Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.
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Capítulo 9: La verdad bajo la piel
Victoria no podía apartar los ojos de la fotografía.
Lucía aparecía detrás de la cama del hospital.
En su mano sostenía una jeringa.
La imagen era borrosa, pero no había duda de que era ella.
—¿Qué es eso? —repitió Victoria.
Lucía abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
—Te hice una pregunta.
—Victoria...
—¿Qué tenías en la mano?
Lucía bajó la mirada.
—No puedo explicártelo aquí.
Victoria soltó una risa amarga.
—Claro.
Miró a Daniel.
—¿Tú lo sabías?
Daniel no respondió.
—¡Te pregunté si lo sabías!
—Sí.
Victoria sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Los dos me mintieron.
Lucía dio un paso adelante.
—No.
—¡No te acerques!
Lucía se detuvo.
Victoria respiraba agitadamente.
—Primero me dijiste que apenas nos conocíamos.
—Porque pensé que era mejor...
—Después descubrí que estuvimos juntas.
—Sí.
—Me ocultaste lo de Mateo.
—Tenía miedo.
—Me ocultaste el accidente.
—Intentaba protegerte.
—Y ahora descubro una fotografía donde apareces con una jeringa junto a mi cama.
Lucía comenzó a llorar.
—Nunca quise hacerte daño.
—Entonces dime qué hiciste.
Lucía miró a Daniel.
—No aquí.
Victoria siguió su mirada.
—¿Por qué miras a Daniel?
—Porque él estaba allí.
Victoria se giró hacia su esposo.
—¿Qué significa eso?
Daniel permaneció en silencio.
—Daniel.
—Yo también estuve en el hospital.
—¿Cuándo?
—Esa noche.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Qué hacías allí?
—Tu padre me llamó.
—¿Para qué?
—Para llevarte.
—¿A dónde?
Daniel cerró los ojos.
—A casa.
Victoria se quedó mirándolo.
—¿Y Lucía?
—Llegó después.
—¿Con la jeringa?
Daniel dudó.
—Sí.
Victoria sintió que las piernas le temblaban.
—¿Qué había dentro?
Lucía respondió finalmente:
—Un sedante.
Victoria retrocedió.
—¿Me sedaste?
—No.
—¡La fotografía dice otra cosa!
—Yo no te lo administré.
—Entonces ¿quién?
Lucía miró a Daniel.
Victoria siguió su mirada.
—¿Daniel?
—No.
—Entonces ¿quién?
Lucía comenzó a llorar.
—Tu madre.
Victoria quedó inmóvil.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Por qué?
Lucía apretó los labios.
—Porque estabas despertando.
—¿Y qué tenía que ver eso?
—Porque estabas recordando.
Victoria sintió un dolor punzante en la cabeza.
Una imagen apareció.
Una habitación blanca.
Una luz.
Su madre junto a ella.
Lucía llorando.
Y una voz:
“Duerme, hija. Cuando despiertes, todo será diferente.”
Victoria cerró los ojos.
—Me acuerdo.
Lucía se acercó.
—¿Qué recuerdas?
—Mi madre estaba junto a mi cama.
—Sí.
—Tú también.
—Sí.
—Y yo estaba intentando hablar.
Lucía asintió.
—¿Qué dije?
Lucía comenzó a llorar.
—Dijiste mi nombre.
Victoria sintió un nudo en la garganta.
—¿Y después?
—Tu madre te puso el sedante.
—¿Por qué?
—Porque estabas diciendo que querías verme.
Victoria miró a Daniel.
—¿Tú viste eso?
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Y no hiciste nada?
—Tu padre me dijo que no interviniera.
Victoria se quedó mirándolo.
—¿Y obedeciste?
Daniel bajó la cabeza.
—Sí.
Victoria sintió rabia.
—Durante diez años pensé que tú eras la persona que me había amado.
Daniel levantó la mirada.
—Te amé.
—Pero también ayudaste a destruir mi vida.
—Yo era joven.
—Eso no es una excusa.
Daniel no respondió.
