En un mundo donde la magia determina el valor de una persona, Eryan ha aprendido desde pequeño que sobrevivir es más importante que vivir.
Abandonado cuando apenas era un bebé, terminó en el Orfanato Santa Lucía, un lugar que aparentaba proteger a niños sin familia. Pero detrás de sus enormes puertas se escondía una realidad mucho más cruel: los niños eran vendidos como esclavos a nobles, mercenarios y organizaciones clandestinas.
Eryan creció entre golpes, hambre, miedo y trabajos que ningún niño debería conocer.
Sin embargo, desde que tiene memoria, hay algo extraño en él.
Cuando siente miedo, las sombras se mueven.
Cuando se enfada, el espacio parece romperse.
Y algunas noches escucha una voz que le susurra:
«Este mundo no es tu hogar.»
A los diez años, Eryan descubre accidentalmente un secreto que cambiará su vida para siempre.
Existen otras dimensiones.
Durante años creyó que el mundo en el que vivía era el único que existía. Ahora sabe que hay incontables mundos....
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Capítulo 6 — La puerta que no debía abrirse
La piedra dejó de brillar.
Eryan permaneció inmóvil debajo de las mantas, con el pequeño objeto apretado entre sus dedos.
Durante varios segundos no se atrevió a respirar.
La imagen que había visto seguía grabada en su mente.
Una puerta.
Una figura encapuchada.
Y aquella extraña sensación de que la persona al otro lado podía verlo.
No sabía si realmente había sido una visión.
Quizá la piedra simplemente había reflejado uno de sus pensamientos.
Quizá estaba imaginando cosas.
Pero había algo que no podía negar.
La piedra había reaccionado cuando él la sostuvo.
Eryan la escondió nuevamente debajo de la almohada.
Miró hacia la cama de Lina.
Ella dormía.
O eso parecía.
—¿Eryan?
El niño se sobresaltó.
—¿Estabas despierta?
Lina abrió un ojo.
—Desde hace un rato.
—¿Escuchaste algo?
—No.
Eryan se relajó.
Lina se incorporó.
—¿Volvió a brillar?
Eryan no respondió inmediatamente.
Después asintió.
—Vi algo.
—¿Qué?
Eryan bajó la voz.
—Una puerta.
Lina se quedó pensativa.
—¿La puerta de abajo?
—No.
—Entonces, ¿cuál?
—No lo sé.
Eryan miró hacia la ventana.
Las dos lunas iluminaban débilmente el patio.
—Era diferente.
—¿Y la persona?
—Había alguien delante.
—¿Quién?
—No pude verlo.
Lina guardó silencio.
—¿Crees que era alguien que conoces?
—No.
—¿Crees que estaba dentro del orfanato?
Eryan negó con la cabeza.
—No.
—Entonces...
Lina dejó escapar un suspiro.
—Esto se está volviendo cada vez más extraño.
Eryan sonrió débilmente.
—Sí.
—¿Tienes miedo?
Eryan tardó unos segundos.
—Sí.
Lina lo miró.
—Yo también.
Después volvió a acostarse.
—Pero mañana pensaremos en ello.
Eryan asintió.
—Sí.
Aunque ninguno de los dos sabía que aquella noche sería la última en la que podrían fingir que todo seguía siendo normal.
---
A la mañana siguiente, la campana sonó más temprano de lo habitual.
Los niños comenzaron a levantarse.
Eryan se vistió rápidamente.
Mientras se ataba los zapatos, miró debajo de la almohada.
La piedra seguía allí.
Ya no tenía ningún brillo.
Parecía completamente normal.
La guardó en el bolsillo.
No quería que nadie la encontrara.
Bajó al comedor junto a Lina.
La comida era sencilla.
Pan.
Fruta.
Una pequeña porción de avena.
Eryan apenas había comenzado a comer cuando la puerta del comedor se abrió.
La directora entró.
Pero esta vez no estaba sola.
Detrás de ella caminaban cuatro hombres.
Los niños dejaron de hablar.
Eryan levantó lentamente la mirada.
Reconoció a uno de ellos.
Era el hombre de cabello gris que había visto días atrás.
El hombre observó el comedor.
Después recorrió lentamente los rostros de los niños.
Eryan sintió que su estómago se cerraba.
El hombre se detuvo.
Lo miró.
No dijo nada.
Pero aquella mirada era suficiente.
Eryan bajó la cabeza.
—No mires —susurró Lina.
—Ya lo sé.
La directora habló:
—Seguid desayunando.
Los hombres se alejaron.
Eryan esperó hasta que estuvieran lejos.
—Son ellos.
—¿Los hombres del otro día?
—Sí.
Lina apretó la cuchara.
—¿Crees que vienen por Kael?
Eryan negó lentamente.
—No lo sé.
Pero había algo que no le gustaba.
