Valeria Montes dedicó cinco años a cuidar al hombre que amaba. Cuando Adrián por fin se recupera, descubre la verdad: él se casó con ella para conseguir que el prestigioso profesor Gabriel Ferrer lo operara y ahora planea divorciarse, entregarle el bebé a su amante y dejarla con las manos vacías.
Pero Adrián ignora algo: el embrión implantado en Valeria no lleva su material genético. Todo apunta a Gabriel, el brillante y distante cirujano que fue su mentor… y que jamás logró olvidarla.
Decidida a proteger a su hijo, Valeria reúne pruebas, recupera los bienes que los Del Valle le arrebataron y presenta el divorcio. Sin embargo, escapar no será fácil. Su matrimonio sostiene un fideicomiso millonario, y la familia de Adrián está dispuesta a todo para impedir que se marche.
Mientras antiguos crímenes salen a la luz y varios accidentes revelan un patrón mortal, Gabriel regresa para protegerla. Esta vez, Valeria no piensa soportar otra humillación.
Adrián creyó que ella nunca lo abandonaría. Su amante creyó que podría reemplazarla. Ambos estaban equivocados.
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Capítulo 22
Capítulo 22 — Perdiste a tu esposa; no culpes a Gabriel
El sobre llegó al día siguiente, entregado en mano por un mensajero del centro de investigación.
Valeria Montes lo abrió con dedos cuidadosos. Papel grueso, membrete elegante, tinta impecable. Una carta de nombramiento formal: quedaba oficialmente incorporada al Instituto Ferrer de Investigación Cardiovascular, fundado y dirigido por el profesor Gabriel Ferrer. Su plaza en el Metropolitano se mantenía; podría alternar entre ambos, con dedicación preferente a la investigación.
Se quedó un momento mirando su propio nombre impreso bajo el del profesor. Un centro privado, financiado enteramente por él, uno de los más avanzados del continente en cardiología. Y él la quería a su lado.
Guardó la carta con un cuidado casi solemne. Fuera cual fuera la intención de su maestro, aquello era una puerta. Y las puertas se cruzan primero y se interrogan después.
Ese mismo día, en un piso del centro de la ciudad, Sofía Mendoza hacía pedazos su teléfono contra la pared.
Las redes se habían cebado con ella. «La aristócrata arruinada que se cuelga de un hombre casado.» Habían desenterrado la quiebra de su familia, la anulación de su matrimonio con aquel duque extranjero, cada detalle humillante de su caída. Los comentarios la despedazaban por diversión. Y en medio de todo, Adrián Del Valle había dejado de contestarle las llamadas.
—¡Me lo prometiste! —gritó al aire vacío, con el maquillaje corrido—. ¡Me prometiste que te divorciarías de esa idiota! ¡Y ahora me dejas sola frente a todos!
Nadie la oyó. Nadie la consoló. Por primera vez, Sofía Mendoza sintió el frío de estar del lado perdedor.
Adrián Del Valle, entretanto, había ido al Metropolitano a buscar a su esposa.
Subió al piso de embarazos, ensayando mentalmente las palabras dulces, el arrepentimiento medido, la petición de que saliera a desmentir el escándalo. Pero cuando preguntó por ella en el mostrador de enfermería, la respuesta lo dejó descolocado.
—¿La doctora Montes? —La enfermera lo miró con una frialdad apenas disimulada—. La doctora Montes fue dada de alta. Y ya no trabaja principalmente aquí; se trasladó al Instituto Ferrer hace unos días.
—¿Trasladada? —Adrián Del Valle parpadeó—. Nadie me consultó. Soy su marido.
La enfermera intercambió una mirada con su compañera, esa mirada que se dedican quienes han leído las noticias.
—Con todo respeto, señor —respondió otra empleada, sin bajar la voz—, por lo que se ha visto por ahí, tal vez debería preguntarle esas cosas directamente a ella. Si es que la encuentra.
Un par de familiares en la sala de espera reprimieron una risita. Adrián Del Valle sintió que la sangre le subía a la cara. El heredero del Grupo Del Valle, humillado en el mostrador de un hospital por dos enfermeras y un puñado de curiosos.
—¿Dónde está? —insistió, alzando la voz—. Solo díganme dónde está mi esposa.
—Curiosa pregunta.
La voz llegó desde atrás, tranquila, cortante. Adrián Del Valle se giró.
El profesor Ferrer avanzaba por el pasillo con la bata blanca abierta sobre el traje, las manos en los bolsillos, sin apurar el paso. En su terreno, en su hospital, se movía con la calma absoluta de un dueño.
—Profesor Ferrer —dijo Adrián Del Valle, y a su pesar la voz le salió un tono más bajo. Aquel hombre le había salvado la vida cinco años atrás; le debía algo que nunca había sabido nombrar del todo, y que ahora, ahí de pie, lo incomodaba más que nunca.
—Preguntaba por su esposa. —El profesor Ferrer se detuvo a un par de pasos de él, y lo miró con esos ojos oscuros e ilegibles—. ¿No le parece que dónde está su esposa es algo que debería saber usted mismo, y no venir a averiguarlo aquí?
Adrián Del Valle apretó los dientes.
—Fue trasladada a su centro sin que yo lo supiera.
—Fue contratada por su talento —corrigió el profesor Ferrer, sin alterarse—. La doctora Montes es una de las cirujanas más capaces de su generación. Que su marido descubra su traslado por boca de una enfermera dice muy poco de él, y nada de ella. —Hizo una pausa deliberada—. Si busca a su esposa, director Del Valle, le sugiero que empiece por preguntarse por qué ella dejó de querer que la encontrara.
El pasillo entero pareció contener el aliento. Adrián Del Valle sintió cada mirada clavada en él, cada susurro. El profesor Ferrer no había levantado la voz ni una vez, y sin embargo lo había dejado desnudo delante de todos.
—Ella es mi esposa —dijo Adrián Del Valle, con un último resto de orgullo.
—Eso —respondió el profesor Ferrer, ya girándose para seguir su camino— habrá que verlo cuánto tiempo más.
Y se alejó por el pasillo sin volver la vista atrás, dejando a Adrián Del Valle plantado en medio del hospital, con la sensación de que aquel hombre no solo sabía dónde estaba su esposa, sino muchas cosas más que él ignoraba.
Un empleado le informó, al fin, lo que quería oír: la doctora Montes había ido a visitar a la abuela. Adrián Del Valle salió a toda prisa, aliviado de tener por fin un destino.
No se detuvo a pensar por qué el profesor Ferrer, un hombre que jamás perdía la compostura, había dejado escapar aquel filo en la voz al hablar de ella. Ni por qué, mientras se alejaba, lo había mirado no como se mira a un antiguo paciente, sino como se mira a un rival.
En su despacho, minutos después, el profesor Ferrer se detuvo frente al ventanal que daba a la ciudad. Sobre el escritorio descansaba una carpeta con el nombre de Valeria Montes en la pestaña. La abrió, contempló un instante la fotografía prendida en la primera página, y volvió a cerrarla con suavidad.
Había esperado cinco años. Podía esperar un poco más.