Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 15 — La primera sospecha
Días después, me encontraba en la biblioteca de la mansión, rodeada de cajas llenas de documentos antiguos que Cristóbal había sacado del archivo de la empresa. El sol caía en diagonal por los ventanales, iluminando el polvo que bailaba en el aire, pero yo no veía nada de eso. Mis ojos estaban fijos en una columna de números que no dejaba de repasar una y otra vez, esperando haber leído mal.
—¿Encontraste algo? —la voz de Cristóbal me llegó desde la puerta, baja y cautelosa.
Levanté la vista lentamente, con el papel aún entre mis dedos, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.
—Estos números no cuadran —dije, señalando la hoja—. Son registros de hace veinte años, de los primeros meses después de que Leonardo desapareciera. Las entradas de dinero… no coinciden con los ingresos declarados. Hay millones que entraron y nunca se registraron oficialmente.
Cristóbal se acercó, tomó el documento y lo leyó con el ceño fruncido.
—Esto… esto es imposible —murmuró—. Mi padre siempre dijo que la empresa estuvo al borde de la quiebra tras la partida de Leonardo. Que perdimos todo. Pero aquí se ve que justo después de su desaparición, llegaron fondos de origen desconocido. Cantidades enormes.
—Dinero que no debía estar ahí —completé, sintiendo cómo la sospecha tomaba forma en mi mente—. ¿De dónde salió? ¿Y por qué nadie lo registró correctamente?
—Si esto es verdad… —Cristóbal se sentó frente a mí, con el rostro serio—, entonces mi padre no perdió nada cuando Leonardo se fue. Al contrario. Ganó. Algo muy grande.
—¿Y si el precio de ese dinero… fue la vida de Leonardo? —susurré, y las palabras me dolieron al pronunciarlas.
El silencio cayó entre nosotros, pesado, denso. Ninguno se atrevía a decirlo en voz alta, pero ambos lo pensábamos. Si el dinero apareció justo después de su desaparición… ¿era pago por silencio? ¿O pago por algo peor?
—No podemos afirmarlo aún —dijo Cristóbal, aunque su voz carecía de convicción—. Pero necesitamos saber de dónde vino. Y hay algo más… —se inclinó hacia adelante, con expresión sombría—. Revisé los registros recientes. Los de los últimos seis meses. Desde que tu madre murió.
Se detuvo, como si buscara las palabras adecuadas.
—¿Qué hay? —pregunté, sintiendo que el corazón se me aceleraba—. Dime, Cristóbal. Por favor.
—Fondos movidos a cuentas en el extranjero —respondió él, bajando la voz—. Transferencias que no aparecen en los libros oficiales. Y la fecha de la primera… coincide exactamente con el día en que tu madre fue al hospital para unos análisis y le dieron el alta sin darle explicaciones. Dos semanas antes de que muriera.
Me quedé helada. Todo se conectaba de forma aterradora. Mi madre sabía algo. Algo que la puso en peligro. Algo por lo que la pagaron… o la silenciaron.
—¿Cedric? —alcancé a preguntar.
—No solo él —respondió Cristóbal, mirándome a los ojos—. Las firmas digitales coinciden con las de varias personas. Incluyendo las de Valeria. Y también… las de tu madre.
—¿Mamá firmó eso? —negué con la cabeza, incrédula—. No. Ella no haría algo así. No después de todo lo que vivió por Leonardo. Alguien usó su nombre. O la obligaron.
—Eso creo también —dijo él—. Pero para cualquiera que lo vea, parece que ella autorizó cada movimiento. Y eso… eso mancha su nombre. Si Cedric lo presenta así, dirán que ella era corrupta, que se llevó el dinero, que su muerte fue una coincidencia y nosotros… nosotros somos los que intentamos ensuciar su memoria.
Sentí náuseas. No solo querían quitarle la vida. Ahora querían quitarle también su honor.
—No podemos dejar que digan eso —dije, con voz temblorosa pero firme—. Ella no era así. Lo sé. Y lo demostraremos.
—Lo haremos —asintió él—. Pero necesitamos pruebas reales. Algo que no puedan manipular. Estos papeles son el inicio, pero no bastan. Si nos enfrentamos a ellos con esto… nos destruirán con sus propias versiones.
Cerré los ojos un instante, pensando. Si los números no mienten, entonces la verdad estaba escrita ahí, en tinta y cifras. Pero la verdad era peligrosa. Y quien la poseía, estaba en peligro también.
—Alguien más debe saberlo —dije de pronto—. Alguien que trabajaba ahí en esa época. Alguien que vio de dónde vino el dinero.
—Hay una persona —dijo Cristóbal tras un silencio—. El contable principal de mi padre durante treinta años. Se jubiló hace cinco, pero vive cerca de la ciudad. Nunca quiso hablar de los viejos tiempos. Siempre evitaba las preguntas sobre los primeros años. Si alguien sabe la verdad… es él.
—Entonces vamos —dije, poniéndome de pie de un impulso—. Ahora mismo. Antes de que ellos lleguen primero.
Cristóbal me detuvo con una mirada, su mano rozando levemente mi muñeca.
—No tan rápido. Si vamos, nos exponemos. Y si nos descubren… sabrán que estamos cerca. Debemos ser cuidadosos.
—No tenemos tiempo para ser cuidadosos —respondí—. Cada hora que pasa, ellos mueven más piezas. Y si mamá fue asesinada por saber la verdad… yo no puedo esperar a saberla.
Él asintió lentamente, comprendiendo que no había vuelta atrás.
—Mañana al amanecer. Iremos mañana. Sin decírselo a nadie. Sin dejar rastro. Y esperemos que… que aún estemos a tiempo.
Me miró con una intensidad que me hizo contener el aliento. En ese instante, supe que ya no se trataba solo de herencia, ni de venganza. Se trataba de algo mucho más grande. Algo que había empezado décadas atrás, con dos socios, una mentira y una desaparición. Y ahora, nosotros éramos los únicos que podían cerrar el círculo.
Pero mientras salía de la biblioteca, una idea me golpeó con fuerza: los números no solo revelaban que alguien mintió. Revelaban que alguien había estado vigilando, esperando, contando cada paso. Y que la trampa ya estaba cerrándose sobre nosotros.