Alex siempre creyó que obedecer a su Alfa era su deber. Entregado al Clan Sabio para pagar una deuda, soportó humillaciones, desprecios y castigos, convencido de que algún día Fernando comprendería su valor. Pero después de recibir un golpe injusto, algo cambia.
Una voz aparece en su mente.
La Diosa Lectora conoce sus secretos, revela las mentiras del clan y le muestra futuros que podrían convertirse en realidad. Por primera vez, Alex descubre que su sufrimiento no fue casualidad y que su origen guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Con cada verdad, el Omega deja atrás al joven sumiso que todos podían pisotear. Ya no obedecerá ciegamente, ni permitirá que otros decidan su destino.
Mientras Fernando descubre demasiado tarde lo que perdió y Alejandro le ofrece un camino diferente, Alex deberá elegir entre la venganza, el amor y la libertad.
Porque esta vez, el Omega elegirá su propio futuro.
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Las redes del ala oeste
El frío de la mañana penetraba por los ventanales de la cocina principal de la Casa González. En el pabellón de servicio, la ama de llaves, la sirvienta Patricia, reía en voz alta junto a tres doncellas del pabellón de honor mientras guardaban en cestas de mimbre los mejores cortes de carne, la harina fina y las frutas frescas recién traídas del mercado de la provincia.
—Guarden los cuencos de arroz rancio y el caldo de ayer para el ala oeste —ordenó Patricia con una mueca de desprecio, acomodándose el delantal—. Si ese omega pregunta, díganle que las provisiones del mes se redujeron por orden de Doña Matilde. Bastante gasto genera ya con sus medicinas y sus tés aromáticos como para andar alimentándolo como si fuera la Primera Luna.
Las doncellas soltaron una risita burlona. Durante tres años, privar a Alex de la comida adecuada, entregarle mantas delgadas en invierno y desviar las telas finas destinadas a sus vestiduras se había convertido en una costumbre lucrativa para la servidumbre, bajo la mirada complaciente de la matriarca.
—¿Te parece muy gracioso, Patricia? —resonó una voz serena pero helada desde el umbral de la cocina.
Las risas se cortaron de golpe. Alex caminaba hacia el centro del recinto con paso firme y la cabeza erguida. Vestía una túnica sencilla de lino gris, pero el cuello vendado y la mirada penetrante de sus ojos oscuros infundían una presión imponente que hizo que dos de las doncellas dieran un paso atrás de inmediato.
«Analizando el inventario de la cocina central», notificó la voz del Sistema en la mente de Alex, vibrando con un tono sarcástico. «Se detecta una malversación del 35% de los víveres del pabellón oeste. La sirvienta Patricia ha vendido tres sacos de harina de arroz y un barril de aceite en el mercado negro durante la última semana. ¡Hora del castigo!»
Patricia, recobrando su habitual insolencia de sirvienta favorita de Doña Matilde, dio un paso al frente y se cruzó de brazos.
—Joven Alex —dijo con tono burlón, sin hacer la menor inclinación de respeto—, las decisiones sobre la distribución de la comida las toma la matriarca. Si tiene algún reclamo sobre el caldo frío, puede ir a decírselo personalmente en el salón de té. Nosotros solo seguimos órdenes.
—Las órdenes de la matriarca no sobrepasan el reglamento de la Casa González —respondió Alex, acercándose a la mesa de madera con paso tranquilo—. Según los registros de administración que acabo de revisar, la dote asignada a mi pabellón financia un tercio de las compras de esta cocina. Lo que significa que la carne que estás guardando en esa cesta fue pagada con mi dinero.
—¡Qué atrevimiento! —chilló Patricia, alzando la voz para intentar intimidarlo—. ¡Usted es un simple omega que vive de la caridad del Marqués Fernando! ¡No tiene derecho a auditar la cocina!
¡ZAS!
El sonido de la bofetada resonó en las paredes de piedra de la cocina. La fuerza del golpe hizo que Patricia tropezara de lado, golpeándose la cadera contra la mesa y dejando caer la cesta de mimbre, cuyos frutos rodaron por el suelo de losas.