El hombre no había mirado a Kael.
Había mirado a Eryan.
---
Después del desayuno, todos los niños fueron enviados al patio.
Eryan intentó concentrarse en su trabajo.
Tenía que recoger hojas y ramas.
Pero no podía dejar de pensar en aquellos hombres.
Mientras llevaba un cubo, escuchó una conversación cerca de la puerta principal.
—¿Cuántos son?
—Seis.
—¿Y el otro?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—No ha mostrado nada.
Eryan se detuvo.
Sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
No quería escuchar más.
Pero entonces oyó una última frase.
—Si no muestra señales antes de la próxima luna azul, será descartado.
Eryan dejó caer el cubo.
El sonido hizo que ambos hombres se giraran.
Eryan rápidamente lo recogió.
—Lo siento.
Los hombres lo observaron.
Uno de ellos entrecerró los ojos.
—¿Qué estabas haciendo?
—Limpiando.
—Entonces limpia.
Eryan asintió.
Se alejó.
Cuando llegó al otro extremo del patio, Lina lo estaba esperando.
—¿Qué pasó?
—Escuché algo.
—¿Qué?
—Hablaron de seis niños.
—¿Los mismos?
—Sí.
Eryan miró hacia el edificio.
—Y dijeron que había otro.
Lina comprendió inmediatamente.
—¿Tú?
Eryan no respondió.
---
Aquel día pasó lentamente.
Eryan estaba más atento que nunca.
Comenzó a observar a los niños.
Intentaba descubrir quiénes podían ser los seis.
Había algunos que parecían diferentes.
Un niño llamado Tomas siempre estaba enfermo.
Una niña llamada Mira podía encender pequeñas llamas con las manos, aunque decía que ocurría por accidente.
Dos hermanos, Daren y Sol, tenían una fuerza poco común para su edad.
Y había otros dos niños que habían llegado recientemente.
Eryan no sabía qué tenían de especial.
Quizá ellos eran los seis.
Pero si era así...
¿Por qué estaban todavía allí?
¿Y qué significaba ser "descartado"?
Eryan sintió un escalofrío.
No quería descubrirlo.
---
Por la tarde, Aldren lo llamó a la biblioteca.
—Cierra la puerta.
Eryan obedeció.
El anciano parecía preocupado.
—¿Has hablado con alguien sobre la puerta?
—Solo con Lina.
—¿Y sobre Kael?
—También.
Aldren asintió.
—Bien.
Eryan lo miró.
—¿Qué está pasando?
—No lo sé todo.
—Pero sabes algo.
Aldren suspiró.
—Sé suficiente para decirte que debes tener cuidado.
—¿Por qué?
El anciano caminó hasta una ventana.
—Porque el orfanato está recibiendo visitas de personas que no deberían estar aquí.
—¿Quiénes son?
—No lo sé.
—Mientes.
Aldren se giró.
—¿Qué has dicho?
—Todos dicen que no saben nada.
Eryan apretó los puños.
—La directora.
—Aldren...
—Todos.
El anciano permaneció callado.
Eryan bajó la voz.
—Yo solo quiero saber la verdad.
Aldren lo observó durante varios segundos.
Finalmente dijo:
—Entonces tendrás que aprender a sobrevivir primero.
—¿Sobrevivir?
—Hay cosas que no puedes enfrentar todavía.
Eryan recordó su deseo.
Quería ser fuerte.
Pero aún era un niño.
—¿Qué puedo hacer?
Aldren se acercó.
—Aprende.
—¿Qué?
—Todo lo que puedas.
El anciano señaló los libros.
—Historia. Magia. Geografía. Criaturas. Idiomas. Todo.
Eryan frunció el ceño.
—¿Para qué?
Aldren lo miró seriamente.
—Porque algún día necesitarás comprender el mundo.
---
Aquella tarde, Eryan comenzó a estudiar.
Leyó sobre los siete grandes reinos.
Valtheris, donde se encontraba Arven.
Eldoria, famoso por sus bosques mágicos.
Kaelion, conocido por sus grandes academias.
Dravak, una región de montañas y guerreros.
Nerath, un territorio rodeado de mares.
Aurelis, hogar de grandes ciudades.
Y Veyra, el reino más misterioso de todos.
Eryan descubrió que cada región tenía culturas diferentes.
Algunas personas utilizaban magia.
Otras dependían de armas.
Había ciudades donde convivían distintas razas.
También existían territorios donde los humanos eran minoría.
Eryan quedó fascinado.
Aetherya era mucho más grande de lo que había imaginado.
Durante años había pensado que el mundo era Arven.
Después descubrió las montañas.
Ahora comprendía que Arven era apenas una pequeña parte de algo enorme.
Y eso despertó en él una sensación extraña.
Deseo.
Quería conocerlo.
Quería caminar por aquellas ciudades.
