Zoe y Antoni nacieron con cucharas de plata en la boca. Rodeados de opulencia y acostumbrados a la adulación, ambos han forjado una coraza de orgullo y narcisismo que los hace inmunes a la empatía. Sus mundos son un escenario de apariencias, donde cada sonrisa es calculada y cada palabra un arma.
Él, Antoni, un tiburón de los negocios, acostumbra a tener todo lo que desea, y el control es su droga más preciada. Su arrogancia es su bandera, y su éxito, su mayor orgullo. Ella, Zoe, una belleza fría y distante, se deleita en la manipulación y la competencia. Su ego es un monstruo que necesita ser alimentado constantemente con admiración y poder.
Sus caminos se cruzan en una fiesta exclusiva, donde la atracción inicial se mezcla con el desafío. Comienza entonces un juego de ajedrez mental y emocional, donde el objetivo no es ganar un amor, sino conquistar un ego.
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toque
El portazo que dio Antoni al bajar me retumbó en los oídos, levantando una pequeña nube de polvo rojo fuera de la camioneta. Se puso el casco blanco de seguridad con un movimiento fluido y firme, dirigiéndose de inmediato hacia el grupo de ingenieros y topógrafos que ya lo esperaban al borde del terreno, actuando como si yo no acabara de reclamarle.
Me acomodé el casco, abroché la correa bajo mi mentón y bajé de la camioneta. El sol de la mañana ya caía a plomo sobre el terreno, y el viento proveniente del acantilado traía consigo el estruendo sofocante de las olas rompiendo metros más abajo.
Caminé a paso firme hacia la zona de delimitación. Antoni ya estaba inclinado sobre una mesa de madera provisional donde reposaban los planos del terreno. Tenía los antebrazos apoyados sobre la superficie, escuchando al encargado de la maquinaria mientras la brisa le pegaba la camisa al cuerpo.
—Arquitecta, qué bueno que llega —dijo Don Carlos, el maestro de obra, al verme aproximar—. Estábamos discutiendo la profundidad de los pilotes en la cara norte. El suelo se siente más inestable de lo que marcaba el estudio previo.
—La profundidad estándar se mantiene, Carlos —interrumpió Antoni sin alzar la mirada del plano, trazando una línea con el bolígrafo—. No vamos a retrasar el cronograma por una falsa alarma.
—No es ninguna falsa alarma —intervine de inmediato, dando un paso al frente para quedar justo al otro lado de la mesa, frente a él—. Si el terreno presenta mayor erosión o fractura por la humedad marina, los pilotes deben profundizarse al menos dos metros más. Es una cuestión elemental de seguridad estructural, Antoni.
— significa más dinero y más tiempo en este lugar algo que ya no quiero seder, me urge que esto termine pronto para poder irme.— dijo Antoni y yo pude sentir que lo que no quería era es estar más tiempo conmigo.
—Pues qué lástima, Antoni—. Porque por más prisa que tengas de librarte de este lugar... la firma de arquitectura que respalda esta obra lleva el nombre de mi familia. Y no voy a arriesgar la seguridad de un edificio entero solo para complacer tu prisa por irte y si no puedes hacer un buen trabajo solo vete, por qué de una vez te dijo si está obra no se hace con seguridad la que se irá soy yo, por qué en mi conciencia no va estar la muerte de muchas personas.
—¿La muerte de personas, Zoe?, Mídete con lo que dices. Jamás pondría en riesgo la estructura de un proyecto ni la vida de nadie por un presupuesto. No me trates como si fuera un irresponsable.— dijo molesto.
—¡Entonces actúa como el profesional que dices ser y escucha al maestro de obra! . El suelo de la cara norte cede. Si no reforzamos ahora, cuando la marea suba en invierno va a fracturar la base. Si te urge irte, Antoni, vete ya a resolver tus asuntos personales, pero no arruines una buena obra.— contesté aún más molesta.