Victoria miró a Lucía.
—¿Y tú?
—Yo intenté detenerlos.
—Pero desapareciste.
—Porque me amenazaron.
—Pudiste regresar.
—Lo intenté.
—¿Cuándo?
Lucía tomó aire.
—Un año después.
—¿Y qué pasó?
—Tu padre me encontró.
Victoria cerró los ojos.
—¿Y?
—Me dijo que si volvía a buscarte, te quitaría todo.
—¿Qué significa todo?
—Tu familia. Tu dinero. Tu casa. Tu libertad.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Y le creíste?
—Sí.
—¿Por qué?
Lucía la miró.
—Porque ya había demostrado que era capaz de cualquier cosa.
---
El silencio fue interrumpido por el teléfono de Victoria.
Era su madre.
Victoria contestó.
—¿Dónde estás?
La voz de su madre sonaba desesperada.
—¿Con quién estás?
—Con Lucía y Daniel.
Silencio.
—Victoria, tienes que irte de ahí.
—¿Por qué?
—Porque ellos te están mintiendo.
Victoria miró a Lucía.
—¿Quién?
—Los dos.
Victoria sintió que la rabia regresaba.
—¿Qué sabes de la memoria?
Su madre comenzó a llorar.
—No puedo hablar por teléfono.
—Entonces dime dónde estás.
—No vengas.
—¿Dónde estás?
—Victoria, escucha...
—¡Dime dónde!
La llamada se cortó.
Victoria miró el teléfono.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lucía.
—Mi madre sabe dónde está mi hermano.
Daniel levantó la mirada.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Tenemos que encontrarla.
Victoria lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si tu hermano está vivo, ella podría saber dónde lo tienen.
—¿Y tú cómo sabes que lo tienen?
Daniel quedó en silencio.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé.
—Acabas de decir que lo tienen.
Daniel bajó la mirada.
—Fue una suposición.
Victoria lo observó.
—No.
—¿Qué?
—No fue una suposición.
Daniel no respondió.
Victoria dio un paso hacia él.
—Tú sabes dónde está.
—Victoria...
—¡Sabes dónde está mi hermano!
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
Lucía quedó paralizada.
—¿Dónde?
Daniel miró a Victoria.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque me matarían.
Victoria sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quiénes?
Daniel no respondió.
—¿Quiénes?
—Personas que llevan años controlándolo todo.
Lucía dio un paso adelante.
—¿Quién?
Daniel la miró.
—Tu padre no era el único.
Lucía quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Había alguien por encima de él.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Daniel sacó un sobre de su bolsillo.
—El nombre está aquí.
Victoria tomó el sobre.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Victoria miró el rostro.
Era un hombre mayor.
Elegante.
Bien vestido.
A su lado estaba su padre.
Y también...
La madre de Victoria.
Victoria sintió que el mundo se detenía.
—No.
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Quién es?
—El hombre que financió todo.
Victoria leyó el nombre detrás de la fotografía.
Arturo Salvatierra.
Lucía palideció.
—No puede ser.
Victoria la miró.
—¿Lo conoces?
Lucía respondió casi en un susurro:
—Sí.
—¿Quién es?
—El padre de Mateo.
Victoria sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Mateo es hijo de él?
Lucía asintió.
—Sí.
Daniel intervino:
—Y ese hombre lleva diez años intentando recuperar la memoria USB.
Victoria miró el pequeño dispositivo.
—¿Por qué?
Daniel respondió:
—Porque contiene una grabación que puede destruirlo.
---
De repente se escuchó un automóvil acercándose.
Lucía miró por la ventana.
—No estamos solos.
Victoria apagó las luces.
Un vehículo negro se detuvo frente al estacionamiento.
Después otro.
Daniel se acercó a la ventana.
—Son ellos.
—¿Quiénes?
—Los hombres de Arturo.
Victoria sintió miedo.
—¿Cómo nos encontraron?
Daniel miró la memoria.
—Por eso.
—¿La memoria tiene algún rastreador?
—No.
