Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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Sácame de aquí
Benjamin no recordaba haber decidido conscientemente ir a la universidad. Simplemente se encontró conduciendo hacia allí, con las manos apretadas al volante y la imagen del enlace todavía quemándole los ojos. Estacionó cerca de la entrada principal y esperó. No sabía qué esperaba exactamente. Solo sabía que no podía quedarse sentado en el apartamento mientras el nombre de Helena era destrozado en cada pantalla del campus.
La vio salir entre un grupo de estudiantes. Caminaba rápido, la cabeza gacha, el bolso apretado contra el pecho. Incluso desde la distancia se notaba que estaba llorando: los hombros temblaban y se limpiaba la cara con el dorso de la mano una y otra vez.
Benjamin bajó del auto y caminó hacia ella. En cuanto Helena levantó la vista y lo reconoció, algo se rompió en su expresión. No dijo una palabra. Solo se lanzó a sus brazos y escondió la cara contra su pecho.
—Sácame de aquí —pidió con la voz ahogada—. Por favor. Sácame de aquí ahora mismo.
Él no preguntó nada. Abrió la puerta del copiloto, la ayudó a subir y le abrochó el cinturón con cuidado, como si ella pudiera romperse. Arrancó sin mirar atrás. El campus quedó atrás en cuestión de minutos.
El trayecto hasta el apartamento fue en silencio, solo interrumpido por los sollozos contenidos de Helena. Benjamin conducía con una mano en el volante y la otra sobre el muslo de ella, un contacto firme, ancla en medio de la tormenta.
En cuanto entraron, la guió hasta el sofá. Fue a la cocina, calentó agua y le preparó una taza de té de manzanilla. Se la puso entre las manos.
—Bébelo —dijo en voz baja—. Estás temblando.
Helena sostuvo la taza, pero no bebió. Las lágrimas seguían cayendo.
—Me siento como una idiota —susurró—. Y lo peor de todo es que todo el mundo lo sabía. Todo el mundo. Menos yo. Estuve un año completo creyendo que era especial. Que él me esperaba. Que yo era la única. Y resulta que era el chiste de la facultad.
Benjamin se sentó a su lado, el cuerpo girado hacia ella.
—¿Te duele verlo con otras mujeres?
Ella negó con la cabeza de inmediato, con fuerza.
—No. Eso no. Lo que me duele es haberme sentido tan tonta. Tan ciega. Cada regalo, cada promesa, cada “te amo”… todo era mentira. Y yo lo creí.
Él le apartó un mechón de cabello pegado a la mejilla húmeda.
—No eres tonta, Helena. Confiaste. Eso no te convierte en idiota. Te convierte en alguien que todavía cree que las personas pueden ser decentes. Y eso… es más valioso de lo que crees.
Helena levantó la vista. Los ojos verdes estaban enrojecidos, pero había algo más en ellos ahora: una necesidad cruda, casi desesperada.
—Bésame —pidió.
Benjamin se acercó despacio. Se detuvo a escasos centímetros de su boca.
—Si te beso ahora… no voy a poder parar.
Ella no apartó la mirada.
—No quiero que pares.
El beso fue como una rendición. Benjamin la atrajo hacia él con ambas manos y la besó como si quisiera borrar cada lágrima, cada humillación, cada fecha traicionera que ella había visto en esa pantalla. Helena correspondió con la misma urgencia, aferrándose a su camisa, a su cuello, a cualquier parte de él que la mantuviera anclada al presente.
Se desvistieron entre el sofá y el pasillo. Chocaron contra la pared. Casi no llegaron a la cama. Hicieron el amor como dos personas que llevan demasiado tiempo conteniendo una tormenta: sin delicadeza, sin pausas, con gemidos ahogados y uñas clavándose en la piel. Benjamin la sostuvo mientras ella se deshacía bajo él. Ella escondió la cara en su cuello cuando el placer se mezcló con un sollozo que no era solo de placer.
Después, jadeando, todavía dentro de ella, Benjamin le acarició el cabello con una ternura que contrastaba con la intensidad de minutos antes.
—Quédate conmigo —pidió en voz baja—. No esta noche. Quédate. De verdad.
Helena lo miró, todavía recuperando el aliento.
—Sí… pero necesito una cómplice.
Él sonrió por primera vez en todo el día. Una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.
—Entonces consíguete una.
En ese preciso momento el teléfono de Benjamin vibró sobre la mesita de noche. Él lo miró de reojo y el ceño se le frunció. Era una notificación urgente del departamento legal: un problema grave con una licitación internacional. Tenía que presentarse personalmente en la sede en menos de una hora.
—Mierda… —murmuró—. Tengo que ir. Es importante.
Helena se incorporó un poco, todavía envuelta en la sábana.
—Ve.
Él le tomó la cara entre las manos.
—Pero por favor… no te vayas. Quiero encontrarte aquí cuando regrese.
Ella asintió.
—Aquí estaré.
Benjamin se vistió con rapidez, le besó la frente y salió. En cuanto la puerta se cerró, Helena tomó su propio teléfono. Marcó el número de Allie.
—¿Qué quieres a estas horas? —contestó su amiga, entre risas de fondo.
—Necesito que me cubras con mi padre —dijo Helena sin rodeos—. Dile que me quedé a dormir en tu casa. Que estamos estudiando para el parcial de procesal.
Hubo un silencio. Luego la carcajada de Allie estalló al otro lado de la línea.
—Estás loca. Completamente loca. ¿Te quedaste con el tío otra vez?
—Allie…
—Está bien, está bien. Te cubro. Pero me debes todos los detalles. Y cuando esto explote —porque va a explotar— yo quiero asientos en primera fila.
Helena colgó. Dejó el teléfono a un lado y se quedó mirando el techo del apartamento que olía a Benjamin, a sexo y a té de manzanilla frío.
Por primera vez en días, no se sentía completamente sola. Y eso, de alguna forma extraña, la asustaba casi tanto como la reconfortaba.