Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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## Capítulo IV
### Lucía Pereyra
Diez años más tarde
El edificio frente a mí se alza imponente, masivo, devorando el horizonte. Tantos años exiliada fuera del país me hacen abrir los ojos ante una realidad implacable: el mundo cambia, los años pesan, y las ruinas que dejamos atrás no se quedan esperando.
—El jefe la espera, señorita —me informa con pulcritud una mujer desde la recepción, sacándome de mi abismo mental.
Asentí en silencio, tragando saliva para aplacar el temblor en mi garganta.
Estoy aquí por una sola razón: trabajo, pura supervivencia corporativa. Mi padre jamás debe enterarse de que volví a pisar este suelo maldito; si se entera, el frágil equilibrio que sostenemos se vendrá abajo.
Solté el aire retenido en mis pulmones de golpe, intentando forzar una serenidad que no poseo. Necesito estar fría, inquebrantable. Este es mi último cartucho, mi última oportunidad. Si consigo cerrar esta inversión, juro que me apartaré para siempre de este mundo despiadado de las finanzas.
Hace seis años que tuvimos que huir de este país con las manos atadas. La empresa de papá se desplomó entre deudas y problemas económicos insostenibles, y desde entonces he cargado con todo el peso de su legado sobre mis hombros. No ha sido fácil para una mujer abrirse paso en esta jungla, pero he hecho lo humanamente posible para mantenernos a flote.
A cada paso que doy por el pasillo alfombrado hacia la oficina del inversionista, mi corazón golpea contra mis costillas con una violencia desbocada. Tantos años sin verlo, tantos años consumida por el eco de su ausencia, de su odio ciego.
Me detuve frente a su puerta, cerrando los ojos con fuerza para suplicar un segundo de tregua interior.
—La señorita Pereyra está aquí —escuché anunciar a la secretaria al girar el pomo y abrir la puerta.
Del otro lado reinó un silencio sepulcral, espeso, cortante. Me quedé estática en el umbral, con los músculos entumecidos.
—Haz que pase —respondió una voz grave, ronca, alterada por el tiempo pero inconfundiblemente suya.
La secretaria me regaló una sonrisa amable y se hizo a un lado para dejarme el paso libre. Conté hasta tres mentalmente, clavando las uñas en las palmas de mis manos para anclarme a la realidad, antes de cruzar la línea.
Un escalofrío brutal me recorrió la espina dorsal en el preciso instante en que puse un pie dentro de la oficina.
Me detuve a mitad de la estancia, con los ojos anegados de una urgencia desesperada, buscándolo por todas partes. Él estaba allí, sentado tras un escritorio de caoba oscura, con un cigarrillo humeante entre los labios, observándome con una fijeza que quemaba.
Su mirada era un páramo helado, completamente despojada de cualquier vestigio de humanidad o emoción.
El silencio en la habitación se tornó tenebroso, asfixiante. Podía sentirlo con cada poro de mi piel: en lugar de la más mínima pizca de alegría por este reencarnación, lo único que habitaba en su pecho era un rencor visceral, puro odio dirigido hacia mí.
—Señorita Pereyra, siga y tome asiento —ordenó con una sequedad glacial, exhalando una voluta de humo denso por los labios.
Hice exactamente lo que exigió, obediente como un autómata. Este hombre sentado frente a mí no era mi compañero de pupitre, no era mi mejor amigo; este absoluto desconocido no guardaba nada de aquel chico cuyos ojos solían iluminarse con solo cruzar una mirada conmigo.
Un dolor agudo, punzante, se clavó de golpe en la boca de mi estómago, desatando una marea de nerviosismo que amenazaba con quebrarme la voz.
—Señor... —intenté articular, pero las palabras se me atragantaron en la garganta reseca. El miedo, un pánico primitivo que creía enterrado, me paralizaba por completo.
—¿A qué ha venido? —preguntó tajante, sin apartar de mí esos ojos oscuros ni un solo segundo.
—Trabajo —dije con un hilillo de voz, traicionando mi propia fachada de seguridad.
—¿De qué se trata? —insistió, con una agresividad contenida que me hacía sentir desprotegida.
—He venido a... —su escrutinio me quema la piel, me incomoda hasta el punto de asfixiarme—... Necesito una inversión para un proyecto crítico, y quería saber si a usted le interesa evaluarlo —logré decir con un atisbo de falsa calma, avanzando unos pasos para depositar los documentos formales sobre su escritorio.
