Denmet es una joven soñadora que estudia gastronomía y lucha por construir un futuro lejos de las dificultades de su pasado. Cuando una oportunidad laboral la lleva a trabajar a la imponente mansión Kivilcim, jamás imagina que aquel empleo cambiará su vida para siempre.
En aquella casa vive Güner Kivilcim, un hombre atractivo, poderoso y profundamente solitario. Desde la muerte de su esposa, Fraize, Güner se ha convertido en un hombre frío y distante. Convencido de que fue traicionado por la mujer que amaba, decidió cerrar su corazón y dedicar toda su existencia al imperio empresarial de su familia.
Pero detrás de la aparente muerte accidental de Fraize se esconde una historia mucho más oscura.
Cuando Denmet llega a la mansión para trabajar en la cocina, su dulzura, sinceridad y carácter comienzan lentamente a derribar las murallas que Güner ha construido alrededor de su corazón.
Lo que ninguno de los dos imagina es que enamorarse será apenas el comienzo...
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capitulo 6
Denmet casi no pudo dormir aquella noche.
Las palabras de Selin regresaban constantemente a su mente.
Porque Fraize murió allí.
Pero aquello no tenía sentido.
Todos habían dicho que Fraize había muerto en un accidente.
Entonces, ¿por qué Selin aseguraba lo contrario?
Denmet se sentó sobre la cama y observó la oscuridad de su pequeña habitación dentro de la zona destinada al personal. Apenas llevaba un día en la mansión Kivilcim, y ya había descubierto que en aquella casa las verdades parecían cambiar según la persona que las contara.
Miró el reloj.
Cinco y media de la mañana.
Suspiró.
—Definitivamente necesito trabajar menos y dormir más.
Pero sabía que no volvería a conciliar el sueño.
Se levantó y se vistió.
Necesitaba hacer algo.
Y cocinar siempre conseguía tranquilizarla.
La cocina estaba completamente vacía.
A aquella hora, incluso la mansión parecía dormir.
Denmet encendió algunas luces y comenzó a preparar café.
Mientras esperaba que el agua calentara, abrió uno de los cajones buscando harina.
Entonces recordó la expresión de Güner.
La manera en que había sostenido aquella fotografía.
Su voz cuando dijo que Fraize lo había traicionado.
Denmet cerró los ojos.
No quería pensar en él.
Pero resultaba imposible.
—Ni siquiera lo conoces —se dijo.
Y era verdad.
Apenas habían hablado unas cuantas veces.
Sin embargo, cada encuentro con Güner parecía dejarle más preguntas.
¿Por qué Fraize lo había traicionado?
¿Qué había ocurrido realmente la noche de su muerte?
¿Y por qué él guardaba aquella carta sin leer?
Denmet abrió los ojos.
Se quedó inmóvil.
—Espera...
¿Cómo sabía que había una carta?
No.
Ella no había visto ninguna carta.
Güner había abierto el cajón después de que ella saliera de la habitación.
Denmet negó con la cabeza.
Estaba imaginando cosas.
Comenzó a trabajar.
Preparó masa para unos pequeños bollos de canela. El aroma comenzó lentamente a llenar la cocina.
—Eso huele increíble.
Denmet se giró.
Güner estaba de pie junto a la puerta.
Ella parpadeó varias veces.
—¿Qué hace despierto?
Güner levantó una ceja.
—Esta es mi casa.
Denmet sonrió.
—Tiene razón. Esa fue una pregunta bastante absurda.
Güner entró.
No llevaba su habitual traje.
Vestía ropa sencilla.
Una camisa oscura y pantalones cómodos.
Por primera vez, Denmet pudo verlo sin aquella imagen distante de poderoso empresario.
Parecía simplemente un hombre.
Un hombre cansado.
—¿Y tú? —preguntó él.
—No podía dormir.
—¿Por qué?
Denmet dudó.
—No lo sé.
Güner la observó.
Ella decidió no mencionar la habitación de Fraize.
—¿Café?
—Sí.
Denmet tomó una taza.
—¿Azúcar?
—No.
—¿Leche?
—No.
—Eso explica muchas cosas.
Güner la miró.
—¿Qué cosas?
—Nada.
Él se acercó a la mesa.
—Siempre dices "nada" cuando claramente quieres decir algo.
Denmet sonrió.
