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EL SECRETO DE LA CEO. DOS HEREDEROS PARA EL MAGNATE

EL SECRETO DE LA CEO. DOS HEREDEROS PARA EL MAGNATE

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Madre soltera
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 6. EL FRENO DE MANO Y EL JUEGO DEL TONTEO

El beso en la orilla de la playa fue un torbellino que tambaleó por completo los cimientos de Samanta. Los labios de Samuel eran cálidos, firmes y destilaban una urgencia que amenazaba con hacerla perder el sentido. Durante unos segundos inolvidables, ella se dejó llevar por completo, enredando sus dedos en el pelo de él y pegando su cuerpo al suyo. Sin embargo, justo cuando la mano de Samuel descendió por su espalda desnuda con una caricia más atrevida, el cerebro de Samanta activó la señal de alarma.

"Frena, Samanta. Te estás acelerando demasiado", se dijo a sí misma.

Con un esfuerzo supremo de fuerza de voluntad, apoyó las palmas de sus manos en el pecho de Samuel y se apartó sutilmente, rompiendo el contacto. Tenía la respiración agitada y los labios encendidos.

—Samuel, espera... —consiguió decir, recuperando el aliento—. No puedo hacer esto. Se nos está yendo de las manos y yo... yo no soy una mujer de una noche. Necesito ir más despacio.

Samuel la miró fijamente bajo la luz de la luna. Sus ojos claros aún brillaban con la intensidad de la pasión contenida, pero no se enfadó ni insistió. Respiró hondo, dio un paso atrás y asintió con la cabeza, demostrando una madurez que Samanta agradeció infinitamente en su interior.

—Está bien, Samanta. Lo entiendo y lo respeto —respondió él con la voz un poco ronca, dedicándole una sonrisa suave pero comprensiva—. No quiero que hagas nada de lo que no estés completamente segura.

El regreso al apartamento 204 se hizo en un silencio absoluto, pero no era un silencio incómodo, sino cargado de una electricidad latente. Subieron en el ascensor mirándose de reojo y, al cruzar el umbral de la puerta, cada uno se dirigió a su espacio sin mediar palabra. Samanta se encerró en su dormitorio con el corazón latiéndole en la garganta, mientras escuchaba a Samuel acomodarse en el sofá cama del salón. Esa noche, ninguno de los dos logró pegar ojo, separados apenas por una fina pared y unidos por el recuerdo de un beso que lo había cambiado todo.

A la mañana siguiente, el ambiente en el apartamento era completamente distinto. La barrera de la frialdad y el misticismo de "desconocidos" se había roto para siempre. Samanta ya no podía fingir que Samuel era un pesado insufrible, y él ya no la miraba como a una jefa estirada. Habían entrado, sin darse cuenta, en una nueva fase de las vacaciones: el juego del tonteo.

Durante los días siguientes, la convivencia se transformó en un campo de batalla de seducción sutil. Ninguno de los dos cruzaba la línea definitiva, pero se buscaban constantemente con la mirada, con frases de doble sentido y con caricias que parecían accidentales pero que no lo eran en absoluto.

—Jefa, te has dejado un poco de espuma de café en el labio —le dijo Samuel una mañana en la cocina, inclinándose sobre ella mientras desayunaban.

En lugar de decírselo simplemente, estiró el dedo pulgar y le limpió la comisura con una lentitud exasperante, clavando la mirada en su boca. Samanta sintió un escalofrío por toda la columna, pero en lugar de apartarse, le sonrió con picardía.

—Gracias, Samuel. Menos mal que estás atento a los detalles —replicó ella con voz sugerente.

Las excursiones obligadas del paquete vacacional dejaron de ser una molestia para convertirse en el escenario perfecto de su idilio. En las tardes de piscina, Samuel se encargaba de aplicarle el protector solar en la espalda, tomándose más tiempo del estrictamente necesario y dejando un rastro de fuego con sus manos grandes sobre la piel de ella. A cambio, Samanta jugaba a vacilarlo con su ropa, vistiendo biquinis y vestidos que captaban la atención de Samuel al instante, haciéndole perder el hilo de las conversaciones.

Era un estira y afloja constante. Se regalaban besos robados en el ascensor antes de que se abrieran las puertas, se acariciaban las manos por debajo de la mesa durante las cenas del hotel y compartían risas cómplices que el resto de los huéspedes envidiaban. Samuel desplegó todo su humor alegre y jovial, logrando que Samanta se olvidara por completo de la palabra "rutina". Se sentía viva, deseada y feliz como hacía años que no se sentía.

Sin embargo, a pesar de las caricias, de las miradas intensas en mitad de la noche y del calor que subía de tono con cada día que pasaba, Samanta se mantuvo firme en su decisión. No iba a entregar el premio gordo tan fácilmente. Quería exprimir cada segundo de ese flirteo, saborear la anticipación y dejar que el deseo madurara entre los dos. Samuel, por su parte, aceptó el reto encantado, jugando sus cartas con la paciencia de un estratega experto.

Los quince días de vacaciones empezaron a consumirse como la arena en un reloj, y con cada jornada que pasaba, la tensión acumulada se volvía más y más insoportable. Ambos sabían que la cuenta atrás había comenzado y que la última noche en la isla sería el escenario definitivo donde todas las promesas silenciosas, los piques y las caricias contenidas tendrían que estallar por completo.

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Nayeli Lozano
me atrapó desde el primer capítulo, pero no me fijé que estaba empezando a escribirla.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏
San Aguirre: Me pasó lo mismo, no me di cuenta que no estaba terminada 😒
total 1 replies
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