Él ni siquiera se inmutó. No se movió ni un centímetro; se quedó analizando mi rostro con una intensidad infinitamente mayor que antes, como si intentara descifrar cuántas capas de miseria humana cargaba encima.
—No me interesa —sentenció después de un silencio mordaz, lapidario.
Lo miré completamente descolocada, con los ojos abiertos de par en par.
—¡Pero si ni siquiera ha abierto los carpetas, no lo ha visto! —le repliqué, sintiendo cómo el orgullo herido desafiaba por un segundo al miedo.
—He dicho que no me interesa. Lo que sea que usted maneje no tiene la menor relación con lo mío. Ha venido a perder el tiempo, señorita Pereyra.
Una profunda oleada de decepción me golpeó el pecho. Asentí despacio, tragándome las lágrimas y la humillación, y me puse de pie con rigidez.
—Le dejaré el contrato y las proyecciones financieras sobre la mesa; si en algún momento cambia de opinión, puede contactar a mi secretaria. Gracias por su tiempo —dije, forzando una amabilidad forzada, mucho más educada de lo que mi alma destrozada merecía.
Él me dedicó una última mirada cargada de una repulsión fría y tosca.
Me di la media vuelta para huir de allí de una vez por todas, pero en ese preciso instante la puerta se abrió de golpe y un hombre irrumpió en la oficina con pasos apresurados y urgentes.
—Carlos, necesito que firmes este documento de aprobación ahora mismo o se nos cae el acuerdo... —exclamó el recién llegado, pasando prácticamente rozándome el hombro.
El hombre se detuvo un segundo, mirándome de reojo, pero al notar mis facciones se quedó completamente petrificado a mi lado, analizándome con incredulidad.
—¿Lucía? —preguntó con los ojos abiertos de par en par, y yo me giré para enfocarlo mejor.
Mis propias pupilas se dilataron por la sorpresa, reconociendo al fin los rasgos tras una década de ausencia. ¿Cómo diablos no lo reconocí antes?
—¿Samuel? —dije esbozando una sonrisa sincera, la primera genuina en mucho tiempo.
Era un viejo compañero de la universidad, un chico con el que compartía clases y largas jornadas de estudio en aquellos años de ilusión antes del colapso.
—¡Vaya, en serio eres tú! ¡Qué sorpresa tan demencial, dios mío! ¿Qué haces exactamente por aquí? —exclamó con entusiasmo, abriendo los brazos para envolverme en un abrazo efusivo.
Aunque en el fondo mi naturaleza esquiva se encogió un poco ante el contacto físico tan repentino, supongo que podía dejarlo pasar por esta vez; al fin y al cabo, encontrar un rostro familiar en medio de este infierno era un alivio.
—Vine por cuestiones de trabajo, pero ya me marchaba. Fue un verdadero placer cruzarme contigo, Samuel —le dije con suavidad, intentando zafarme con elegancia, pero él me detuvo sujetándome del antebrazo.
—Espera, no te vayas así como así. Dame tu número personal, por favor; tenemos que quedar para vernos más tarde y ponernos al día. ¡Son muchísimos años sin saber nada de la maldita 'cerebro de la clase'! —bromeó con cariño, estirando la mano para darme un leve y nostálgico toque en la cabeza.
Sentí una repulsión instintiva y la urgencia seca de apartar su mano de un golpe, pero un carraspeo seco, profundo y gutural desde el escritorio nos interrumpió de tajo.
—¿Me vas a entregar de una vez ese maldito documento que tengo que firmar, Samuel, o piensas quedarte ahí haciendo vida social? —la voz de Carlos tronó en la estancia, cargada de un veneno helado.
Samuel se apartó de mí de inmediato, un tanto azorado, y corrió hacia el escritorio de Carlos.
Yo, aprovechando el caos y sintiendo que el aire me faltaba, me deslicé hacia la salida y salí de la oficina a paso apresurado. Me quedé un instante inmóvil en el pasillo, mirando fijamente el suelo de baldosas, con la cabeza hecha un lío.
Qué extraño, qué doloroso y absurdo había sido volver a ver a Carlos. Jamás creí, en mi absoluta ingenuidad, que nuestra amistad de infancia pudiera destruirse de la noche a la mañana hasta convertirse en este monstruo de miradas vacías.
Me acerqué a la recepcionista con pulso tembloroso, anoté mi número personal en un papelito y se lo dejé para que se lo entregara a Samuel, antes de marcharme definitivamente de aquel edificio.