Las doncellas ahogaron un grito de terror y se pegaron a la pared, pálidas como la cera. Nadie en la Casa González había visto jamás a Alex alzar la mano, y mucho menos golpear a un sirviente con semejante determinación.
Patricia se sostuvo la mejilla roja y caliente, mirando a Alex con los ojos desorbitados por la rabia y la conmoción.
—Tú... ¡me has golpeado! ¡Se lo diré a Doña Matilde! ¡Te mandará a azotar al patio!
—Irás a decirle a Doña Matilde exactamente lo que ha sucedido —sentenció Alex con voz de acero, bajando la vista hacia ella con un desprecio infinito—. Y de paso le informarás que, si vuelvo a encontrar un solo cuenco de comida rancia en el ala oeste, le entregaré al Marqués Fernando los recibos de venta del mercado negro que llevan tu firma.
Patricia se quedó congelada en el suelo, con el aliento atrapado en la garganta. ¿Cómo demonios sabía sobre las ventas en el mercado negro?
«Puntos de dominación sobre la servidumbre incrementados al 80%», celebró el Sistema en la mente del omega. «La insolencia de la cocina ha sido erradicada. Recompensa: Recuperación inmediata del control de víveres del pabellón oeste.»
—Recojan todo esto y lleven las provisiones completas a mis aposentos ahora mismo —ordenó Alex a las otras doncellas, quienes obedecieron de inmediato, temblando mientras cargaban las bandejas.
Alex dio media vuelta y salió de la cocina central dirigiéndose hacia los jardines interiores. Sabía que Doña Matilde no tardaría en reaccionar, pero la matriarca no era la única molestia que habitaba en la residencia.
En el corredor del estanque de lotos, una joven figura vestida con elegantes túnicas de seda rosada y bordados de flores observaba el estanque con aire melancólico. Era la señorita Beatriz, una omega de rama secundaria del Clan Silva y la "prometida" no oficial que Doña Matilde intentaba imponer a Fernando desde la muerte de Clara.
Beatriz había pasado los últimos dos años fingiendo una fragilidad extrema, llorando ante el menor reproche y ganándose el afecto de Doña Matilde a fuerza de halagos y veneno desparramado en voz baja contra Alex.
Al ver aproximarse a Alex, Beatriz ajustó su postura, dejando escapar un leve suspiro ensayado mientras sostenía un pañuelo de encaje.
—Vaya, el joven Alex se digna a salir de sus aposentos —dijo Beatriz con una sonrisa falsa y condescendiente—. Escuché que has estado causando molestias en la cocina. Deberías aprender un poco de recato, querido. La Casa González no necesita escándalos de alguien que ni siquiera pudo conservar su marca.
Alex se detuvo frente a ella, mirándola como si contemplara a un insecto molesto.
«Analizando sujeto: Beatriz Silva», desplegó la pantalla flotante del Sistema. «Nivel de amenaza: Mínimo. Estrategia: Desmantelamiento de imagen de 'Flor Blanca' frente a la guardia.»
—Señorita Beatriz —respondió Alex serenamente—, si dedicara la mitad del tiempo que pasa maquinando con Doña Matilde a aprender sobre la administración de esta casa, sabría que las sedas que lleva puestas fueron compradas con la cuenta de la dote materna que estoy reclamando.
El rostro de Beatriz se contrajo por un instante.
—¡Insolente! —dijo en un susurro furioso, dando un paso adelante con la intención de encararlo—. ¡Fernando nunca te permitirá recuperar un solo cobre! ¡Tú no eres más que un estorbo en esta casa!
Beatriz tropezó a propósitO con el borde de su propia túnica, fingiendo ser empujada para dejarse caer cerca del estanque y estallar en llanto, justo cuando escuchó los pasos pesados de la guardia acercándose por el pasillo.
—¡Ayuda! ¡Por favor, no me empujes, Alex! —chilló la muchacha con lágrimas dramáticas en los ojos.
Sin embargo, Alex ni siquiera se movió. Con una agilidad calculada otorgada por el Sistema, dio un paso atrás, cruzando las manos tras la espalda y observando el espectáculo con una mueca de aburrimiento mientras los guardias y el propio Fernando González doblaban la esquina del corredor.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —exigió la voz grave de Fernando, deteniéndose en seco ante la ridícula escena.