Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 13. La espera
La cirugía de papá comenzó a las siete de la mañana.
Mamá permanecía sentada junto a Adrián, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada fija en las puertas por las que se habían llevado a papá. Mi hermano llevaba casi veinte minutos con la misma página abierta en el teléfono.
Yo ni siquiera había intentado distraerme.
James estaba allí. Seguía con nosotros ... conmigo
No pregunté por qué.
Tampoco se me ocurrió decirle que podía marcharse.
En algún momento apareció con café para todos. Le entregó uno a mamá, otro a Adrián y dejó el mío frente a mí antes de volver a sentarse.
Lo miré.
Era exactamente como me gustaba.
No recordaba habérselo dicho nunca.
—Gracias.
James asintió.
Eso fue todo.
Las horas pasaron lentamente.
James recibió varias llamadas de la empresa, pero ninguna duró demasiado. Había dejado instrucciones para que cualquier asunto que pudiera esperar, esperara.
Cuando mamá comenzó a preocuparse porque nadie había desayunado, fue él quien apareció con algo de comer.
Cuando una enfermera salió a pedir unos documentos, James ya sabía dónde estaban.
Cuando Adrián recibió una llamada urgente de la empresa y comenzó a discutir en voz baja, James se la quitó de las manos y resolvió el problema en menos de cinco minutos.
Nadie le había pedido nada.
Simplemente lo hacía.
Y mamá empezaba a recurrir a él con la misma naturalidad con la que recurría a nosotros.
Yo lo observaba desde el otro extremo de la sala.
Había algo extraño en verlo allí.
James pertenecía a aquella familia desde mucho antes de que cualquiera de nosotros pudiera imaginarlo sentado en la presidencia de la empresa. Papá lo conocía desde joven. Mamá siempre le había tenido cariño. Adrián podía discutir con él durante horas y aun así confiarle algo importante sin pensarlo demasiado.
Quizá por eso nadie parecía preguntarse por qué seguía allí.
Excepto yo.
Mi teléfono vibró.
Maxton.
Me alejé unos pasos para contestar.
Habíamos hablado la noche anterior. Sabía de la operación y había llamado temprano antes de que ingresaran a papá al quirófano.
Su voz consiguió tranquilizarme un poco.
Me preguntó por mamá, por Adrián, por la cirugía. Quiso saber cómo estaba yo.
Le dije que bien.
No me creyó.
Sonreí por primera vez aquella mañana.
Maxton quería estar allí. Lo escuchaba en su voz y en la frustración con la que hablaba de la distancia que todavía nos separaría durante meses.
Yo también quería que estuviera.
Se lo dije.
Cuando terminamos la llamada, permanecí unos segundos mirando la pantalla.
Después regresé.
James estaba sentado junto a mamá.
Ella tenía los ojos cerrados y él había colocado su saco sobre sus hombros.
Me detuve.
No había nada extraordinario en la escena.
Y quizá por eso me afectó.
James levantó la mirada y me encontró observándolo.
No preguntó con quién había hablado.
Solo señaló mi café.
—Se está enfriando.
Regresé a mi asiento.
Cerca del mediodía, mamá terminó quedándose dormida.
Adrián se levantó para caminar por el pasillo por quinta vez en menos de una hora.
Yo tenía frío.
No dije nada.
James lo notó.
Se levantó, desapareció unos minutos y regresó con otro café caliente. Lo dejó entre mis manos.
—No puedo tomar más.
—Entonces sostenlo.
El calor del vaso me hizo comprender que estaba temblando.
James se sentó a mi lado.
Nuestros hombros quedaron apenas separados.
No hablamos.
No hacía falta.
Después de un rato apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos.
Sentí algo rozar mi mano.
Los dedos de James.
No intentó tomarla.
Solo los dejó allí.
Fui yo quien movió la mano.
Entrelacé mis dedos con los suyos.
James no reaccionó.
No me miró.
Simplemente cerró la mano alrededor de la mía.
Y nos quedamos así.
Las puertas se abrieron poco después de las dos.
Adrián fue el primero en ponerse de pie.
Yo solté la mano de James y me levanté tan rápido que sentí un mareo.
El cirujano se acercó.
La operación había terminado. Había sido un exito.
Escuché el resto de la explicación a medias.
Mamá comenzó a llorar.
Adrián la abrazó.
Yo cerré los ojos.
El alivio me dejó sin fuerzas.
Una mano apareció en mi espalda.
James.
Me giré y lo abracé.
Esta vez no pensé.
No me preocupé por quién podía vernos.
Solo rodeé su cuerpo con los brazos y escondí el rostro contra su pecho.
James me sostuvo.
—Está bien —murmuré, sin saber si se lo decía a él o a mí misma—. Papá está bien.
Sentí su mano acariciar mi espalda.
—Sí.
Me quedé allí unos segundos más.
Cuando finalmente me separé, mamá estaba mirándonos.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
Pero ella no pareció encontrar nada extraño.
Al contrario.
Se acercó a James y tomó una de sus manos.
—Gracias por quedarte.
James miró hacia ella.
—No tenía otro lugar donde estar.
Mi corazón hizo algo estúpido.
Aparté la mirada.
Adrián estaba a mi lado.
Y, por supuesto, lo había escuchado.
No dijo nada.
Solo me miró.
Entrecerré los ojos en advertencia.
Por primera vez en su vida, mi hermano tuvo suficiente sentido común para guardar silencio.
Nos permitieron ver a papá más tarde.
Seguía dormido.
Mamá se quedó con él mientras Adrián y yo salíamos al pasillo.
James estaba hablando por teléfono unos metros más adelante, finalmente ocupándose de todo lo que había ignorado durante horas.
Adrián siguió mi mirada.
—Mamá ya lo adoptó.
Lo miré.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
Continuamos caminando.
—Solo digo que lleva aquí desde ayer, trajo comida y bebida a todos, resolvió problemas de la empresa, tranquilizó a mamá, hasta se ocupó del papeleo del hospital.
—Nos conocemos desde hace años.
Adrián asintió.
—Claro.
Me detuve.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
Odiaba cuando hacía eso.
Adrián siguió caminando.
—Solo espero que Maxton no sea celoso.
—Adrián.
Se rio por lo bajo y entró nuevamente a la habitación de papá.
Yo permanecí en el pasillo.
James acababa de terminar su llamada.
Nuestros ojos se encontraron.
Sonrió apenas.
Y tuve que mirar hacia otro lado.
Porque Adrián estaba equivocado.
James no estaba intentando ocupar el lugar de nadie.
Eso era precisamente lo que empezaba a preocuparme.
No tenía que intentarlo.