—Parece que nos estamos conociendo.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Güner dejó de sonreír.
Denmet también.
Durante unos segundos, solo se escuchó el sonido de la cafetera.
—Lo siento —dijo ella finalmente.
—¿Por qué?
—Por ayer.
Güner guardó silencio.
—Entré en una habitación que no debía.
—Sí.
—Y hablé de cosas que no me corresponden.
—También.
Denmet asintió.
—Entonces tenía razón al estar enojado.
Güner la miró.
—No dije eso.
Ella levantó la vista.
—¿No?
—Dije que no deberías entrar allí.
—Pero me encontró allí.
—No importa.
Denmet dejó la taza frente a él.
—¿Por qué?
Güner tomó el café.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué importa tanto esa habitación?
El rostro de Güner se endureció.
Denmet suspiró.
—Lo siento. Otra vez estoy haciendo preguntas.
—Sí.
—Es un defecto mío.
—Lo he notado.
Denmet cruzó los brazos.
—¿Y cuáles son los suyos?
Güner la miró.
—¿Mis defectos?
—Sí.
—No tengo.
Denmet comenzó a reír.
—Ahora sé que está mintiendo.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Güner.
Pero esta vez no desapareció inmediatamente.
Denmet lo observó.
Había algo completamente diferente en aquel hombre cuando sonreía.
Su rostro parecía cambiar.
Como si durante unos segundos olvidara quién se había obligado a convertirse.
—¿Qué? —preguntó Güner.
Denmet apartó la mirada.
—Nada.
—Denmet.
Ella volvió a mirarlo.
—¿Sí?
—¿Por qué me estabas mirando?
La joven sintió que sus mejillas se calentaban.
—No lo estaba mirando.
—Claro.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
Denmet sonrió.
—Eso no le importa.
Por primera vez, Güner soltó una leve carcajada.
Denmet abrió los ojos.
—¿Acaba de reírse?
Él volvió inmediatamente a ponerse serio.
—No.
—Sí lo hizo.
—No.
—Voy a recordar este momento para siempre.
—Te prohíbo hacerlo.
—Demasiado tarde.
La conversación fue interrumpida cuando una voz se escuchó desde la entrada.
—Qué escena tan encantadora.
Güner y Denmet se giraron.
Selin estaba de pie en la puerta.
Denmet comprendió inmediatamente que aquello no era bueno.
La mujer observó las dos tazas sobre la mesa.
—Veo que he llegado en mal momento.
Güner frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—Buenos días para ti también.
—Selin.
—Vine a hablar contigo.
Güner tomó su café.
—Entonces habla.
Selin miró a Denmet.
—En privado.
El silencio regresó.
Denmet comprendió la indirecta.
—Yo debería continuar trabajando.
—No tienes que irte —dijo Güner.
Las palabras sorprendieron a ambas mujeres.
Selin lo miró.
—Güner.
—Lo que tengas que decirme puedes decirlo delante de ella.
Denmet también lo observó sorprendida.
Selin disimuló su enojo.
—No es necesario.
—Entonces vuelve más tarde.
Selin apretó los labios.
—De acuerdo.
Se dirigió hacia la salida.
Pero antes de marcharse, lanzó una última mirada a Denmet.
No necesitó decir nada.
Denmet comprendió perfectamente el mensaje.
Esto no había terminado.
Horas después, la mansión comenzaba a recuperar su actividad habitual.
Denmet estaba ayudando a Aysun cuando Nermin se acercó.
—Señorita Denmet.
—¿Sí?
—Su madre está al teléfono.
Denmet sonrió.
—¿Mi madre?
—Está en la sala pequeña.
Denmet se dirigió inmediatamente hacia allí.
Tomó el teléfono.
—¿Mamá?
—¿Denmet? ¿Estás bien?
La joven sonrió.
—Sí. ¿Por qué no estaría bien?
Leyla guardó silencio durante unos segundos.
—Porque ayer llegaste muy tarde y apenas hablamos.
—Lo siento.
—¿Cómo es la mansión?
Denmet miró alrededor.
—Enorme.
—Eso no responde mucho.
—Es bonita.
—¿Y las personas?
Denmet pensó en Emre.
Después en Aysun.
Nermin.
Selin.
Y finalmente en Güner.
—Complicadas.
Leyla soltó una pequeña risa.
—Entonces ten cuidado.
—Siempre.
