Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La flor en la oscuridad
El viaje no tuvo movimiento, ni luz, ni sonido. Solo la sensación de caer suavemente hacia algo profundo y silencioso, envuelta en un calor extraño que no provenía del sol, sino de la persona que la sostenía entre sus brazos.
Cuando Perséfone abrió los ojos, el jardín del Olimpo, el sol dorado y las mentiras de su hermana habían desaparecido por completo.
Estaba en una habitación inmensa, tallada en obsidiana negra, con columnas que se perdían en la penumbra. No había luz, pero todo se veía con claridad: un brillo tenue y plateado emanaba de las paredes, de las fuentes de agua negra, del aire mismo. Y en el centro de aquella oscuridad, el aire olía a tierra húmeda, a lluvia, a raíces profundas… y a flores.
—Estás en el palacio del Inframundo —dijo una voz profunda a su lado—. Nadie entra aquí sin permiso. Y nadie se va sin mi consentimiento. ¿Sigues segura de tu elección?
Perséfone giró la cabeza. Hades estaba de pie junto al lecho donde la había depositado, con los brazos cruzados, observándola como si esperara que empezara a llorar o a suplicar por volver al sol.
Ella intentó incorporarse, pero un dolor agudo le recorrió el cuerpo y soltó un gemido ahogado. Tenía la piel llena de moretones, el labio roto, las costillas doloridas. Apolo la había golpeado con la fuerza de un dios, y ella, una diosa de la primavera, no tenía la fuerza para resistirlo.
—No te muevas —ordenó él, acercándose de un paso—. Tus heridas son graves. Si te esfuerzas, empeorarán.
—No… no quiero volver —susurró ella, con la voz rasposa—. No importa cuánto duela. No quiero volver con ellos.
Hades se detuvo a su lado. Sus manos, grandes y pálidas, se detuvieron a centímetros de ella, como si temiera tocarla.
—¿Prefieres la muerte antes que el Olimpo? —preguntó con una nota de incredulidad—. Eres la primera diosa que elige mi reino por voluntad propia. Todos temen la oscuridad.
—La oscuridad no lastima —respondió ella, mirándolo a los ojos—. La luz sí.
Él no respondió de inmediato. Se agachó y, con un gesto casi suave, le pasó una mano por encima de las heridas. Una luz tenue, gris y fría, brotó de sus dedos y el dolor disminuyó, aunque no desapareció por completo.
—Mis fuerzas sanan, pero no son como las de tu sol —murmuró—. Tardarás en recuperarte. Descansa. Nadie te molestará aquí. Nadie te mentirá. Nadie te golpeará. Al menos… no mientras yo lo evite.
Se levantó para irse, pero ella lo detuvo con una pregunta que salió antes de que pudiera pensarla:
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me salvaste?
Hades se detuvo en la puerta, su silueta recortada contra la penumbra.
—Porque la injusticia es veneno hasta para los muertos —dijo sin mirarla—. Y porque ver a alguien elegir la oscuridad antes que la falsedad… merecía ser visto.
Salió y la puerta se cerró tras él, dejándola sola. Pero no era la soledad fría que había sentido en el Olimpo. Aquí, en la oscuridad, no había expectativas, ni envidias, ni puñales por la espalda. Aquí, por primera vez en mucho tiempo, podía respirar.
Pasaron los días —o lo que ella supuso que eran días, pues en el Inframundo no salía el sol, pero el tiempo fluía de otra manera—. Hades venía cada tarde, silencioso, dejaba comida, hierbas curativas y se marchaba sin decir mucho. Pero siempre se quedaba un momento, observándola, como si no terminara de creer que ella estuviera allí.
Una noche, la fiebre la mantuvo despierta. El dolor en el pecho era insoportable. Se levantó con dificultad y salió de la habitación, buscando algo que aliviara el ardor de las heridas. Recorrió los pasillos oscuros hasta llegar a una sala donde el aire pesaba más que en ningún otro lugar.
Allí, sentado en un trono de obsidiana, estaba Hades. Y no estaba solo. Su cuerpo temblaba, su piel estaba pálida como la cera, y sudaba frío. Una tos profunda y dolorosa lo sacudía, y cuando levantó la cabeza, Perséfone vio algo que la heló: sus ojos, antes oscuros y profundos, ahora estaban nublados, vidriosos, como si la oscuridad misma lo estuviera devorando por dentro.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz ronca, débil, muy lejos de la autoridad de antes.
Perséfone dio un paso adelante, olvidando su propio dolor.
—Señor Hades… ¿está enfermo?
Él se irguió de golpe, intentando recuperar su compostura, pero la tos lo venció de nuevo.
—Vuelve a tu habitación —ordenó con dificultad—. No deberías verme así. Soy el dios de la muerte. No debería enfermarme. No debería… doler.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella acercándose sin miedo—. Llevo días viendo que te debilitas cada vez más.
—Es una maldición —murmuró él, bajando la mirada, vencido—. Llevo siglos cargándola. Nadie puede curarla. Ni siquiera yo. Pronto… pronto ni siquiera podré ver. Seré el dios ciego de las sombras, gobernando lo que no puedo mirar.
Perséfone se acercó más, hasta estar junto a su trono. Y entonces, hizo algo que nadie se atrevió a hacer: le tomó la mano.
—Yo puedo ayudarte —dijo con firmeza—. Sé de hierbas. Sé de curaciones. Cosas que Afrodita nunca aprendió, porque siempre creyó que la belleza lo era todo. Yo aprendí a sanar mientras ella aprendía a mentir.
Hades levantó la vista, sorprendido por el contacto, por la calidez de su mano contra la suya, fría como el hielo.
—¿Por qué lo harías? —susurró—. ¿Por qué curarías al dios de la muerte?
—Porque tú me salvaste a mí —respondió ella, mirándolo a los ojos—. Y no dejo de pagar mis deudas. Ni de cuidar a quien me cuida.
En ese instante, algo brotó del suelo, justo a los pies del trono. Una pequeña flor blanca, de pétalos delicados, que creció en segundos bajo la luz tenue de la sala. La primera flor que floreció en el corazón del Inframundo.
Hades la miró, luego la miró a ella, y por primera vez, su expresión se suavizó, dejando caer la máscara de dios implacable.
—Una flor en la oscuridad —murmuró—. Increíble.
—No soy solo una flor —dijo Perséfone con una media sonrisa—. Soy la primavera. Y donde yo voy, la vida vuelve.