Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 16: Sospechas Crecientes
El sol se coló entre las cortinas mucho antes de que despertaran. Elena abrió los ojos lentamente, sintiéndose ligera, como si flotara. Durante unos instantes no recordó dónde estaba… hasta que sintió el peso cálido del brazo de Damian sobre su cintura y su respiración en su nuca. Sonrió al instante, estirándose despacio para no despertarlo. Pero apenas se movió, él la atrajo más contra sí con un gruñido bajo y satisfecho.
—No huyas —murmuró con voz ronca de sueño, besando su cuello—. Todavía es temprano. Y eres lo más bonito que he visto al despertar.
Elena soltó una risita suave, girándose entre sus brazos para mirarlo. Tenía el cabello revuelto, la barba de un día sombreando su mandíbula, y esa mirada cansada pero dulce que solo ella conocía.
—Tengo que irme —susurró, aunque no se movió—. Si llego tarde a casa o falto a mi primera clase… empezarán a preguntar. Y no podemos arriesgarnos todavía.
Damian suspiró y la soltó a regañadientes, aunque sus manos se demoraron recorriendo su cintura como si quisiera grabarla en la memoria.
—Sé. Odio las reglas. Odio escondernos. Pero tienes razón… aún no es el momento. No hasta que esté listo para soltar todo lo demás y quedarme solo contigo.
Se vistieron en silencio, compartiendo besos robados entre prenda y prenda, promesas susurradas contra labios y piel. Él la acompañó hasta la entrada trasera, la revisó una última vez para que nada revelara la noche anterior, y le acarició la mejilla con nostalgia.
—Nos vemos a las cinco —le dijo con voz suave, apretando su mano—. Y cuídate mucho hasta entonces. ¿Prometido?
—Prometido —repitió ella, y se marchó con el corazón rebosante.
Pero la mañana en el campus trajo consigo nubes oscuras. Elena caminaba con la cabeza alta, intentando actuar con normalidad, pero sentía que todos la miraban diferente. ¿Lo sabrían? ¿Se le notaba en la sonrisa, en la forma de caminar, en el brillo de los ojos?
Al entrar a la cafetería, escuchó su nombre junto al de Damian y se detuvo en seco detrás de una columna. Tres compañeras de su curso hablaban en voz baja, mirando en su dirección de vez en cuando.
—…cada tarde se encierran solos en su despacho. ¿Crees que hay algo entre ellos? —decía una.
—¿Cómo va a haber algo? Es profesor, ella alumna. Sería un escándalo enorme —respondió otra.
—Pues hay algo, te lo aseguro. Lo vi en la gala. No dejaba de mirarla. Y cuando alguien se le acercaba… se ponía tenso como si fuera suya. Y además… —bajó la voz aún más— dicen que el perfil misterioso que está arrasando en internet, «Kael», tiene algo que ver con él. Que no es solo el deportista perfecto… que oculta otra vida. Imagínate si se supiera. ¡Perdería todo!
Elena sintió que se le helaba la sangre. Las sospechas ya habían empezado. No era solo su secreto… era el de él. Y si se descubría, caería sobre ambos como una sentencia. Salió de allí sin hacer ruido, con el estómago revuelto. No podían saberlo todavía. No estaban listos.
En la siguiente hora de clase, el ambiente era pesado. Damian entró impecable como siempre, serio y distante, pero cuando sus ojos se cruzaron con los suyos, ella vio la preocupación oculta tras esa máscara. Al terminar, le pidió que se quedara un instante. El corazón se le encogió: ¿también lo había oído? ¿Sabía lo que decían?
Cuando quedaron solos en el aula vacía, cerró la puerta y caminó hacia ella con paso rápido.
—Escuchaste los rumores, ¿verdad? —preguntó antes de que pudiera hablar, con la mandíbula tensa—. No te acerques más a mí en público. No me mires así. Si alguien nota algo… nos destruirá a los dos. A mí más que a nadie. Mi carrera, mi reputación… todo colgará de un hilo.
Elena retrocedió un paso, herida por su dureza.
—¿Y yo? —susurró con voz temblorosa—. ¿Solo soy un riesgo para ti, Damian? ¿Una amenaza a tu vida perfecta?
Él se detuvo, como si la hubiera abofeteado con sus propias palabras. Cerró los ojos un instante y se acercó de nuevo, tomándola de las manos con desesperación.
—No. Nunca. Eres lo mejor que tengo. Pero no sabes cómo funciona este mundo. Si se descubre… me apartarán del equipo, me quitarán la beca, me borrarán como si nunca hubiera existido. Y te arrastrarán a ti también. Te señalarán, te juzgarán… y no lo soporto. No soporto que te hagan daño por mi culpa.
Elena apretó sus manos entre las suyas y lo miró con firmeza.
—Entonces no dejes que nos descubran. Seamos cuidadosos. Pero no me alejes de ti. Porque si te pierdo a ti… no me importa lo que digan los demás. ¿Comprendes? No me importa nada mientras estés conmigo.
Damian soltó un gemido ahogado y la atrajo a un abrazo desesperado, escondiendo el rostro en su cuello.
—Dios mío… ¿qué hice para merecerte? Te protegeré. Con la vida si hace falta. Pero necesitamos tiempo. Solo un poco más de tiempo hasta que pueda soltar todo lo que me ata aquí y quedarme solo contigo. ¿Me das ese tiempo?
—Todo el que necesites —susurró ella besando su sien—. Pero no tardes demasiado. Porque cada día que ocultamos lo nuestro… me duele un poco más.
Se separaron con prisa al oír pasos en el pasillo. Damian recuperó su máscara de profesor imperturbable en un parpadeo, pero sus ojos seguían oscuros y preocupados.
—A las cinco —le dijo en un susurro final—. Y entra por la puerta trasera. Por favor.
Elena asintió y salió del aula con el pecho oprimido. Los muros se cerraban sobre ellos. Las miradas, las palabras, el peligro creciente… todo se acumulaba como una tormenta a punto de estallar. ¿Serían lo bastante fuertes para resistir cuando todo el mundo se volviera contra ellos?