Ver el mar.
Cruzar las montañas.
Conocer criaturas mágicas.
Y descubrir qué había más allá de los mapas.
Sin embargo, cuando cerró el libro, recordó algo.
No podía salir del orfanato.
Todavía no.
---
Esa noche, Eryan y Lina volvieron al ala oeste.
No fueron hasta la puerta.
Solo se escondieron cerca.
Querían observar.
Esperaron casi una hora.
Finalmente apareció la directora.
Iba acompañada de dos hombres.
Abrieron la puerta.
Entraron.
Eryan miró a Lina.
—Ahora.
Los dos caminaron silenciosamente.
Llegaron hasta la puerta.
Estaba entreabierta.
Eryan miró por la abertura.
Vio una escalera.
Descendía.
Más abajo había varias puertas.
Y entonces vio algo que le hizo contener la respiración.
Había niños.
No uno.
Varios.
Estaban sentados detrás de barrotes de hierro.
Algunos eran pequeños.
Otros tenían aproximadamente la edad de Eryan.
Lina se llevó una mano a la boca.
—Dios...
Eryan sintió una mezcla de rabia y miedo.
Entonces escucharon una voz.
—No deberías estar mirando.
Los dos se giraron.
La directora estaba detrás de ellos.
Eryan se quedó inmóvil.
Lina también.
Elira los observó.
—Vengan conmigo.
—No.
La palabra salió de la boca de Eryan antes de que pudiera pensar.
La directora levantó una ceja.
—¿Qué has dicho?
Eryan sintió miedo.
Pero no retrocedió.
—¿Por qué están encerrados?
La directora lo miró durante varios segundos.
—No es asunto tuyo.
—Son niños.
—Y tú también.
—Entonces, ¿por qué están aquí?
La directora apretó los labios.
—Eryan...
Su voz cambió.
Ya no era fría.
Parecía casi triste.
—Hay cosas que todavía no puedes entender.
—¡Entonces explícamelas!
La directora se acercó.
—No.
Eryan retrocedió.
Entonces ocurrió algo.
La piedra que llevaba en el bolsillo comenzó a calentarse.
Eryan lo sintió.
La directora también.
Sus ojos se abrieron.
—¿Dónde conseguiste eso?
Eryan no respondió.
—Eryan.
La piedra comenzó a emitir una tenue luz.
Violeta.
Los hombres que estaban dentro de la habitación salieron inmediatamente.
—¿Qué está pasando?
La directora levantó una mano.
—Atrás.
Los hombres obedecieron.
Eryan miró su mano.
La luz crecía.
No sabía cómo detenerla.
—¡No puedo!
Lina lo agarró.
—¡Eryan!
La energía se extendió desde sus dedos.
Por un instante, las paredes parecieron vibrar.
Las lámparas se apagaron.
Todo quedó oscuro.
Entonces...
Toc.
Un golpe.
Venía desde abajo.
Toc.
Otro.
Toc.
Tres golpes.
Los niños encerrados comenzaron a gritar.
La directora palideció.
—No...
Eryan miró hacia la escalera.
Algo estaba ocurriendo.
La piedra brilló con más fuerza.
Y una línea violeta apareció sobre la pared.
La misma forma del símbolo.
Un círculo.
Tres líneas.
Pero esta vez...
El símbolo comenzó a abrirse.
Como si fuera una puerta.
La directora gritó:
—¡Detenlo!
Los hombres corrieron hacia Eryan.
Lina lo agarró del brazo.
—¡Corre!
Eryan no sabía qué hacer.
Solo corrió.
Los dos subieron las escaleras.
Detrás de ellos se escuchaban gritos.
Pasos.
Golpes.
Y una energía extraña que parecía recorrer todo el edificio.
Llegaron a la biblioteca.
Cerraron la puerta.
Lina respiraba con dificultad.
—¿Qué hiciste?
Eryan miró sus manos.
—No lo sé.
La piedra seguía brillando.
Pero ahora había algo diferente.
En su superficie apareció una pequeña grieta.
Y desde ella salió una voz.
Una voz que Eryan ya había escuchado antes.
La misma de sus sueños.
Suave.
Lejana.
Pero perfectamente clara.
—Todavía no.
Eryan se quedó helado.
Lina lo miró.
—¿Qué dijo?
Eryan no respondió.
La piedra dejó de brillar.
Pero entonces, desde el sótano, se escuchó un sonido que hizo temblar las paredes.
Un ruido profundo.
Como si algo enorme hubiera despertado después de permanecer dormido durante siglos.
Los dos niños se miraron.
Eryan comprendió que ya no podían fingir que aquello era simplemente un orfanato.
Había algo debajo de Santa Lucía.
Algo que los adultos llevaban años ocultando.
Y, de alguna manera...
Eryan acababa de despertarlo.
...