Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.
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10
Paulo llevaba casi dos semanas sintiéndose extraño de una forma que no lograba identificar del todo, cansancio que no se le pasaba con dormir más, un mareo pequeño que lo agarraba de sorpresa a media mañana, y una sensibilidad repentina al olor del café que había tomado todos los días de su vida sin ningún problema y que de pronto le revolvía el estómago apenas Rosario preparaba la cafetera del taller. Lo atribuyó, al principio, al exceso de trabajo, la temporada estaba particularmente exigente, con dos colecciones superpuestas que Octavio insistía en sacar adelante al mismo tiempo, hasta que Rosario, con esa mirada precisa que parecía adivinar cosas antes de que nadie las dijera en voz alta, lo sentó un día en la sala de descanso y le preguntó, sin ningún rodeo, cuándo había sido su último celo.
Paulo hizo la cuenta mentalmente, y sintió que el color se le iba de la cara.
Fue al médico esa misma tarde, sin decirle nada a Henry todavía, con el corazón latiéndole tan fuerte durante toda la consulta que apenas escuchó la mitad de lo que la doctora le explicaba. Cuando finalmente confirmó lo que ya sospechaba, ocho semanas, un embarazo sano hasta donde podían verificar tan temprano, Paulo se quedó sentado en la sala de espera un buen rato después, con el papel de la confirmación doblado entre las manos, sin saber bien si la sensación que le llenaba el pecho era alegría pura o un miedo tan grande que necesitaba disfrazarse de otra cosa para no paralizarlo del todo.
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Se lo dijo a Henry esa noche, después de cenar, incapaz de aguantar la noticia ni un minuto más de lo estrictamente necesario. Lo hizo de la forma menos elaborada posible, sentándose frente a él en el sillón pequeño de la sala y simplemente extendiéndole el papel de la clínica sin ningún preámbulo.
Henry lo leyó dos veces, con las cejas fruncidas de concentración, antes de que el significado completo le cayera encima de golpe.
—¿Esto es—? ¿En serio?
—En serio.
Henry se quedó mirándolo, con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo que empezaba a parecerse, cada vez más, a la felicidad más pura que Paulo le había visto en la cara en mucho tiempo, hasta que finalmente saltó del sillón y lo levantó del suelo en un abrazo que le sacó el aire por completo.
—Vamos a tener un bebé. —Lo repitió varias veces, como si necesitara escucharse decirlo en voz alta para terminar de creérselo—. Paulo, vamos a tener un bebé.
—Vamos a tener un bebé —confirmó Paulo, riéndose contra su hombro, con esa mezcla de nervios y alegría todavía sin resolverse del todo en el pecho.
Se quedaron así un buen rato, abrazados en medio de la sala, hasta que Henry finalmente lo bajó al piso, sin soltarlo del todo, con las manos todavía apoyadas en su cintura.
—¿Estás asustado? —preguntó Henry, notando algo detrás de la sonrisa de Paulo que no terminaba de ser felicidad completa.
—Un poco. —Paulo se mordió el labio, buscando las palabras correctas—. No sé cómo se hace esto de ser padre, Henry.
Henry le tomó la cara entre las manos, con una ternura que Paulo conocía de memoria después de tantos años juntos.
—Nadie sabe cómo se hace, en realidad. Se aprende sobre la marcha. Y vas a ser un padre increíble, lo sé sin ninguna duda.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque ya cuidas a todo el mundo a tu alrededor sin que te lo pidan, incluso sin que tu mismo te des cuenta.—Le besó la frente, despacio—. Este bebé va a tener muchísima suerte.
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La parte económica les pesó más de lo que ninguno de los dos quería admitir en voz alta al principio. El departamento pequeño que compartían, perfecto para dos personas recién casadas sin demasiadas pretensiones, de pronto se sentía insuficiente frente a la idea de un tercer habitante que necesitaría su propio espacio, su propia habitación, todo un mundo de gastos que ninguno de los dos había terminado de calcular todavía.
—Vamos a necesitar mudarnos —dijo Henry una noche, con una libreta llena de números desparramada sobre la mesa de la cocina, calculando gastos con esa seriedad exagerada que Paulo recordaba de la época de la limonada premium—. Algo con al menos una habitación más. Y voy a necesitar terminar la universidad más rápido de lo planeado, para empezar a trabajar tiempo completo antes de que nazca.
—Podemos manejarlo entre los dos. Yo sigo trabajando también.
—Vas a necesitar tiempo libre cuando nazca, Paulo. No puedes seguir cargando rollos de tela de un lado a otro.
Paulo se quedó pensando en eso, con una punzada de la vieja ansiedad de siempre, la de sentirse una carga, la de no poder aportar lo suficiente amenazando con instalársele de nuevo en el pecho, hasta que Henry, como si le leyera el pensamiento, le tomó la mano por encima de la mesa.
—Esto no es lo mismo que antes, con mis papás. Somos nosotros dos, construyendo algo juntos, para nuestro propio hijo. No hay ninguna cuenta que llevar entre nosotros, ¿me entiendes?
Paulo asintió, aunque la vieja costumbre de calcular cuánto costaba él, cuánto necesitaba justificar su propio lugar, tardaría todavía un tiempo en apagarse del todo, incluso con Henry recordándoselo con esa paciencia constante que nunca parecía cansarse de ofrecer.
Terminaron encontrando un departamento un poco más grande, dos cuadras más cerca del taller, con una habitación extra que Paulo empezó a pintar de un amarillo suave apenas se mudaron, sin saber todavía si tendrían un niño o una niña, pero con ganas de que el cuarto se sintiera cálido desde el primer día.
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Karla recibió la noticia con un grito tan agudo que Paulo estuvo seguro de que los vecinos de la cuadra entera lo habían escuchado. Se presentó en el departamento nuevo al día siguiente con los brazos cargados de catálogos de ropa de bebé, decidida a empezar a comprar todo de inmediato a pesar de que apenas llevaban dos meses de embarazo y faltaba muchísimo para que cualquiera de esas prendas les sirviera de algo.
—Nada de esperar al último momento —declaró, extendiendo los catálogos sobre la mesa de la cocina—. Quiero que este bebé tenga todo listo con tiempo de sobra.
Edward, más discreto como siempre, se limitó a abrazar a Paulo con una fuerza inusual en él, sin decir demasiado, aunque el brillo en los ojos dejaba ver una emoción que las palabras no lograban del todo contener.
—Vas a ser un padre maravilloso —le dijo, bajito, solo para que Paulo lo escuchara—. Estoy seguro de eso.
En el taller, Octavio se enteró una semana después, cuando Paulo finalmente reunió el valor de contarle, temiendo alguna reacción negativa sobre cómo esto afectaría su trabajo. En cambio, Octavio se quitó los anteojos, los limpió con su pañuelo de siempre, y le sonrió con una calidez genuina que Paulo no esperaba del todo.
—Vamos a ajustar tus horarios cuando haga falta, no te preocupes por eso ahora. —Le dio una palmada en el hombro—. Y cuando ese bebé nazca, más le vale que me lo traigas a conocer al taller. Ya me estoy imaginando un pequeño asistente junior corriendo por los pasillos en unos años.
Paulo se rió, sintiendo que el peso de las últimas semanas se le aligeraba un poco con cada persona que recibía la noticia con esa mezcla de alegría genuina y apoyo incondicional, entendiendo, quizás por primera vez de forma completa, que este bebé no llegaba a un mundo pequeño y precario, sino a una red entera de gente dispuesta a quererlo antes incluso de conocerlo.