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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:10.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL REFUGIO DE LA MAÑANA Y LA PROMESA DE UN HOGAR

​La penumbra de la habitación se desvanecía lentamente, disuelta por los primeros rayos pálidos de un nuevo amanecer que comenzaban a filtrarse a través de los cortinajes de terciopelo. El calor de las sábanas de seda envolvía sus cuerpos en una burbuja de absoluta paz, muy lejos de la tormenta que había amenazado con destruir su historia apenas unas horas antes. Jeremías apoyó el codo sobre el colchón, sosteniendo su cabeza con la mano mientras con la otra acariciaba, con una devoción casi reverente, la línea del hombro y la espalda de Ana Belén. El rostro del magnate, antes marcado por la sombra perpetua del rencor, mostraba ahora una serenidad insólita, casi juvenil.

​—Dime la verdad, Ana... —murmuró Jeremías con la voz aún ronca por el sueño y la emoción contenida de la noche anterior, acercando sus labios a la oreja de la arquitecta—. Estaba pensando en algo mientras te miraba dormir y rogaba para que el tiempo se detuviera exactamente aquí, en este segundo. ¿Cuándo se van a mudar los gemelos a la mansión? Y tú... tú te quedas conmigo ya, de forma definitiva. Quiero amanecer así, abrazado a ti, todos los malditos días de mi vida. Te amo, Ana Belén. Te amo con cada célula de mi ser, y la idea de que salgas por esa puerta o de que tengas que regresar a otra casa me vuelve loco. Quiero que vivas aquí conmigo, que esta sea nuestra casa, nuestro hogar de verdad.

​Ana Belén abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso reconfortante del cuerpo de Jeremías pegado al suyo y el latido firme y constante de su corazón. Una sonrisa suave, cargada de una profunda ternura, iluminó su rostro todavía adormilado. Se giró sobre las sábanas para quedar frente a él, estirando una mano para acariciar con la punta de los dedos la barba de tres días que cubría las mejillas del empresario.

​—¿De verdad estás dimensionando lo que me estás pidiendo, gigante testarudo? —le preguntó ella con un tono juguetón, aunque con los ojos brillando de emoción—. Apenas llevamos un día formalmente juntos, y ya quieres mudar a toda mi tribu, maletas, perros y petates a este palacio. Los gemelos tienen su propia dinámica, su universidad, sus amigos, sus rutinas... No es tan sencillo como chasquear los dedos y decirles «mudense a la mansión del ogro de los Bustamante».

​—Oye, ya bájale al apodo del ogro, que ese personaje ya renunció y se fue por la puerta de atrás —protestó Jeremías fingiendo una indignación cómica, mientras una sonrisa traviesa torcía la comisura de sus labios—. Hablando en serio, Ana. Lo he pensado bien, y no quiero perder ni un solo segundo más de mi vida viviendo a medias. Esta casa es gigantesca, hay habitaciones de sobra para Roberto y Robert, y si quieren su propio espacio, podemos remodelar el ala este o construirles un estudio independiente en los jardines. Lo único que me importa, lo único que de verdad necesito para respirar tranquilo, es saber que cuando caiga la noche y cuando salga el sol, tú vas a estar aquí, a mi lado.

​Ana Belén suspiró, sintiendo que el pecho se le llenaba de una calidez inmensa. Comprendía perfectamente la urgencia en la voz de Jeremías; el miedo al abandono que lo había carcomido durante cinco años no iba a desaparecer de la noche a la mañana, y la mejor medicina contra ese fantasma era la construcción de un proyecto de vida común, sólido e irreversible.

​—Lo sé, mi amor... Yo también quiero lo mismo —respondió ella con total sinceridad, deslizando los brazos alrededor de su cuello para acercarlo un poco más—. Pero hagamos las cosas bien, ¿te parece? Déjame hablar con los muchachos este fin de semana. Les diré cómo están las cosas entre nosotros, les explicaré que decidimos apostar por este amor y les plantearé la idea de mudarnos todos juntos. Te aseguro que Roberto y Robert no se van a oponer; al contrario, desde el primer día que supieron que pasé la noche aquí, me dijeron que si yo era feliz, ellos me apoyarían al ciento por ciento y que se vendrían conmigo para cuidarme de tu mal carácter.

