El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
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El plan secreto con mi suegra
Después de casarnos el 23 de octubre, yo pensé que lo más difícil ya había pasado. Pensé que lo de los papeles de julio había sido lo peor. Pero no. Lo más difícil fue guardarme la felicidad. Porque yo era esposa y no se lo podía decir a nadie. En mi casa nadie sabía. Mis amigas no sabían. Mi familia no sabía. Solo sabía mi suegra y una amiga. Y tener una noticia tan grande, tan bonita, y no poder gritarla, duele.
Yo llegaba a mi casa con mi acta de matrimonio escondida en mi bolsa, la sacaba a escondidas en mi cuarto, la veía, la besaba y la volvía a guardar en el cajón, abajo de mi ropa, donde nadie la encontrara. Era como tener un tesoro secreto. Y quería contárselo a todo el mundo. Quería decirle a mi mamá "mamá, me casé". Quería decirle a mis hermanas "tengo esposo". Pero no podía. Porque sabía que me iban a juzgar, que me iban a decir que estaba loca, que cómo me casé con alguien que está preso. Así que me aguantaba. Me aguantaba las ganas de presumir a mi esposo.
Mi esposo me entendía. Me decía "no te preocupes, mija, ya va a llegar el día que podamos decirlo sin miedo". Y yo le decía que sí, pero por dentro me sentía sola con mi secreto.
Fue entonces cuando con mi suegra empezamos a planear algo. Algo que él no se esperaba. Algo que iba a ser la sorpresa más grande de su vida. Porque desde que nos casamos el 23 de octubre, yo ya tenía derecho a ir a verlo a visita familiar, como su esposa. Pero él no lo sabía. Él pensaba que todavía faltaban papeles, que todavía no me daban el pase. Y nosotras quisimos jugar con eso un poquito, para darle una sorpresa.
La idea fue de mi suegra. Me dijo un día por teléfono: "Mari, ¿y si le caemos de sorpresa el 7 de noviembre? Él piensa que todavía no puedes entrar, imagínate su cara cuando te vea entrar de esposa". Y a mí me encantó la idea. Me dio mucha risa y mucho nervio al mismo tiempo. Me imaginaba su cara de sorprendido, de no creérmelo.
Pero planear esa sorpresa no fue fácil. Primero teníamos que asegurarnos de que mi pase sí estuviera listo. Y sí estaba. Me lo dieron el 30 de octubre, una semana después de casarnos. Cuando me lo entregaron, esa credencial chiquita con mi foto y su nombre, lloré. Lloré en plena oficina, delante de todos. Porque esa credencial no era solo un pase. Era la llave para poder abrazar a mi esposo legalmente. Era la prueba de que yo era su familia.
Con el pase en mano, empezamos el plan secreto. Mi suegra y yo hablábamos todos los días a escondidas de él. Si él me marcaba y me preguntaba "¿qué hiciste hoy?", yo le mentía. Le decía "nada, aquí en la casa". Pero en realidad estaba con mi suegra comprando ropa para ese día, o haciendo fila para que me sellaran el pase. Me sentía bien culpable de mentirle, pero era una mentira bonita. Era una mentira de amor.
Mi suegra me decía "mija, no le vayas a decir nada, te lo encargo, que sea sorpresa". Y yo le decía "no, suegra, no le digo nada, se lo juro". Y él, del otro lado, ni se imaginaba lo que estábamos tramando las dos mujeres que más lo queríamos.
Compramos comida para llevarle. Porque en la visita familiar te dejan pasar comida. Y yo quería llevarle algo hecho por mí. No soy muy buena cocinando, pero hice lo que pude. Hice arroz, guisado, tortillas. Mi suegra hizo su salsa que a él le encanta. Compramos refrescos, pan, todo lo que le gustaba. Queríamos que ese 7 de noviembre fuera como una mini luna de miel para él. Que por un ratito se le olvidara donde estaba y sintiera que estaba en su casa, con su esposa y con su mamá.
La noche del 6 de noviembre no dormí nada. Nada. Me la pasé dando vueltas en la cama. Me paré como cinco veces a verme en el espejo, a ver qué me iba a poner. Me probé tres pantalones, dos blusas. Quería verme bonita pero decente, porque allá no te dejan entrar con ropa provocativa. Quería que me viera y dijera "qué bonita está mi esposa". Me puse perfume, me planché el pelo, me puse un poquito de maquillaje. Me veía y me decía "mañana vas a ver a tu esposo, Mari, por fin".
Le marqué a mi suegra bien temprano el 7 de noviembre y le dije "suegra, ya estoy lista". Y ella me dijo "yo también, mija, ya voy para allá, nos vemos allá afuera". Y nos vimos afuera del lugar. Las dos bien nerviosas, con las bolsas de comida, con el pase en la mano.
Hicimos fila. Y la fila para visita es horrible. Larga, lenta, con sol, con revisiones. Te revisan todo. Te checan hasta el alma. Pero yo iba feliz. No me importaba que me revisaran, que me hicieran esperar. Porque sabía que al final de esa fila estaba él.
Cuando por fin pasamos todos los filtros, cuando ya estábamos adentro, en el patio donde hacen la visita familiar, mi corazón se me iba a salir. Le dije a mi suegra "suegra, me tiemblan las piernas". Y ella me agarró de la mano y me dijo "a mí también, mija, a mí también".
Y lo vimos. Estaba sentado en una mesita, solo, esperando a su mamá. Porque él pensaba que solo iba a ir su mamá. Estaba con su cabeza agachada, jugando con sus manos, distraído. No nos había visto todavía.
Mi suegra me dijo "ándale, mija, ve tú primero". Y yo caminé. Caminé despacito, con las piernas temblando, con las manos sudando, con el corazón a mil.
Y cuando estuve a dos metros de él, le dije bajito: "¿Buenas tardes, señor, no me invita a sentarme?".
Él levantó la cara, me vio y se quedó congelado. Literalmente congelado. Como si hubiera visto un fantasma. Abrió los ojos bien grandes, abrió la boca, pero no le salía nada. Se quedó tieso, sin moverse, sin respirar.
Y yo no aguanté y me solté llorando y le dije "¡Sorpresa!".
Entonces él reaccionó. Se paró de golpe, tiró la silla y me abrazó. Me abrazó tan fuerte, tan fuerte que me dolió, pero me dolió bonito. Me abrazó como si quisiera meterme dentro de él. Me abrazó y me dijo al oído, llorando, "¿Qué haces aquí? ¿Eres tú? ¿De verdad eres tú, Mari?".
Y yo llorando le decía "sí, soy yo, soy tu esposa, vine a verte".
Mi suegra se nos quedó viendo desde lejitos, llorando también, dejándonos nuestro momento. Porque ella sabía que ese abrazo era de nosotros dos. Que era el abrazo que habíamos esperado año y medio por teléfono, el abrazo que habíamos soñado desde que nos dijimos que sí jugando.
Ese 7 de noviembre no fue solo una visita. Fue nuestra verdadera luna de miel. Fue el día que por fin pude decirle en persona, viéndolo a los ojos, tocando su cara: "Te amo, esposo". Y él me lo pudo decir a mí, sin un teléfono de por medio, agarrándome las manos: "Te amo, esposa".
Y así empezó lo más bonito de nuestra historia. Con un plan secreto entre mi suegra y yo, con una mentira bonita y con un abrazo que me sigue abrazando hasta el día de hoy, aunque él ya no esté.