Años enteros engañándome a mí misma, pensando tontamente que con solo mirarnos una sola vez a los ojos podríamos purgar y olvidar lo que sea que destruyó nuestro pasado. Fui una maldita ingenua al creer semejante fantasía.
—¿Y bien? ¿Cómo te fue? ¿Qué pasó con el inversionista? —preguntó Natalia, mi prima, asomándose impaciente desde el asiento del copiloto en cuanto subí al vehículo.
—Pues... no está interesado en absoluto —respondí con una fría indiferencia fingida, aunque muy en el fondo mi orgullo sangraba, profundamente decepcionada por su tajante y despectiva manera de rechazarme. Me desplomé en el asiento y cerré la puerta con pesadez.
—Ay, por dios... Y estoy más que segura de que ni siquiera te dignaste a explicarle los puntos clave del contrato, ¿verdad? —me recriminó ella con frustración tras observarme el rostro pálido.
—Apenas pronuncié dos palabras y me cortó diciendo que no. Ya sabes perfectamente cómo opero bajo presión.
—Sí, lo sé mejor que nadie, Lucía. Pero date cuenta de que esto es de vida o muerte para nosotros; a veces hay que tragar bilis y humillarse un poco, ¿sabes? Así jamás conseguiremos un maldito inversionista. ¡Ya son tres ofertas que perdemos en este mes por tu forma tan fría y distante de negociar!
Si tan solo supiera que esta vez no fue soberbia, sino que fui yo la aterrorizada, la intimidada hasta los huesos... Si supiera que ni siquiera me atreví a respirar frente a él.
—Sabes perfectamente que la palabra 'humillarse' no existe en mi diccionario familiar —repliqué cerrando los ojos con cansancio, buscando bloquear sus reproches.
—Lo sé de sobra, lo sé mejor que nadie. Entonces dime: ¿qué rayos haremos ahora?
—Regresar al hotel y empacar. No hay absolutamente nada en este país que nos obligue a continuar aquí —dije con una severidad que no admitía réplica.
Natalia guardó silencio un momento, estudiándome con curiosidad traviesa.
—A ver... dime la verdad: ¿está guapo o sigue teniendo la misma cara de crío de antes? —preguntó con una sonrisa burlona intentando aligerar el ambiente.
—No lo sé... cambió demasiado. Ya no es el mismo —respondí con absoluta sequedad, apartando la vista hacia la ventana.
—Pues claro que cambió, idiota; ya no es un niño flacucho de dieciséis años, ahora es un hombre hecho y derecho, un maldito CEO —siguió insistiendo con el tema, picándome la curiosidad, hasta que finalmente el coche se detuvo frente al hotel donde nos hospedábamos.
—Es mucho más alto, tiene una barba descuidada que le marca la mandíbula... y sus ojos... —me detuve de golpe, tragando saliva al recordar la negrura de su mirada sobre mí—... son oscuros, profundamente fríos, vacíos de cualquier pizca de humildad o piedad —le solté a Natalia antes de abrir la portezuela y bajar del coche.
—Vaya... o sea que está guapísimo de muerte. Cuando te pones a detallar a un hombre con ese nivel de obsesión, es porque algo muy profundo se removió ahí adentro —murmuró ella con una sonrisa pícara mientras me seguía.
Negué enérgicamente con la cabeza, obligándome a ignorar que, en el fondo, tenía una maldita razón.
Nos quedamos un instante de pie en la entrada del hotel, sintiendo el peso del asfalto caliente y el bullicio de una ciudad que ya no me pertenecía.
—Tu papá se va a poner furioso cuando se entere de que vinimos a arriesgarnos en vano —dijo Natalia de repente, mirándome con una tristeza contenida en los ojos—. Pero... tiene razón en algo: acá ya no queda un solo rincón para los Pereyra. Este mundo nos expulsó —concluyó con amargura, dándose la vuelta para dejarme sola con mis fantasmas.
Me quedé inmóvil, alzando la vista para contemplar los rascacielos de la metrópoli que un día, en otra vida, me llenaba de una felicidad absoluta e ingenua.
Los años de exilio viviendo en este refugio extranjero solo me habían servido para acumular una nostalgia insoportable, rememorando cómo mi vida entera se fue desmoronando ladrillo a ladrillo, capítulo a capítulo.
—Ya no hay un lugar en este mundo para mí... —susurré con la voz rota, levantando la vista hacia el cielo plomizo de la tarde—. No hay un solo rincón seguro para la hija maldita de un asesino... —murmuré, dejando escapar por fin las lágrimas silenciosas que llevaba quemándome el alma desde que lo vi a los ojos.