—Entonces ¿cómo?
Daniel miró a Lucía.
—Alguien los llamó.
Lucía frunció el ceño.
—¿Quién?
Daniel no respondió.
Los golpes comenzaron en la puerta.
Uno.
Dos.
Tres.
Victoria miró a Lucía.
—¿Tenemos salida?
—Hay una puerta trasera.
—Vamos.
Los tres corrieron.
Pero antes de llegar, escucharon un disparo afuera.
Victoria gritó.
—¡Agáchense!
Lucía la cubrió con su cuerpo.
Daniel abrió la puerta trasera.
—¡Ahora!
Corrieron hacia el automóvil.
Subieron.
Daniel tomó el volante.
Victoria se quedó sorprendida.
—¿Qué haces?
—No hay tiempo.
Arrancó.
Los vehículos comenzaron a perseguirlos.
---
—¡Más rápido! —gritó Victoria.
—Estoy haciendo lo que puedo.
Lucía miró atrás.
—Hay dos automóviles.
Daniel tomó una curva cerrada.
Uno de los vehículos casi chocó contra ellos.
Victoria apretó la memoria contra su pecho.
—No pueden llevársela.
—No —dijo Daniel.
—¿Por qué?
—Porque si la recuperan, nadie podrá demostrar nada.
Lucía miró a Daniel.
—¿Dónde está el hermano de Victoria?
Daniel no respondió.
—¡Dímelo!
—En un lugar que Arturo no controla.
Victoria intervino:
—¿Dónde?
—En una clínica privada.
—¿Está herido?
—No lo sé.
Victoria sintió que el corazón se le encogía.
—¿Cómo que no sabes?
—Lo dejaron allí hace dos días.
—¿Quién?
—Los hombres de Arturo.
—¿Y tú cómo sabes?
Daniel apretó la mandíbula.
—Porque fui yo quien pagó la clínica.
Victoria se quedó mirándolo.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu hermano me pidió ayuda.
—¿Cuándo?
—Hace tres años.
Victoria quedó paralizada.
—¿Hace tres años?
—Sí.
—Entonces sabías que estaba vivo.
Daniel asintió.
—Desde entonces.
Victoria sintió lágrimas en los ojos.
—Me dejaste creer que estaba muerto.
—Tu padre había dejado órdenes.
—¡Mi padre estaba muerto!
—Sus órdenes seguían vigentes.
—¡No tenías derecho!
Daniel bajó la mirada.
—Lo sé.
Victoria miró hacia la ventana.
Todo lo que había creído durante años era una mentira.
Su hermano estaba vivo.
Daniel lo sabía.
Lucía la había amado.
Su padre había intentado separarlas.
Y detrás de todo estaba Arturo Salvatierra.
Pero quedaba una pregunta.
—¿Por qué mi madre está involucrada?
Daniel no respondió.
Lucía sí.
—Porque ella conocía a Arturo.
Victoria se giró.
—¿Desde cuándo?
Lucía respiró profundamente.
—Desde antes de que tú nacieras.
Victoria quedó helada.
—¿Qué?
—Tu madre trabajó para él.
—Eso es imposible.
—No.
—¿Qué hacía?
Lucía miró a Daniel.
—Ella era quien vigilaba que nadie hablara.
Victoria sintió un vacío en el estómago.
—¿Mi madre era parte de esto?
Daniel intervino:
—No al principio.
—¿Entonces cuándo?
—Después del accidente.
Victoria cerró los ojos.
—Mi propia madre.
---
Llegaron a la clínica cerca de las once de la noche.
Daniel estacionó detrás del edificio.
—Entraremos por aquí.
Victoria bajó.
—¿Dónde está mi hermano?
—Habitación 214.
Subieron por las escaleras.
El pasillo estaba vacío.
Victoria caminó rápidamente.
Llegaron a la puerta.
Daniel la abrió.
La habitación estaba vacía.
La cama estaba desordenada.
Había una ventana abierta.
Victoria sintió que el miedo se apoderaba de ella.
—No.
