que a él le hubiera gustado tener.
—Eres aterradora, hermanita.
—Lo sé.
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La oportunidad llegó dos días después, en forma de un sobre manila dejado sobre mi escritorio a las siete de la mañana.
No había remitente. No había nota. Solo una copia de un correo electrónico interno de Sterling Holdings, fechado la semana anterior. Un correo de Silvia a su abogado personal.
*"Necesito que prepares los documentos de disolución de la LLC Delaware. Sí, esa. La que usamos para las transferencias offshore. Si Vasquez sigue husmeando, voy a necesitar mover los activos antes de que..."*
El resto estaba cortado. Pero no necesitaba leerlo dos veces.
Silvia no solo estaba ocultando un aborto.
Estaba moviendo dinero. Mucho dinero. Dinero que no le pertenecía.
Sonreí.
Clara.
Tomé el teléfono.
—Lucas. Rastrea una LLC registrada en Delaware. Sin nombre público, pero con un abogado llamado Richard Ames.
—¿De quién es?
—De Silvia. O al menos, del dinero que Silvia está escondiendo.
Silencio.
—Elena, si Silvia está lavando dinero de Sterling Holdings, esto ya no es un escándalo social. Esto es federal.
—Lo sé.
—¿Y qué piensas hacer?
—Lo que siempre hago. —Miré por la ventana, hacia el Hudson gris de la mañana—. Esperar a que se equivoque otra vez.
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La vi esa tarde en el vestíbulo de Sterling Holdings.
Silvia llevaba un vestido color crema, un abrigo de cashmere sobre los hombros, y esa expresión de princesa intocable que había perfeccionado durante años. Pero yo veía lo que los demás no. Veía el temblor en sus manos. Veía cómo su mirada se desviaba hacia cada persona que pasaba. Veía el pánico detrás del Dior.
No venía a ver a Patrick.
Venía a ver a Victoria Sterling.
La matriarca. La verdadera dueña del imperio. La mujer que, en otra vida, me había mirado con esa condescendencia helada que solo las mujeres de su clase saben administrar.
La seguí con la mirada mientras entraba al ascensor privado. Y supe, con esa certeza que solo viene de haber vivido algo antes, que Silvia estaba buscando protección.
No de Patrick.
De Victoria.
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Esa noche, Patrick me llamó.
No al oficina. A mi móvil personal. A las once de la noche.
—Señor Sterling —dije, intentando que mi voz sonara sorprendida.
—Deje el "señor Sterling", Elena. Son las once. Estamos más allá de eso.
Apoyé la frente contra el cristal de la ventana. Tribeca se extendía debajo de mí, un tapiz de luces amarillas y rojas.
—¿Qué pasa?
—Necesito verla. Mañana. Antes de que llegue a la oficina.
—¿Por qué?
—Porque mi madre recibió a Silvia esta tarde. —Su voz era tensa. Controlada. Pero había algo debajo. Algo que no había escuchado antes en él—. Y Silvia salió de allí con una sonrisa.
Cerré los ojos.
—¿Y eso es un problema?
—Es un problema —dijo Patrick, lentamente—, porque mi madre no sonríe. Nunca. Y menos con la mujer que yo he elegido.
—¿La mujer que usted ha elegido? —repetí, saboreando las palabras—. Pensé que Silvia era la mujer que usted había elegido.
Silencio.
—Usted sabe que no.
—Sé muchas cosas, Patrick. Pero ninguna de ellas me dice por qué su madre apoyaría a una mujer que usted está a punto de dejar.
—Porque mi madre —dijo, y pude escuchar cómo apretaba los dientes— sabe algo sobre Silvia que yo no sé. Algo que la hace útil. O peligrosa. No estoy seguro de cuál de las dos.
El corazón me latía con fuerza.
—¿Y qué quiere que haga yo?
—Quiero que venga a mi casa. Esta noche. —Una pausa—. Quiero que hablemos. Sin máscaras. Sin abogados. Sin testigos.
—Patrick...
—Elena. —Su voz bajó, se volvió más íntima, más peligrosa—. Llevo dos vidas esperando a que alguien me mire como usted me mira. No voy a dejar que se aleje otra vez.
*Dos vidas.*
La frase me golpeó como un puñetazo en el pecho.
¿Sabía? ¿Era posible que...?
No. Imposible. Patrick no podía saber. Nadie sabía. Era mi secreto. Mi maldición. Mi motor.
—¿De qué está hablando? —pregunté, con la voz más firme de lo que me sentía.
—De que hay algo entre nosotros, Elena. —Su respiración era audible a través del teléfono—. Algo que no debería existir. Algo que reconocí desde el primer momento en que la vi. Y necesito saber si usted también lo siente.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en dos vidas, no supe qué responder.
—Mañana —dije finalmente—. A las siete de la mañana. En su casa.
—¿Promete que vendrá?
—Prometo que lo intentaré.
—Elena...
—Buenas noches, Patrick.
Colgué antes de que pudiera decir algo más. Antes de que pudiera escuchar el temblor en mi propia voz.
Me quedé mirando el teléfono. Con el corazón desbocado. Con las manos frías.
Porque había algo que Patrick no sabía.
Algo que, si descubría, cambiaría todo.
No era solo que yo lo conocía de otra vida.
Era que, en esa otra vida, él también me había conocido a mí.
Y me había destruido sin saberlo.
Leee