—Denmet.
La joven reconoció inmediatamente el tono de su madre.
—¿Qué ocurre?
—No hagas preguntas sobre la familia Kivilcim.
Denmet dejó de sonreír.
—¿Por qué dices eso?
—Solo hazme caso.
—Mamá, ¿qué sabes sobre ellos?
—Nada.
La respuesta fue demasiado rápida.
Denmet frunció el ceño.
—Estás mintiendo.
—Tengo que irme.
—Mamá.
—Cuídate.
—Espera.
Pero Leyla había colgado.
Denmet permaneció inmóvil.
Ahora las dudas eran aún mayores.
Primero Aysun.
Después Selin.
Ahora su propia madre.
¿Qué estaba ocurriendo?
¿Por qué todos parecían ocultarle algo?
Al otro lado de la mansión, Güner se encontraba en su despacho.
Tenía varios documentos sobre la mesa.
Pero no conseguía concentrarse.
Por alguna razón, seguía pensando en aquella mañana.
En la cocina.
En la manera en que Denmet había reído.
Se puso de pie.
Aquello tenía que terminar.
Era absurdo.
Ella era una empleada.
Una joven que apenas conocía.
Pero mientras intentaba convencerse, llamaron a la puerta.
—Adelante.
Selin entró.
—¿Ahora sí podemos hablar?
—Si es necesario.
Selin cerró la puerta.
—¿Qué ocurre entre tú y la muchacha?
Güner levantó lentamente la mirada.
—¿Qué?
—Denmet.
—No ocurre nada.
—Entonces, ¿por qué te importa tanto?
Güner se puso de pie.
—No me importa.
Selin se acercó.
—Te conozco.
—No.
Su voz fue fría.
—No me conoces.
Selin se detuvo.
Aquellas palabras la lastimaron.
Pero no lo demostró.
—Solo estoy preocupada.
—No tienes que estarlo.
—¿Por ella?
—Por ti.
Selin frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—No vuelvas a molestarla.
La expresión de Selin cambió.
—¿La estás defendiendo?
—Estoy evitando problemas.
—Ella es el problema.
Güner se acercó a ella.
—No.
Su voz fue firme.
—No lo es.
Selin sintió que la rabia comenzaba a crecer.
—Todavía no la conoces.
—Y tú tampoco.
—No necesito conocerla.
—Entonces no la juzgues.
Selin guardó silencio.
Güner regresó a su escritorio.
—Puedes irte.
Pero antes de que Selin llegara a la puerta, habló.
—Fraize también te parecía inocente.
Güner se quedó inmóvil.
El silencio se volvió pesado.
Selin comprendió que había conseguido tocar una herida.
—Ten cuidado, Güner.
Él no se giró.
—Vete.
—No quiero volver a verte sufrir.
—¡Vete!
Selin salió.
Güner permaneció solo.
Respiraba profundamente.
La imagen de Fraize apareció nuevamente en su mente.
Después, sin saber por qué...
Apareció Denmet.
La comparación lo enfureció.
Golpeó la mesa.
—No.
Pero el pasado no iba a permitirle escapar.
En ese mismo instante, al otro lado de la ciudad, una mujer se encontraba frente a una tumba.
Vestía un largo abrigo negro.
Sus manos sostenían una flor blanca.
La colocó lentamente sobre la lápida.
El nombre grabado decía:
FRAIZE KIVILCIM
La mujer sonrió.
Una sonrisa extraña.
Casi triste.
—Todos creen que estás muerta.
Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la observaba.
Después se inclinó hacia la tumba.
—Pero yo sé la verdad.
Sus labios se acercaron lentamente a la fría piedra.
—Y muy pronto...
La mujer sonrió.
—Güner también la conocerá.
Se alejó.
La lluvia comenzó nuevamente a caer sobre el cementerio.
Mientras tanto, en la mansión Kivilcim, Denmet observaba el teléfono por el que había hablado con su madre.
Sentía que algo estaba a punto de cambiar.
Y tenía razón.
Porque la llegada de Denmet a aquella casa no era una coincidencia.
Su madre lo sabía.
La misteriosa mujer del cementerio también.
Y aunque Denmet todavía ignoraba la razón...
Su destino estaba unido a la familia Kivilcim mucho antes de haber cruzado por primera vez las puertas de la mansión.
CONTINUARÁ...