—No me voy a ir a ningún lado, arquitecta . Y menos dejándote a ti tomando decisiones viscerales solo porque estás furiosa conmigo. ¿Quieres probar el suelo? Perfecto. Vamos abajo. Tú y yo. Ahora mismo.— me dijo y me tomo del brazo y comenzó a guiarme hacia la peligrosa bajada de terracería que conducía directamente al borde del acantilado.
—¡Suéltame, Antoni! —exigí entre dientes, intentando zafarme de su agarre sin armar un espectáculo mayor frente a Don Carlos y Nathalia.
Cuando llegamos a una repisa de roca firme, justo en la base donde se proyectaba la cara norte del edificio, Antoni finalmente me liberó. El tirón seco hizo que diera un paso en falso sobre la grava suelta; instintivamente extendí los brazos para equilibrarme, pero la mano de Antoni se disparó hacia mi cintura, sujetándome con una rapidez impecable y pegándome a su pecho para evitar que resbalara.
—Te dije que tuvieras cuidado dónde pisas —murmuró con la voz rasposa, la mandíbula apretada y la mano aún afianzada en mi cintura, negándose a soltarme aunque ya estaba a salvo su mano fuerte y grande casi rozaba mis nalgas.
—Sé perfectamente dónde piso cuando no me llevas a tirones —dije, apoyando las manos contra sus hombros para empujarlo. Pero Antoni no se movió un solo milímetro—. Suéltame. Ya estamos aquí. Demuéstrame que la cara norte no necesita esos dos metros extra si tan seguro estás.
—Mira hacia abajo, Zoe —ordenó en un suspiro cerca de mi oreja, sin liberar su agarre—. Mira la grieta a medio metro de tus botas y dime si de verdad crees que te traiga aquí para llevarte la contraria o si solo quería que lo vieras por ti misma antes de autorizar el presupuesto.
Me quedé helada. Bajé la mirada despacio y el aire se me atoró en los pulmones: a solo unos centímetros de la punta de mis botas, una falla en la roca, oculta por la vegetación baja y la grava, se abría en una hendidura profunda que se tragaba el agua del mar con un eco cavernoso. No era solo erosión superficial; era un fallo tectónico menor que no aparecía en el estudio topográfico original.
Los dos metros extra de profundidad que yo exigía ni siquiera habrían tocado estrato firme. Se habrían hundido en el vacío.
—La cara norte no necesita dos metros más —continuó Antoni en un murmurlo rasposo, manteniendo su brazo como un cerrojo helado y firme alrededor de mi cintura—.
Necesita una redistribución completa de los ejes y un pilotaje inclinado en abanico. Si hubiéramos perforado como tú querías por pura terquedad, habríamos colapsado el borde del acantilado en la primera detonación.
Sentí el rostro arder de pura vergüenza e impotencia. La rabia que me había impulsado durante toda la mañana se desintegró de golpe, dejándome expuesta frente al hombre que más detestaba
—Tú... tú ya sabías esto —articulé con la voz temblorosa, obligándome a alzar la mirada para enfrentarlo—. Ya habías bajado a revisar el terreno antes que todos.
— así es mientras tú jugabas con luciérnagas yo vine a ver algunas cosas que me dejaron intranquilo.— me dijo soltandome — No todos podemos venir a este lugar a jugar.
— Ahora por favor sube que tenemos mucho trabajo que hacer para corregir este error.— dijo y comencé a subir y detrás de mi el.
Al llegar de nuevo a la mesa de trabajo, Don Carlos y Nat nos miraron en tensión. Me limpié el polvo de los jeans con un gesto rápido, esforzándome por mantener la compostura y la barbilla en alto.
—Tenías razón sobre la falla
tectónica —admití frente a todos, tragándome el orgullo con una voz firme y carente de emoción—. La perforación vertical es inviable. Necesitamos replantear los ejes con un pilotaje inclinado en abanico inmediatamente.
Don Carlos asintió con alivio, desplegando una hoja en blanco sobre los planos antiguos para comenzar a trazar las modificaciones.
por UE la tal amiguita esa ni me fio