Lucía entró.
—Aquí estuvo.
Sobre la cama había una nota.
Victoria la tomó.
Reconoció la letra inmediatamente.
Era de su hermano.
“Victoria: si llegaste hasta aquí, significa que Daniel decidió ayudarte. No confíes completamente en él.”
Victoria miró a Daniel.
—¿Qué significa esto?
Daniel palideció.
La nota continuaba.
“Hay algo que debes saber sobre Lucía.”
Victoria levantó la mirada.
Lucía quedó inmóvil.
—No...
Victoria siguió leyendo.
“Ella no fue quien te hizo olvidar.”
Lucía soltó el aire que contenía.
Pero había una última línea.
“Ella fue quien intentó hacer que recordaras.”
Victoria levantó lentamente la mirada.
Lucía tenía lágrimas en los ojos.
—Te dije que no era lo que parecía.
Victoria dio un paso hacia ella.
—Entonces dime la verdad.
Lucía asintió.
—La noche del hospital, yo llevaba la jeringa.
—¿Para qué?
—Para despertarte.
Victoria quedó sorprendida.
—¿Qué?
—Había conseguido un medicamento que podía contrarrestar el sedante que te habían administrado.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Lucía comenzó a llorar.
—Porque cuando llegué, tu madre ya estaba allí.
—¿Y?
—Me quitó la jeringa.
—Entonces la fotografía...
—Fue tomada justo antes.
Victoria miró la imagen.
Todo comenzaba a encajar.
Pero entonces Daniel recibió una llamada.
Contestó.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasó? —preguntó Victoria.
Daniel colgó.
—La clínica fue registrada.
—¿Por quién?
—Por hombres de Arturo.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Y mi hermano?
Daniel negó lentamente.
—Se lo llevaron.
Victoria cerró los ojos.
—No.
Lucía tomó su mano.
—Lo encontraremos.
Daniel miró la memoria USB.
—Antes tenemos que escuchar la grabación completa.
Victoria lo miró.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que tu hermano sabía.
—¿Qué?
Daniel tragó saliva.
—Quién está trabajando para Arturo.
Victoria sintió un frío en el pecho.
—¿Quién?
Daniel miró a Lucía.
—Alguien que está mucho más cerca de ustedes de lo que imaginan.
Victoria sintió que el teléfono vibraba.
Número desconocido.
Contestó.
No dijo nada.
Una voz masculina habló.
—¿Encontraste a tu hermano?
Victoria apretó el teléfono.
—¿Dónde está?
—Vivo.
—Déjalo ir.
—No.
—¿Qué quieres?
—La memoria.
—Nunca la tendrás.
La voz soltó una risa.
—Entonces tendrás que elegir.
Victoria sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Elegir qué?
—A tu hermano...
Hizo una pausa.
—O a Lucía.
La llamada terminó.
Victoria miró a Lucía.
—¿Qué significa eso?
Lucía palideció.
Entonces recibió un mensaje.
Una dirección.
Y una fotografía.
Lucía estaba en ella.
Pero no era una fotografía reciente.
Era de diez años atrás.
Lucía aparecía entrando a un automóvil.
Y junto a ella estaba...
Arturo Salvatierra.
Victoria sintió que todo volvía a romperse.
Lucía cerró los ojos.
—Ahora lo entiendes.
Victoria la miró.
—¿Qué tengo que entender?
Lucía respondió con lágrimas:
—Yo también tuve un trato con él.
Victoria sintió que el silencio le atravesaba el pecho.
—¿Qué trato?
Lucía levantó la mirada.
—A cambio de dejarte vivir en paz...
Hizo una pausa.
—Tuve que prometerle que jamás volvería a buscarte.
Victoria se quedó inmóvil.
Pero entonces Lucía añadió:
—Y rompí esa promesa el día que volví a encontrarte.
Afuera, un automóvil arrancó.
Las luces atravesaron la ventana.
Y una última notificación apareció en el teléfono de Victoria:
“Ahora empieza la parte de la historia que Lucía nunca te contó.”