​Jeremías soltó una carcajada sonora, un sonido limpio y lleno de vida que hizo eco en las paredes de la recámara.

​—¿Ves? Hasta tus hijos me tienen fichado con el estereotipo del villano de telenovela —bromeó él, negando con la cabeza antes de ponerse un poco más serio y besarle la punta de la nariz—. Está bien. Hagámoslo a tu ritmo. Pero con una condición inquebrantable: a partir de hoy, aunque sigas yendo a revisar tu casa o a ver tus asuntos en la cafetería, tu dormitorio oficial es este. Mi cama es tu cama, y mi vida entera te pertenece, Ana Belén. No acepto un «no» por respuesta en eso.

​—Hecho —susurró ella sellando el acuerdo con un beso tierno y profundo en sus labios—. De todas formas, con la maleta pequeña que traje anoche, ya prácticamente me mudé de contrabando.

​Ambos se quedaron en silencio por unos momentos, disfrutando del compás apacible de la mañana que terminaba de despuntar afuera. Sin embargo, la tranquilidad del dormitorio no tardó en verse interrumpida por el sonido inconfundible de unos deditos tamborileando contra la madera de la puerta y una vocecita infantil que se coló por la rendija.

​—¿Se puede pasar o los gigantes todavía están durmiendo? —preguntó María Fernanda con picardía, empujando la puerta lentamente hasta asomar la cabecita rizada.

​Jeremías e intercambiaron una mirada cómplice antes de que el magnate estirara los brazos con una sonrisa radiante.

​—Pasa, mi princesa hermosa —la llamó Jeremías con una voz tan suave y dulce que parecía imposible que perteneciera al mismo hombre que había azotado las puertas de la mansión el día anterior—. Aquí no hay gigantes dormidos, solo gente feliz.

​La niña no se hizo rogar dos veces. Dio un salto y corrió hacia la cama, trepando con agilidad hasta meterse justo en medio de los dos, abrazando a Ana Belén por el cuello y dándole un beso sonoro en la mejilla a su padre.

​—¡Tenía miedo de que mi papá siguiera enojado! —confesó la niña con total honestidad, acurrucándose contra el pecho de la arquitecta—. Anoche escuché gritos desde mi cuarto y me puse tristísima.

​—Te prometo, mi amor, que tu papá no va a volver a gritar nunca más —le aseguró Ana Belén, acariciándole los rizos con infinita dulzura mientras miraba de reojo a Jeremías—. De hecho, trajimos noticias muy importantes para ti: vamos a ser una familia viviendo bajo el mismo techo, y pronto los hermanos mayores vendrán a pasar más tiempo con nosotros aquí.

​María Fernanda abrió los ojos de par en par, conteniendo la respiración por un segundo antes de soltar un grito de pura emoción y aplaudir con las manitas.

​—¡¿De verdad?! ¡¿Los gemelos van a vivir aquí también?! ¡Qué emoción, la casa va a estar llena de risas y ya no me voy a aburrir nunca! —celebró la niña, saltando sobre el colchón de un lado a otro.

​Jeremías la atrapó de la cintura entre risas, haciéndole cosquillas y provocando que la recámara entera se llenara de carcajadas infantiles. Desde la puerta, doña Anahí, que pasaba por el pasillo con una bandeja de café humeante y se había detenido al ver la escena, observó el cuadro familiar con los ojos anegados de lágrimas de gratitud. El fantasma de María Gutiérrez había quedado finalmente sepultado en el pasado; el ogro de los Bustamante había muerto, y en su lugar, un hombre nuevo, sanado por el amor y la paciencia de una mujer valiente, comenzaba a escribir el primer capítulo real de su verdadera felicidad.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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